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viernes, 22 de noviembre 2019
22/11/2019
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Carismáticos o Responsables. A los cien años de las conferencias de Max Weber sobre el político y el científico.

En el invierno de 1919, Max Weber, el economista, historiador y sociólogo político alemán, fue invitado por la Asociación Libre de Estudiantes de München a dictar dos conferencias en dicha ciudad, que se publicaron luego en un libro que llevó el título en español de El político y el científico (Politik als Beruf, Wissenschaft als Beruf). La obrita se dividió en dos capítulos, el primero el más extenso: “La política como vocación?” y “la ciencia como vocación”. Entre los objetivos de estas exposiciones del profesor se destacan que él buscaba llegar a los estudiantes universitarios recién salidos del servicio militar y con sus ideas o argumentos trató de hacerles comprensibles el mundo político de esa época en Alemania. Efectivamente, Weber se enfocó en describir analíticamente cuál fue el ambiente en la que se movía la política europea, una tierra sacudida y agitada por fenómenos que en últimas habían disuelto la democracia y el liberalismo y se inclinaba a los regímenes nacionalistas y totalitarios o tras el triunfo de la Revolución Rusa de 1917 hacia el comunismo. 

Desde la perspectiva de Weber y se nota en sus discursos, el papel del profesor en el aula, en esta época turbulenta (hoy le llaman con rimbombancia de postconflicto en nuestras tierras) debía, ante todo, estar orientado por un rigor y una solidez conceptual (no con improvisación o superstición) y de otro lado, debía ser su cátedra un espacio de valores en los que el primordial es el de la vocación y no aquellos soportados por los artificios, la simulación o el oportunismo, que es lo común a la labor de muchos realizada por necesidad o por accidente. Quien lea este libro cuyas conferencias cumplen cien años notará cómo la cátedra universitaria (en la óptica weberania) utiliza un método o se podría decir mejor una pedagogía o medio de enseñanza que se orienta primordialmente desprejuiciar o quitarle el monopolio de los prejuicios a los circunstantes, a los oyentes y al auditorio universitario. Pero para poder desprejuiciar a los estudiantes, se debe en primera instancia desprejuiciar al profesor, así como para construir una democracia efectiva en el país, hay que educar cierto a la ciudadanía, pero antes que ello, hay que educar a las elites y a los líderes del país. 

Weber nos pone a pensar en sus conferencias ¿Qué es un proyecto de aula y en particular cómo construirla en la universidad? Por lo anterior y dadas las circunstancias en la que se ejercita la enseñanza universitaria en el mundo globalizado hoy de la sociedad colombiana, rigor conceptual y desprejuiciar (quitarle el monopolio a los dogmas y a las taras heredades en una enseñanza esclerótica y lamentablemente escolástica y metafísica, supersticiosa) es el primer paso para entender según se coligue de la lectura del sociólogo alemán es la ciencia como vocación. De modo que, en toda la textura y esencia de estas conferencias, Weber desanima al lector habituado en definiciones dadas por catálogos de receta o por diccionarios de agáchese, porque sus dos largos relatos se orientan a confrontar las ideas corrientes, comunes o habituales (cotidianas) y no por serlo se les infravalora, de los conceptos de lo político o lo científico (o ciencia). Y de otro lado, al desanimar a su público le exige un ejercicio de escucha, de intensificar el saber escuchar, porque en su exposición, la depuración del lenguaje con el rigor conceptual, no halaga al publico común a quien se le enseña en el aula con anécdotas, chistes, rumores, o cuando la clase se hace a partir de las noticias de última hora, que es una recurrencia de los profesores cuando no leen, estudian, o han preparado a conciencia sus clases, o colocan el taller o el trabajo en grupo para no verse enjuiciados o fiscalizados en su mediocridad.

Desprejuiciar, desaprender, rigor teórico y conceptual, historicidad y en especial, amplios conocimientos y saberes de lo local, nacional e internacional, parecen hoy subterfugios o si se quiere con mayor precisión, aditamentos enmohecidos o envejecidos para los docentes colombianos achatados por los temas de moda, por las redes sociales o por una especialidad que se encierra en una incapacidad de ir de un lugar a otro, de un tiempo a otro, de una cultura a otra, o de una geografía a otra. Para Weber el especialista no es quien está encerrado en un campo o saber de la ciencia, el especialista es quien tiene dominio teórico y conceptual que le permite a un mismo tiempo pensar lo particular con lo universal, lo universal con lo particular, lo local y global al mismo tiempo, si violentarse o sin desbaratarse, teniendo siempre una integridad.

De todos modos, tras la lectura de Weber vale la pena repensar, si el profesor con los años y con el transcurrir su actividad docente puede superar tantos prejuicios, manías, dogmas o artilugios que ha acuñado semestre a semestre, de generación en generación, si los contenidos de sus cursos se renuevan o se innovan con lecturas, preguntas e interrogante que puedan romper con sus artificios o sus monomanías u obsesiones. Si para Weber, el primer paso a construir un proyecto de aula es el de invitar a desaprender a los estudiantes para que principien su aprendizaje bajo hábitos de pensamiento nuevos y novedosos, el interrogante que surge es si es el estudiante, el profesor también debe desaprender lo aprendido, porque la seguridad del saber no está en una repetición sosa y oxidada, sino en superar la repetición y conmover lo cimientos de lo aprendido y enseñado a lo largo de los años ¿Acaso será posible eso con profesores que en promedio cumple con 15 o 20 años más de docencia? ¿Y se podrá aplicar a los recién llegados y vinculados con menos de 10 o de 5 años?

Esta postulación de construir una forma de aprendizaje que inicia con el desaprender la conjuga Weber con otros modos pedagógicos, una solidez de conocimientos históricos (la historicidad) que es imprescindible para situarse en el presente y en la actualidad. Lamentablemente el profesor de hoy vive desconectado y absolutamente (o literalmente) aplanado por el dominio de la actualidad plagada de acontecimientos o de imágenes momentáneas, por ello ¿Cómo construir un proyecto de aula y de educación cuando el profesor de hoy no alcanza a saber ni conocer ni siquiera percibir su existencia acaso 10, o 20, o 30, 0 40, ni siquiera 50 años atrás; y que no conoce los procesos o los acontecimientos más determinantes de su país en 80 o 90 años? El que no conoce la historia tiende a repetirla, es una frase absurda y manida, porque el que desconoce la historia (por ignorancia) no sabe si la repite y porque lo malo no es la historia que se repite, son sus historiadores.

De otro lado, rigor conceptual (no improvisación), rigor histórico y conocimiento del pasado se unen como intención pedagógica al de la “neutralidad valorativa” o sea el de la “autosupresión individual” de la militancia por compromisos y principios valorativos como el de la vocación científica antes que el carisma o lo que se conoce de ordinario en nuestros recintos como el de la politicidad o la implicación de opiniones políticas en la clase. Hay que clarificar que según Weber la emisión de una opinión política o la exposición de cualquier idea o tema político en una clase exige, estudio, preparación o investigación, no palabras oportunistas o recurrentes al caso. Es cierto que Weber diferencia entre los hechos y valores, ¿cuándo nos referimos a los hechos y cuando a los valores? Con un especialista de Max Weber hoy, Álvaro Morcillo podríamos replicar ¿qué puede hacer la ciencia hoy por nosotros? y ¿Qué utilidad tiene hoy la ciencia como vocación para una universidad masificada y globalizada? No son menores lo asuntos que reflexiona Weber en sus conferencias, la ciencia para la acción política y la ciencia para orientar nuestras vidas cotidianas. 

Al parecer en nuestros medios universitarios, hay un corte insoluble entre ciencia y acción política y ciencia y vida cotidiana. Repensar esas dos relaciones en el ambiente de polarización, de extremismos y de intolerancias, de dogmatismos y de prejuicios, es la invitación de esas dos conferencias de Weber. La primera conferencia titulada, “la política como vocación” desengaña a la luz de los lectores de lengua española y en particular a los lectores colombianos. Vocación en Weber es llamado (berufen) que tiene relación con entrega, pasión y compromiso con una causa. En esa conferencia desarticula Weber cómo la política pasa de ser privilegios a vocación en las sociedades modernas masificadas. Pero lo más llamativo de esa conferencia es cómo el carisma y el liderazgo político son los dos contornos de la política y que ella se especializa mediante la burocracia, la prensa y los partidos. Es decir, la política es más racional cuanto más se divide la sociedad en clases y cuando más se divide el trabajo. De donde se deduce que la vocación es un valor sine qua non de las sociedades capitalistas modernas.

Entonces en sociedades como las nuestras, duales o bajo la dicotomía de la coexistencia o yuxtaposición de (tradiciones y modernidad), la política no es vocación en el sentido weberiano, así como no hay burocracia (un estamento que separa lo privado de lo público) ni tampoco políticos que actúen con las dimensiones de la vocación tal y como lo define. En la conferencia distingue Weber los diferentes tipos de carisma y liderazgo que son bases constitutivas de los políticos de la sociedad de masas, y entiende al tipo de político (fundado en el carisma o liderazgo tradicional y aquel otro que actúa bajo lo moderno). Y para desilusión del lector esas nociones (carisma y liderazgo) igualmente no son aquellas que solemos usar y comprender, por lo menos en el país. La segunda conferencia, de igual manera se dedica a comprender la transición de la ciencia de la sociedad tradicional a la sociedad moderna de masas y de qué modo se constituye la vocación científica a partir de un ambiente de competencias y de mercado, de especializaciones y división del trabajo.

Las dos conferencias de Weber nos invitan a pensar con detenimiento en el papel de la formación universitaria de los estudiantes hoy, al menos si la ubicamos en un marco como el colombiano. ¿Hasta dónde la labor docente y el aula se ha convertido en la conformación de profesores carismáticos o profesores responsables de ese carisma? Dicho de otro modo, ¿Hasta dónde la actividad docente se ha inclinado al carisma tradicional, a un tipo de profesor que se gana el favor o la atención de sus estudiantes por su tendencia a crear lazos mediante supersticiones, vanidad, humor barato y vulgar, chantajes, sobornos o por sonrisa y amabilidad? o ¿Hasta dónde la actividad docente se ha alejado del carisma moderno, de la entrega, disciplina, esfuerzo, pasión, compromiso, principios, exigencia o por llamado y entrega con el saber y el conocimiento? Carismas irracionales fungen como valores en las aulas universitarias, es decir, lo vacuo, ornamental, artificial, se ante pone al rigor y respeto por el conocimiento. 

Lamentablemente, los estudiantes – a veces- valoran más al profesor por su simpatía, como reinado de belleza, que por su rigor y seriedad (que no puede estar exento de humor fino e ironía), el estudiante hoy se siente atraído por el profesor por su “fama2 en redes, por su oratoria fingida y lenguaje empobrecido en clase por años, que por su exigencia y demanda, por su elocuencia y su productividad investigativa. La universidad valora más al burócrata antiweberiano (muchos de oficina) como profesor y se le premia, que al profesor que con sus investigaciones y publicaciones innova en los conocimientos, hace nuevas preguntas en clase, doblega los prejuicios de la universidad y hace desaprender al estudiante en el aula. Una cosa es ser militante en el aula universitaria y otra es ser responsablemente docente con rigor científico y mirada conceptual y empírica solvente llevada por años de elocuencia (cultura oral) y por escritura publicaciones).


Sin duda, Weber no soportaría los charlatanes de aula, tanto los militantes políticos como los improvisadores científicos. Pero valga entonces rememorar que esa obra de Weber que cumple este año cien años se ha olvidado y que justamente en esta era de superfluos conocimientos, cada vez esos autores y libros clásicos (por eso son clásicos decía Jonathan Turner, porque trascienden el tiempo) ya no dicen nada, porque no se leen y que pese a iluminar campos como la sociología, la historia, la economía, la ciencia política, la filosofía, se desechan por esa cultura académica que viene triturando las aulas de clase, es decir, la formación académica chatarra de las fotocopias, ya no la lecturas de libros con que se gradúan los estudiantes o por las modas que tras su intención de emancipación, doblegan, esclavizan, crean nuevos súbditos y generan pensamiento unidimensional, lo de y post-colonial.


¿Releer a Max Weber en una época como la colombiana de postconflicto? Obvio, no es solamente Weber, junto a Weber si el estudiante hoy hiciera una comparación con lecturas por ejemplo del bogotano liberal radical (exiliado y muerto en el exterior), José María Vargas Vila, en los Césares de la Decadencia, de seguro tendríamos otra generación, tendríamos otros proyectos de aula, tendríamos otra universidad, posiblemente tendríamos otro país, ya no de carismáticos tradicionales, sino carismáticos modernos con nuevos liderazgos. Weber y Vargas Vila, por supuesto, la crítica a los despotismos y tiranos, que se instalan en los gobiernos, en los Estados y en las universidades. ¿Cómo transformar una generación en el país? Con nuevos proyectos de aula en la universidad, por eso un curioso o librepensador, abierto de mente encontrará de qué modo se enlazan Weber y Vargas Vila. Cierto es que Weber tenía la intención de acabar con los profetas de aula y los mesías de las universidades. Pero eso otro daría para repensar otras cosas más.

Lo cierto es que las generaciones universitarias del país siempre han convivido con ideologías extremas y ha experimentado el vaivén de un país que se ha movido entre conflictos, guerras y conatos de paz, y sus generaciones universitarias desde el siglo XIX al XXI, se han tenido que situar ideológicamente en la condición de la bipolaridad partidista ideológica (rojo o azul) y que no necesariamente las cosas han cambiado desde que se acabó el Frente Nacional en 1974 firmado por Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo en 1957-1958. Los estudiantes universitarios del siglo XXI han sido igualmente atrapados por la malla ideológica que va de la disolución y fraccionamiento del bipartidismo (que al fin y al cabo entre liberales y conservadores no existiría diferencia ideológica tajante) y la emergencia de una izquierda que no ha podido unificarse como contrapeso a la institucionalidad política, tanto desde las armas como desde su inclusión partidista con colectividades y líderes que han trascendido al plano nacional. Hoy desde todos los lados se pretende acabar con el proceso de paz y tras el rearme de las disidencias de la Farc, se acrisola y se cristaliza el rearme que nunca ha acabado de la sociedad colombiana (los defensores de los acuerdos de paz y sus detractores, otra polarización más).

De manera habitual se concibe la política (o lo político) como una forma de acción y de actividad humana que es indefinible si nos situamos en su utilidad porque no hay un asiento específico que la determine, por ello más que hablar del deber ser de la política, Weber página tras página elabora una depuración conceptual, es decir, su exposición comienza con construir los contornos conceptuales sociológicos de la política, para evitar esa propensión, o hábito que es común a hablar cuando se trata de política de ¿qué debería ser ? y no ¿qué es en realidad?. Su reconstrucción sociológica se dirige a confrontar el sentido común que no siempre es lo válido o lo legítimo frente a ciertos problemas humanos. 

Junto a ese cometido, Weber distingue en términos de rigor conceptual, ¿qué es la política? y ello lo emprende porque según su concepción de la formación universitaria, claridad o rigor conceptual es uno – entre muchos - de los presupuestos que hacen de las comunidades científicas, realmente o auténticamente asociaciones de pensamiento, porque de lo contrario, domina o es hegemónico la improvisación o la arbitrariedad del prejuicio o del sentido común, en la que cualquiera tiene o la autoridad, o la pretensión de autoridad frente al conocimiento de ciertos problemas relacionados con la sociedad y la política. Y entiéndase que Weber no es que esté contra el sentido común, porque fue uno de los primeros sociólogos políticos que concibió una sociología dedicada a la acción social y sus implicaciones para la política, entre otras consideraciones, fue uno de los primeros arquitectos de lo que conocemos como sociología política como campo de estudio y de investigación.

De modo, que el rigor conceptual contra los prejuicios o la vanidad excedida del sentido común, no fue más que un recurso analítico de Weber para procurar claridad, porque no necesariamente frente al mundo social y político, lo que se opina por experiencia u observación es lo válido y lo legítimo en el conocimiento. Además, como no se tiene una visión o pensamiento claro de lo que sea la política o lo político, en la universidad dominan tantas versiones o significados, que como en el caso de concepto de cultura como lo investigó Theodor Wisengrund Adorno (Halbbildung, formación a medias), sirven o son utilizados como nociones para cualquier cosa y para todo entre los diletantes de aula y sus escuchas entretenidos.

En nuestras universidades nunca han existido lo que en sociedades con ética de la enseñanza (y el aprendizaje) se conoce como un diccionario de conceptos sobre ciertos temas, problemas o fenómenos políticos, por eso domina en las aulas, el improvisador o el repentista, acaso es más admirado, el profesor de ocurrencias que no domina su especialidad y la empuja a la vaguedad y a la irresponsabilidad de la enseñanza, quien por excelencia habla de todo, pero no ha profundizado ni expuesto en lo público, menos ha dejado constancia de su pensamiento en publicaciones, porque ese es su carácter hegemónico, no dejar memoria sino sacudir al público estudiantil con su gesticulación y palabras “que se las lleva el tiempo”, no dejan huella, por el contrario se borran luego de las dos o tres horas de clase. Los profesores de la universidad colombiana aquejamos esta enfermedad ante nuevas generaciones de ser o carismáticos mediocres o de ser responsables ante unos nuevos retos ¿A cuál de los dos lados pertenecer?

1.  Max Weber. El político y el científico. Barcelona: Altaya. 1995. Prólogo de Raymond Aron.

2.  Álvaro Morcillo. Max Weber en Iberoamérica: nuevas interpretaciones, estudios empíricos y recepción. México: Fondo de Cultura Económica. 2016.

 


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