Publicado el  TUESDAY , 26 de JUNE de 2012

Justicia mediatizada: Los medios como protagonistas en los procesos de justicia penal

por Henry García Gaviria - Comunicador Social-Periodista. Coordinador de Formación Biblioteca EPM
henryhenry22@hotmail.com
La justicia se ha mediatizado y los jefes de redacción de los diarios, las emisoras y los canales de alta audiencia comienzan a participar activamente en los procesos de la ley, mientras los abogados dilucidan sus defensas en las palestras de los mass media.

A propósito de algunos casos de justicia penal que se libran en las arenas de los medios de comunicación: Luis Andrés Colmenares, Sigifredo López, Wilmar Albeiro Vera Zapata… y otros
"La justicia es gratuita; lo que cuesta son los medios de llegar a ella"  Eugenio Brieux
 

Que actualmente la justicia se haya convertido en una fotografía privilegiada del álbum infranqueable y lujoso del espectáculo, parece una realidad a voces que se legitima en las letras y en los colores de los medios de información masiva. Hoy, la justicia penal se ha instaurado en los renglones complejos del entretenimiento para despertar el resto de morbo que hace falta en los realitys show o que se esfuma en los libretos de las telenovelas repetidas y ramplonas de la agenda nacional.

La justicia se ha mediatizado y los jefes de redacción de los diarios, las emisoras y los canales de alta audiencia comienzan a participar activamente en los procesos de la ley, mientras los abogados dilucidan sus defensas en las palestras de los mass media. Así las cosas, y en palabras del periodista español Ignacio Ramonet, “hoy los medios de comunicación constituyen un cuarto poder”… un poder para dominar los feudos que no están en su precisa competencia y para encausar arrestos popularizados al “buen nombre”. Por eso, tal vez, el sistema penal acusatorio de Colombia es abiertamente mediático, y los juicios se libran en la ley de la opinión pública y lejos de los espacios pertinentes.
Por estos tiempos, en los papeles de los medios de “comunicación” se ventilan las pruebas y las defensas de la justicia, en detrimento de la objetividad de la información, de los debidos procesos y de la honra de las personas; en los aposentos de los medios de “comunicación” se acusan los sospechosos del delito, quienes llevarán la culpa inmarcesible sin ninguna esperanza de dignidad en los bolsillos; en el bastidor nocivo de los medios de “comunicación” se dibujan los argumentos filtrados de un lado y del otro que descalifican al prójimo… y en los escenarios de los medios de “comunicación” –de la televisión especialmente– las imágenes de los fotógrafos señalan culpables inolvidables e irreparables, como lo afirma el escritor latinoamericano Varga Llosa, al referirse a la civilización del espectáculo: “otra característica de ella es el empobrecimiento de las ideas como fuerza motora de la vida cultural. Hoy reina la primacía de las imágenes sobre las ideas”.
Lo anterior, entonces, se ha convertido en un problema ético que afecta la vida y la libertad del hombre en tanto que los medios imputan algunos individuos como casos aislados, merced al afán de la Sociedad del Espectáculo que nos enseña Guy Debord desde 1967:

“El espectáculo dramatiza la libertad, y esto no hace más que confirmar que la libertad no existe. En algunos espectáculos ocurre a veces que se invita a participar a los espectadores bajo alguna consigna; esto incluso sucede a veces compulsivamente. Y cuando los verdaderos actores dicen basta, los falsos actores regresan a sus butacas con la impresión de haber intervenido, pero no es así; han actuado según las reglas del artista. Una verdadera intervención sería que alguien, separándose de la multitud, gritase:

‘No, yo soy ahora el artista y ustedes van a jugar mi juego que consiste en…’ Entonces, todos se enfrentarían a una elección real, una elección que contendría todos los intangibles de la epistemología, la estética, la política y la vida social. Esto sería ‘crear una situación’, pero no ha ocurrido jamás”.


Ahora, la libertad y la vida hacen parte de los productos aclamados por la “civilización del espectáculo”; no basta con el cine, los videojuegos, las manifestaciones desprevenidas del arte contemporáneo, los torneos de fútbol, el teatro improvisado, los centros comerciales, las cabalgatas, los novelones o las revistas de farándula, se requiere la malversación de la realidad y la justicia en el escarnio público de los medios de “comunicación”. Y este es, precisamente, uno de los problemas éticos más recurrentes e inadvertidos de la sociedad democrática de nuestros tiempos. La opinión pública incide, a grandes rasgos –con la rúbrica mayúscula de los mass media– en las decisiones y en los roles de la justicia; en otros términos, los medios hacen parte de las estrategias de marketing de los abogados, los procesos penales son objeto de deliberación en canales y emisoras, las pruebas filtradas de los casos se constituyen en las joyas de la corona para los editores periodísticos, los medios castigan los implicados antes de los juicios, y los fiscales aparecen como estrellas en los horarios perfectos…

Una desventura que desborda el derecho a la información, juega con la honra de las personas, y genera un conflicto ético que no calcula ni supone consecuencias: criminalizar al margen del código procesal penal con la emisión de notas periodísticas afanadas y morbosas que se valen de filtraciones y de imágenes taquilleras para acusar... Un problema que, sin dudas, no tiene orillas, ni mar.

Y es la imagología, también, una de las responsables explícitas del fenómeno. Para Milan Kundera, “los imagólogos crean sistemas de ideales y anti-ideales, sistemas que tienen corta duración y cada uno de los cuales es rápidamente reemplazado por otro sistema, pero que influyen en nuestro comportamiento, nuestras opiniones políticas y preferencias estéticas, en el color de las alfombras y los libros que elegimos, tan poderosamente como en otros tiempos eran capaces de dominarnos los sistemas de los ideólogos”. La imagen, “después de la muerte de la ideología y de la historia”, tiene un valor insospechado.

La imagen, en los relojes de hoy, reemplaza las palabras, los testimonios y la profundidad; y en ese orden, valida la facilidad, la inmediatez, la superficialidad, el desconocimiento y la exclusión de información. Estas condiciones sugieren menos intelectualidad, rigor, atención y esfuerzo, y favorecen a los espectadores de la “sociedad del espectáculo” que compran las imágenes como muestra inapelable de “la verdad” y de “la realidad incontrovertible”. No en vano, refería el filósofo francés Blaise Pascal que “el poder de las imágenes es superior al de la razón”.

Afirmación que se apoya en las apuntaciones de Gustave Le Bon, en su trabajo sobre Psicología de las Masas, cuando anota que “las multitudes piensan mediante imágenes, y la imagen evocada promueve, a su vez, una serie de ellas sin ningún nexo lógico con la primera. Y al no pensar más que por imágenes, no se dejan impresionar más que por imágenes. Sólo estas las atemorizan o seducen y se convierten en móviles para la acción”. Apartes que señalan la valoración positiva o negativa, con relación a la vida y a la libertad, que puede suscitar la acusación de una fotografía tendenciosa emitida en un canal de estimada reputación para los habitantes de la civilización contemporánea.

No es un secreto la influencia del periodismo en los círculos de la justicia colombiana para entretener el público con sus señalamientos y filtraciones. Sobresalen las afectaciones de las noticias al debido proceso y a los temas que le conciernen expresamente al poder judicial. Los medios protagonizan las novelas de la justicia y escriben su devenir con nula delicadeza. Y esta justicia consiste –básicamente– en denigrar, y no se puede olvidar que cada infamado goza de beneficios individuales como el derecho a la honra y a la presunción de inocencia; y los medios de “comunicación”, en su muy cuestionable rol de simular una jurisdicción, se alejan de su pretensión inicial de hacer justicia, y criminalizan a priori.

Al respecto, el abogado y profesor argentino Esteban Rodríguez Alzueta, en su texto Justicia mediática. Las Formas del Espectáculo. La administración de justicia en los medios masivos de comunicación, publicado en el año 2000, hace alusión al tema desde una mirada crítica:


“Se trata pues de un modelo particular de investigación en el que todos los conflictos son definidos, enjuiciados y hasta castigados periodísticamente. Se han confundido los roles y por supuesto las expectativas entre la justicia y la prensa. Vemos como los medios se arrogan ciertas funciones que antes permanecían petrificadas en los tribunales; pero cómo también los magistrados se pasean cómodamente por la televisión para decir aquello que ni siquiera se atreverían a balbucear en el expediente judicial. Se han trastocado las relaciones entre la justicia (Estado) y los medios masivos de comunicación (Periodismo); términos antes escindidos, que se disponían en función de determinado sentido, se desacomodan en sus enlaces para reacomodarse en el terreno ambiguo que postula el uso de la técnica. Justicia Estatal y Justicia Mediática, decíamos, son prácticas diferentes que utilizan parecidas estrategias. Cada una postulándose como alternativa de la otra. Cada una complementando a la otra. Cada una cuestionado a la otra, interpelándola, presionándole”.

En consonancia, cuando los medios de comunicación fijan y establecen responsabilidades, con el permiso y el peso de las imágenes, necesariamente criminalizan a un individuo que podría –a veces– ser inocente o “menos malo” que los muchos otros que se esconden en la libertad, en el olvido y en el anonimato. La gravedad del tema radica en que los mass media están autorizados “legalmente” para incurrir en estas faltas, o están eximidos de responsabilidad penal por estas acusaciones –que es prácticamente lo mismo–; situación que les concede un poder casi ilimitado para vulnerar las áreas de actuación de la ley y el derecho.

La justicia, así las cosas, comienza a dejarse permear por otros patrones. Ya no parece el Estado con jueces y con la intervención rigurosa y metódica de los legisladores, sino la empresa privada con sus periodistas y ríos de entretenimiento. Es una ley del espectáculo que supera la tradición de la autoridad judicial y que impone el show por encima del orden lógico del debido proceso: un atentado a la vida y a la libertad. Lo anterior, porque los habitantes de la “cultura de la diversión” exigen la inmediatez y las reglas de la justicia son lentas… Y el rating –por favor– no admite pasos cortos y parsimoniosos.

La ética, en estos planos, se oculta y la justicia se inclina por los intereses multitudinarios exponiéndose a las decisiones de quienes ostentan el poder y determinan que se emite, que se aplaza, que se adjetiva, y que se evita noticiar. En otras letras, la justicia es una mercancía del espectáculo que no concibe problema alguno en valorar, criminalizar, acusar antes de los juicios. No obstante, el juicio final lo tiene el ciudadano del común, el dios de “a pie”, el residente del entretenimiento y del espectáculo, el lector, el televidente, el oyente, con base en las pruebas que presentan los periodistas y que se valen de la imagología que expone y explica el escritor checo Milan Kundera en La inmortalidad: “la imagología ha conquistado en las últimas décadas una victoria histórica sobre la ideología”.

Todo lo previo, por supuesto, sucede en el contexto de la sociedad del espectáculo; cultura mediada por una suerte incalculable de particularidades, hilvanadas al comportamiento ético (o antiético), como las expuestas recientemente por el célebre Vargas Llosa: “Pero la civilización del espectáculo es cruel. Los espectadores no tienen memoria; por esto tampoco tienen remordimientos ni verdadera conciencia. Viven prendidos a la novedad, no importa cuál sea con tal de que sea nueva. Olvidan pronto y pasan sin pestañear de las escenas de muerte y destrucción de la guerra del Golfo Pérsico a las curvas, contorsiones y trémulos de Madonna y de Michael Jackson”.
 

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