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La Universidad de Antioquia hoy: permanencia y vigencia

 

 

La Universidad de Antioquia ha sido el proyecto cultural más importante y continuo de la región en toda su historia y esto la convierte en patrimonio material e intangible de los antioqueños, pero no a la manera de referente inmóvil que se conserva como aquellas cosas significativas del pasado orientadas a la conformación de identidades socioculturales; se trata de eso pero también de algo más que la instala en el presente y la proyecta al futuro.


Si bien las sociedades del siglo xxi son más complejas, descentradas y diversificadas de lo que fueron en el pasado, y hoy compiten en el espacio público estrategias socioeconómicas, culturales y pedagógicas diversas, algunas de ellas antagónicas y confrontadas, la Universidad de Antioquia ha logrado conservar muchos de aquellos elementos que ayer le otorgaron un sitio de privilegio en el mundo del saber y del conocimiento pero al mismo tiempo, hoy se constituye en el lugar de articulación de propósitos e iniciativas que la mantienen en esa frontera donde se reinventa el futuro.


¿Cuáles serían entonces las facetas más visibles de la vigencia de este proyecto universitario en el presente? En primera instancia, sería necesario rescatar el carácter público de la institución, pues de esta circunstancia depende en buena medida que continúe siendo pilar de la vida social en la región; en un contexto de privatizaciones sucesivas y de pérdida de centralidad del Estado, cada vez se fragmenta más la vida social, los sectores que la constituyen se alejan más unos de otros, y por esa misma razón se restringen peligrosamente los espacios en los cuales pueden encontrarse los distintos actores sociales en condición de igualdad para intercambiar sobre sus distintas visiones del mundo, sus propósitos, intereses y búsquedas personales y colectivas; de allí la importancia de contar con un lugar como la universidad pública donde todos pueden encontrarse, conocerse y reconocerse para establecer relaciones horizontales, regidas únicamente por los mandatos y las exigencias del conocimiento.


Con esta afirmación no se alude únicamente a la función de equidad social que las universidades públicas llevan a cabo al permitir el acceso a la educación para sectores desfavorecidos de la sociedad, esto se da por descontado; se trata también de señalar cómo en el espacio universitario interactúan personas pertenecientes a todos los estratos sociales de la ciudad, habitantes de las más diversas regiones del departamento y del país; las etnias oprimidas y las dominantes; los géneros y los estamentos; aquí concurren todas las ideologías, las religiones y los agnosticismos; y este milagro moderno es posible en medio de una sociedad que se fragmenta y se diversifica, precisamente porque existe un lugar abierto a todos, un lugar público llamado universidad, el último reducto que le va quedando a esta sociedad para que el encuentro con la diferencia sea posible y esta, como se sabe, es la condición primaria para la construcción de cualquier proyecto democrático que pueda llamarse así.


Pero aquí no terminan las virtudes de la dimensión pública de la universidad y lo que la hace vigente ahora y necesaria en el futuro; se trata de preservar lo que queda de libertad; en ningún otro lugar existen las condiciones para el examen riguroso y libre de prejuicios sobre temas y asuntos que por muy diversas circunstancias no se mencionan ni se discuten en otros ámbitos de la sociedad; aquí es posible oír las voces de la otredad, examinar los relatos de los excluidos, aproximarse a las heridas morales de las víctimas, escuchar las razones de los disidentes, de los delincuentes, abordar sin cortapisas, tabúes o censuras morales los temas de las sexualidades no convencionales y de aquellos comportamientos que desbordan las normas establecidas; en fin, todos los asuntos que la sociedad no quiere ver o que solo aspira a que se sancionen y se castiguen.


Dice Norberto Bobbio en alguno de sus textos que la clave para indagar sobre la naturaleza democrática de un país determinado no consiste únicamente en preguntar sobre las reglas de formación de los consensos, sino en averiguar qué se hace con los que disienten y cómo se resuelven los conflictos, las tensiones y los desencuentros entre sus ciudadanos; así, la pluralidad garantizada por la libertad de pensamiento, de expresión y de debate contribuye a crear los climas favorables para refundar la deliberación y por ende la política. Preservar la condición pública de la universidad es una mediana garantía para la supervivencia de la libertad en el futuro.
 





Por último, sería preciso mencionar un aspecto que debería haber sido el primero porque tiene que ver de manera directa con la razón de ser de la universidad y es el nudo gordiano del conocimiento: formar profesionales idóneos y transmitir conocimientos, habilidades y destrezas; esas son tareas que esta universidad viene haciendo desde su fundación con muy buen éxito y esa sola circunstancia sería suficiente para conservar su vigencia en el presente y su proyección hacia el futuro; sin embargo, estas no son tareas exclusivas y otras universidades e instituciones también pueden llevarlas a cabo; pero ¿dónde quedaría la producción, el nuevo conocimiento, el desarrollo científico y tecnológico, el soporte a la cultura y al arte en este departamento si desapareciera la Universidad de Antioquia? ¿Cuál sería el devenir de muchos saberes que no son tan rentables en términos económicos pero sin los cuales la vida social decae y se empobrece? ¿O será que estas sociedades marginales y tercermundistas deben contentarse con ser operadoras y replicadoras de conocimientos elaborados en la parte rica y privilegiada del mundo? ¿La ciencia es algo superfluo y prescindible o es la condición necesaria para construir el futuro?


La investigación científica y la producción de nuevo conocimiento descansa hoy sobre los hombros de la universidad pública; la de Antioquia le apostó hace más de diez años a una estrategia de fortalecimiento a la investigación y hoy es la primera en el país de acuerdo con la clasificación de Colciencias (año 2005); cabría preguntarse entonces: ¿Si la universidad pública no se ocupa de hacer avanzar las fronteras de la ciencia, qué otra institución podría sustituirla?


En otras palabras, la posibilidad de construir un futuro más democrático, más pluralista y libertario, y con un mayor despliegue científico y tecnológico en la región, pasa necesariamente por la Universidad de Antioquia y por la preservación de su carácter público; de lo contrario, lo que estaría en riesgo de perderse no es una universidad entre otras; es la posibilidad de reorientar el presente y de construir racionalmente el futuro.


María Teresa Uribe de Hincapié
Licenciada en Sociología. Magíster en Planeación Urbana.
Profesora de la Universidad de Antioquia, 1973-2004.
Coordinadora académica del libro Universidad de Antioquia: historia y presencia 1998.


* Texto publicado en el periódico Alma Máter en 2005, y reproducido en 2013, con ocasión de los 210 años de la Universidad de Antioquia.


 


 

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