Publicado el  FRIDAY , 27 de JULY de 2012

Prólogo a la vida de un escritor. Sobre Carlos Fuentes

por Pedro Antonio Agudelo - Docente Facultad de Comunicaciones
pagudel3@gmail.com
Al lector de Fuentes le corresponde, como un oráculo ciego, atar los hilos del relato, fundir las revelaciones que otorga cada acción y anudar el conocimiento ausente justificado sólo por la presencia fantasmal de los personajes y los espacios.

Eres la tierra y la muerte.
Tu estación es la oscuridad
y el silencio. No existe
cosa que, más que tú,
esté tan lejos del alba.

Cesare Pavese


Los ruidos del corazón llenan el espacio vacío de los silencios que se tejen en la sombra de la noche. La muerte acalla todo instinto de supervivencia, el gemido de los otros ya no espera ni siquiera el recuerdo de su llanto, bien porque el alba cruza los destinos de los amantes, bien porque el ocaso no alcanza a situar la desgracia de otros días que dejan al homicida al calor del fuego, de la llama, de la luz que preclara azota los delirios de los muertos. No hay otra muerte más temida que la deseada, ninguna otra más anhelada que aquella que nunca llega a susurrar su malévola insistencia en los oídos del prisionero de la vida.

Hay muertes que duelen menos que otras. Ya Dolón que cruza el campo, ya Aquiles que atraviesa con su pica en el lugar en que las clavículas separan el cuello de los hombros, ya Dorian Gray que hunde el cuchillo en la carótida de Hallward, ya las provocadas por Jorge de Burgos que defiende impíamente la “verdad”. Hay muertes que expresan la belleza criminal a través de los sentidos como una búsqueda sensible en los rincones de la humanidad, sea para tal, el caso de Grenouille, asesino de bellezas inocentes, asesino de la ínfima esencia humana.

Hay ruidos también que, como ecos de voces que regresan, como fragmentos de palabras que quiebran el espacio, hacen de las historias una historia común de muerte. Son los ruidos de otros intentos, de otras historias. En la ficción, ese río imaginario que cruza el espacio de las sensaciones y las evocaciones posibles gracias al poder insondable del acto creador, emergen las muertes verosímiles de los personajes de Carlos Fuentes, ese escritor mexicano que ha encontrado la forma de vincular el deseo y la fantasía, la experiencia personal y la historia colectiva.

En sus novelas (La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Terra Nostra, Aura…) las voces emergentes de los personajes parecen buscar un pedazo de la gloria de la muerte. En Aura los personajes están hechos de grafías, de una piel que no soporta el dolor más allá del amor y que ata los hilos que separan los hechos de ficción de la ficcionalidad que trae consigo la realidad. Esta novela pone de relieve la fusión entre un tiempo lógico, cronológico, cíclico y un tiempo colectivo, imaginario, ilógico. Ya no es el río que corre y no moja dos veces, sino un tiempo pasado que influye una y otra vez en el presente. Así, Carlos Fuentes establece la relación entre la realidad histórica y la realidad utópica, es decir, entre los hechos pasados que constituyen la memoria cultural de un pueblo y aquellos otros creados por el imaginario colectivo como las supersticiones, los prejuicios, las leyendas y las ficciones. De ahí que en sus novelas se pueda apreciar la orquestación entre la realidad histórica y la realidad utópica de México, pero también una realidad estética que hace posible la recreación del imaginario del ciudadano latinoamericano.

Al lector de Fuentes le corresponde, como un oráculo ciego, atar los hilos del relato, fundir las revelaciones que otorga cada acción y anudar el conocimiento ausente justificado sólo por la presencia fantasmal de los personajes y los espacios. Por eso en el fondo de las narraciones del escritor mexicano yace un corazón sin ruidos, pero también la ciudad y la muerte, la oscuridad y el olvido.

El ritmo cadente enciende la llama de la vida, porque la muerte no tiene rostro, porque la vida finge tristezas que no alcanzan a detener las lágrimas que pesan sobre las mejillas. Y puesto que la muerte ronda las noches de Felipe Montero y los días de Aura, no lloramos la muerte de Carlos Fuentes sino la vida que nos ofreció a través de sus ficciones y de estos seres fantasmales.

Hay muertes que duelen menos que otras. Duele menos la muerte de Aura y Consuelo, de Llorente y Felipe, puesto que ellos reviven cada vez que un lector abre las páginas de la novela del escritor mexicano. Duele más la muerte de Carlos Fuentes porque nos sabemos ajenos a la continuidad y fin de esos proyectos que quedaron en sus manos y que seguramente se fueron, como Aura, pero esta vez para no volver.
 

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