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El arte y la Universidad.


La Universidad tiene la tarea indiscutible de devolverles la dignidad a las obras que han sido intervenidas de mala manera en nuestro campus, y plantearse con seriedad, respeto y afecto el cuidado permanente de todo el arte que convive con todos nosotros en nuestra bella ciudad universitaria.



Tal vez una de las mejores cosas con que podemos contar los seres humanos es el arte.


No es el arte, por supuesto, una panacea ni aquello que pueda remediar siquiera alguna de las grandes necesidades y problemas que padece el mundo como el hambre de tantos pueblos o las tantas y tan injusta heridas que producen las guerras. Ante la pregunta de para qué sirve el arte, lo más común es oír un sinnúmero de respuestas que van desde el total escepticismo hasta las más esperanzadas y halagüeñas expectativas, pasando por aquello de que el arte es sin por qué: tal vez lo más aproximado a una siempre relativa verdad, dado su halo de misterio y de incógnita que le viene bien a un tema a la vez tan inaprehensible.


No obstante, lo cierto es que el arte tiene la gran propiedad de hacernos detener ante nuestras rutinas de cada día, de cambiarnos a menudo los parámetros acostumbrados con los cuales entendemos el mundo, de hacernos las preguntas que nadie más nos hace porque está hecho de asombros y de inusitadas percepciones de la realidad, de cambiarnos el sentido de las palabras y de las imágenes que aparejan el mundo porque la invención y la imaginación son sus mejores tesoros, sus leitmotiv.


El arte desnuda la idiotez del mundo, desenmascara las mentiras de los predicadores de todas las supuestas verdades, se contrapone a la banalidad y al vacío del consumismo, no se alinea del lado de los salvadores de toda índole, aborrece la incondicionalidad porque en él solo lo singular y la crítica tienen cabida. Pero el arte no dice cómo, no está hecho de fórmulas ni pretende caminos irreversibles. En su presencia, el poder de la razón es inocuo.


Pese a su intangible y múltiple condición, y a las tantas preguntas sin respuestas, o tal vez por ello mismo, el arte es una de las mejores cosas con que podemos contar los seres humanos. Y una verdad de Perogrullo es decir que en las universidades el arte es uno de los más apreciados y especiales invitados, que en ellas él debe sentirse más que en su casa porque allí, debe suponerse, se cultiva la inteligencia, y el conocimiento y la sensibilidad son dos hermanos que se abrazan en aulas, oficinas, plazoletas, corredores, auditorios, bibliotecas, teatros, museos y cafés. Como los cuentos, novelas, ensayos y poemas que van de mano en mano y de boca en boca, los murales, esculturas y pinturas puestas en los espacios públicos de las universidades son (deben ser) una alegría adicional a los ambientes de estudio, y presencias que buscan diálogos sobre el mundo y sobre la vida, tal vez un poco alejados de las tirantes obligaciones académicas, un poco al margen de las pequeñas amarguras que toda existencia lleva consigo. El diálogo del arte no resuelve el problema de la hora, pero le abre caminos a la imaginación y con ella vemos más, oímos mejor y sentimos de otra manera.


Desde hace muchos años la Universidad de Antioquia cuenta con importantes obras de arte que, a lo largo del tiempo, han sido donadas por también importantes artistas que han visto en el Alma Máter un excelente depositario de sus creaciones porque es aquí por donde pasan sin cesar las generaciones de una sociedad que busca en el estudio y la cultura un magnífico fin para la vida y un promisorio futuro personal que, al final, redunda en mejor estar y en progreso para toda la sociedad. Generaciones capacitadas para el diálogo y el disfrute del arte. Desde la emblemática escultura El hombre creador de energía construida personalmente por Rodrigo Arenas Betancourt y el mural El hombre ante los grandes descubrimientos de la física, también hecho a pulso por Pedro Nel Gómez en la Biblioteca Central, hasta las más recientes donaciones como Torre de luz de Eduardo Ramírez Villamizar, Mariamulata de Enrique Grau, o Girasoles de Ana Mercedes Hoyos, para mencionar solo algunas de las muchas obras que nos hacen compañía en nuestro diario vivir en la Universidad, deben considerarse parte de un patrimonio que, más allá de insulsas retóricas, todos estamos en la obligación de conservar y divulgar, ante todo como parte de un agradecimiento sincero, más allá también de impuestas obligaciones institucionales.


La realidad que hoy tenemos en la Universidad de Antioquia, sin embargo, ante todo en su campus, es una suerte de desprecio y de ciega altanería para con sus obras de arte públicas. Buena parte de ellas han sido rayadas y “grafitadas” en una actitud incomprensible por parte de quienes, no se sabe bajo que indescifrable aspiración, han atacado unas obras que están aquí con la única intención de agregar a nuestra estadía lenguajes de creación y de solaz. Estas obras no son materia inerte, son espíritus vivos y dialogantes producto de la sensibilidad y del talento de unos artistas que eligieron para sus vidas la imaginación y la creatividad y que, generosamente, aportan sus creaciones a instituciones como la nuestra, con la confianza de que quedan a buen resguardo y amparadas por la inteligencia, el afecto, el cuidado y la difusión.


La Universidad tiene la tarea indiscutible de devolverles la dignidad a las obras que han sido intervenidas de mala manera en nuestro campus, y plantearse con seriedad, respeto y afecto el cuidado permanente de todo el arte que convive con todos nosotros en nuestra bella ciudad universitaria. Es claro que si no lo hacemos, estaremos aceptando la indolencia y la insensibilidad como una parte lamentable de nuestra condición humana y universitaria.



Por Luis Germán Sierra J. - Coordinador actividades culturales Sistema de Bibliotecas.
Publicado en UdeA Noticias el pasado viernes 27 de enero.

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