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jueves, 2 de julio 2020
02/07/2020
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Pandemia y catástrofe social - Carlos Giraldo

Por: Carlos Giraldo - Psiquiatra, representante de los egresados al Consejo de Facultad de Medicina UdeA

“En esta crisis, debemos actuar en el conocimiento explícito de nuestro no conocimiento, ya que nunca habíamos tenido tanto conocimiento sobre nuestra ignorancia”. Habermas

Las circunstancias que atravesamos hacen necesario que los universitarios hagamos esfuerzos por ocuparnos a ahondar la lectura sobre el momento, dado que se espera de nosotros que seamos punto de referencia para la comunidad de la facultad, para la universidad y la sociedad, de tal manera que se propongan aportes hacia la comprensión global de la situación, y por lo tanto caminos de las salidas.

En el conjunto de los ejes misionales de la facultad y de la universidad en el que mejor nos va es en la extensión, nos movemos en un terreno en el que marcamos diferencia y apuntamos acertadamente a la urgencia social, en un momento en el que como, dice el epígrafe, escasean las respuestas. La investigación también muestra sus desarrollos que contribuyen al renombre, pero sus resultados se podrán ver a más largo plazo, por ahora hay propuestas de desarrollos tecnológicos. Donde tenemos los mayores escollos es en la docencia y por lo tanto ahí es donde hay que poner los mayores esfuerzos, puesto antes que una institución de extensión o de investigación somos una institución de formación.

No es gratuito que sea en la formación en donde encontremos los mayores obstáculos, puesto que es ahí donde se refleja de manera más elocuente cómo se han desestabilizado los cimientos de la universidad y de la sociedad como efecto de la pandemia; digo de la sociedad porque se trata de un asunto radicalmente global, solo que a medida que descendemos hacia el sur global, los efectos son más contundentes. “Nunca habíamos tenido tanto conocimiento sobre nuestra ignorancia”, teniendo en cuenta que el conocimiento es cemento esencial de nuestro ser institucional.

Ante la emergencia de una situación como la derivada de la pandemia se suele pensar en términos traumáticos, en ésta como una experiencia traumática. Aunque en términos generales no está mal hacerlo, dado que cada uno de los integrantes de la comunidad académica encontrará que hay ahí una experiencia perturbadora que aparece súbitamente y que demanda de cada uno el desencadenamiento de mecanismos de afrontamiento; situación que compartimos con el entorno en el que vivimos. Amén de que todas las personas llevan consigo un cúmulo de experiencias que pusieron a prueba su integridad psíquica, que generaron fracturas emocionales, amenazas de disociación, que reemergen de manera inesperada, que en su momento no fueron tramitadas, o lo fueron inacabadamente, que se hacen sentir a la espera de ser elaboradas, narradas y acopiadas como historia por cada sujeto y que se cruzan con la crisis actual. Experiencias que pesan en lo personal a la hora de encarar el momento. En otras palabras enfrentamos una situación que nos sobrepasa y que demanda el recursos a las capacidades que cada quien ha acumulado para salirle al paso a lo agobiante.

Pero si alguna expresión es justa con respecto al momento es decir que es lo más colectivo que nos ha pasado, esta pandemia es radicalmente global. Así que amerita inquirir si es posible pensar lo traumático en un marco colectivo.

Algunos autores han acuñado un concepto que propone pensar lo traumático con un alcance general, que es el de catástrofe social. Como preámbulo es del caso considerar que los albores del siglo actual se han presentado con bastantes incertidumbres para los jóvenes. La idea de una sociedad y un mundo líquidos hablan de aquello que no permanece, que no tiene consistencia, que cuando va a ser asido, se desvanece y es factor de desestabilización. Aquello que tiene consistencia tranquiliza, sostiene los ideales, es sustrato de las identificaciones, apuntala las proyecciones de futuro, los anhelos. En ese entorno se mueven nuestros estudiantes, habitantes de un mundo global, evanescente, factores que sirven de marco al concepto de catástrofe social para pensar la pandemia y sus efectos.

A lo anterior se suma que uno de los efectos de la globalización ha sido el decaimiento de lo público, y en consecuencia de la universidad pública. Venimos de un periodo importante de protesta en las universidades inspirada principalmente en la defensa de la universidad y con ella la defensa de lo público. En ese devenir se da el ingreso de la fuerza pública a la universidades, muy aparatosamente hecho en la Universidad de Antioquia, que fue vivida por la comunidad universitaria como una profanación, lo que refleja una brecha muy importante entre la valoración que la comunidad universitaria tiene de sí, y la forma como es valorada por la elite gobernante. El estado de desfinanciación de la universidad es una muestra de eso. Sin todavía reponerse de lo anterior, aparece la pandemia y sus amenazas, todo lo cual da sustrato a la idea de catástrofe social.

Hablamos de “Catástrofe Social” cuando se produce desarticulación del contrato que Piera Aulagnier, siguiendo ideas de Cornelius Castoriadis, llamó contrato narcisista entre el sujeto y la sociedad. Ese contrato sostiene el lazo entre el individuo y la sociedad en términos psíquicos. Naturalmente es un contrato implícito, contrato realidad dicen los entendidos, que contiene lo que el sujeto espera de la sociedad y lo que la sociedad espera de él, condición indispensable para la estabilidad del individuo y de la sociedad misma. Al ocurrir dicha desarticulación se conmocionan tanto el uno como la otra.

En lo universitario se puede pensar ese contrato narcisista como el conjunto de implícitos que determinan el lugar que ocupa el estudiante, el profesor y el estamento administrativo para configurar un sujeto social que es la facultad o la universidad. Es narcisista puesto que cada uno le da razón de existencia al otro. El contrato narcisista viene a ubicar al sujeto con una expectativa que le antecede, inserta en la historia institucional, acerca del lugar que se espera ese sujeto pase a ocupar en esa cultura y para nuestro caso en la facultad y la universidad.  En términos de catástrofe social, en palabras de la autora citada, el contexto se vuelve incoherente, incomprensible e inasible porque se pierden las reglas que rigen la interacción societaria acerca de la vida y la muerte, el delito y su penalización; en otros términos, qué es lo que conviene en esa comunidad y qué lo que no conviene. No queda lugar para la diversidad, la discrepancia, la verdad no toda, la alternativa incompleta que es esencial a la universidad. Para el caso es posible ubicar ahí la percepción de que los estudiantes son inconsistentes para expresar sus necesidades, surgen voces de paro cuando lo que hay es parálisis, perplejidad cuando todos estamos igualados en el miedo, sentimientos de desconfianza donde antes había credibilidad, desconcierto cuando antes el camino era visible, renuencia a las evaluaciones por no haber condiciones, síntomas de diverso orden que no dejan asumir a cabalidad las propuestas de salida y finalmente demanda de afirmación de las garantías, de todas las garantías.

A pesar de las objeciones, el ser humano deposita en la sociedad una expectativa de orden y protección, continuación de las figuras parentales, que es una prolongación del ideal que se desarticula en los contextos de catástrofe social dando lugar a crisis identificadoras ligadas a la desorganización social. La institución y el profesor son sucedáneos de esa sociedad de la que se esperan respuestas de aseguramiento y articulación ante un hecho que afecto los lazos comunitarios y los referentes de identificación y pertenencia y que por lo tanto alteran y amenazan los vínculos. La percepción de fragilidad e impotencia en aquellos de los que se espera sean fuente de cohesión, alimenta la catástrofe.

Al final, desintegración de las ataduras valorativas que unen al grupo, como consecuencia de la invasión de miedos derivados de la pandemia que derivan en una mengua del vínculo social y su expresión en el proyecto educativo. Mengua de humanidad derivadas del miedo y la incertidumbre.

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