Publicado el  THURSDAY , 07 de JUNE de 2012

Destruir la casa

por Heiner Castañeda Bustamante - Profesor - Facultad de Ciencias de Comunicaciones
heiner.cb@gmail.com
Para habitar esta casa no basta con entrar y salir por sus puertas, no es suficiente asumir que un carné nos representa, ni admitir que por ser nuestro este espacio tenemos el derecho a lapidarlo por más razones que existan para la sublevación, porque se trata del refugio, de la hoguera que reúne, del techo que cobija, de la madre que enseña.

Es cierto que abundan las razones para estar inconformes; es cierto que el océano en el que vivimos no es de aguas calmadas; es cierto que por todas las esquinas se filtran las inequidades; es cierto que no es éste un tiempo que invite a quedarnos callados; es cierto esto y todo aquello que aluda al compromiso que tenemos de hacer que el mundo que vivimos se parezca más al que soñamos. Por eso aquí en la universidad es donde las voces divergentes tienen que hacerse oír. Pero no, el estallido cotidiano de petardos y bombas artesanales silencian a las unas y a las otras, rompen el hilo de la conversación, aniquilan todo aquello que se parezca al debate civilizado.

Se dirá que los reclamos hechos a punta de palabras llegan a oídos sordos y que por lo tanto la explosiones son un mejor lenguaje, pero después de tantos años de escucharlas, de padecerlas, de ignorarlas, de maldecirlas, de intentar descifrarlas, de sobrevivirlas, de reparar sus daños, apenas sí queda un registro en los titulares de los medios de comunicación que hablan de vidas perdidas, de extremidades amputadas, de denuncias hechas, de rabias contenidas, de destrozos varios , de declaraciones vacuas, de señalamiento públicos y de oídos más sordos.

Lo anterior podría incluso asimilarse con el objeto de encontrar caminos que deriven en una probable compresión de estos métodos. Sin embargo, lo que no es posible comprender es el daño colateral que trae zaherir la casa que nos cobija en nombre del todo vale cuando las cosas no están como creemos que deben estar. A todas estas quiénes son el objetivo de la disputa: la estudiante desprevenida que sale del museo, la señora aseadora que trastabilla nerviosa, el vigilante que abandona la portería, el profesor que declara terminada la clase o el policía uniformado que se hace “universitario” impulsado por los señuelos de los petardos. Cuáles son las reglas de este juego en el que la casa y sus huéspedes son las principales víctimas; cuál es el sentido del rebelde que quema su cama en señal de protesta porque no tiene sábana; quién es el otro bando sino nosotros mismos los que contemplamos nuestro propio destrozo.

No es fácil resignarse a saber que esto ocurre en la universidad de Antioquia, no es fácil reducirlo todo a “fuerzas oscuras” que nos hacen daño; no es fácil entender que un lugar hecho para el conocimiento y la creatividad sucumba ante la rudeza de la fuerza; no es fácil suponer que solo un manual de buenas intenciones habrá de redimirnos como universitarios; no es fácil suponer que “así es la vida” y que no hay otra posibilidad. No puede ser suficiente comportarse como los meros observadores de un institución lesionada, expertos en cerrar los ojos y hacer de la estridencia de los explosivos un asunto anecdótico que se traduce en otra tarde “libre” para comentar la aventura que significó escapar una vez más de la última refriega plagada de gases lacrimógenos, de guijarros lanzados sin dirección ni juicio, y de estampidas humanas buscando escapar, quien lo creyera, de la barbarie, en un lugar cuya naturaleza debería estar representada precisamente por la civilidad, la confianza y el respeto.

Para habitar esta casa no basta con entrar y salir por sus puertas, no es suficiente asumir que un carné nos representa, ni admitir que por ser nuestro este espacio tenemos el derecho a lapidarlo por más razones que existan para la sublevación, porque se trata del refugio, de la hoguera que reúne, del techo que cobija, de la madre que enseña. Entonces, cabe preguntarse si son la universidad y sus instalaciones el objetivo militar y político de foráneos que la desprecian, o si aquí adentro sin darnos cuenta y en nombre de su defensa se están dando las condiciones para su propia ruina. Al menos esa es la interpretación de todos aquellos que pensamos que destruir la propia casa bajo cualquier bandera es la mejor ofrenda para quienes de verdad quieren devastarla.

 

Aclaración

Durante los últimos días se ha repartido en las porterías de nuestra universidad una hoja de papel con una transcripción del artículo “Destruir la casa” publicado originalmente por mí en el periódico De la Urbe que está actualmente en circulación. Quiero hacer claridad que en ningún momento se me consultó dicha transcripción (con errores de digitación evidentes) y mucho menos el método de difusión utilizado, por lo que recomiendo a los lectores remitirse a la versión original que pueden encontrar en la página 5 de la edición número 58 del periódico, en el que además hallarán otros temas relacionados con la situación actual de la universidad que le dan contexto al artículo. Si bien, las ideas plasmadas en la columna de opinión dan cuenta de mi visión personal sobre el tema que planteo, el sentido que tiene hacerlo en una publicación reconocida como es el Sistema Informativo De la Urbe es completamente diferente a como luce en un volante suelto, que en el entorno en el que vivimos puede interpretarse de manera equívoca al margen de la motivación que hubo para replicarlo.

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