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domingo, 9 de agosto 2020
09/08/2020
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Homenaje al maestro Alberto Betancourt Arango

Sobre un hombre fraterno: Alberto Betancourt Arango

"Cuando le entregué sus traducciones en un archivo listas para su publicación, me confesó que quería que su legado fuera el de la importancia del conocimiento del mundo latino clásico. “Es triste que se pierda la lengua latina en nuestros tiempos”, solía expresar. Al final, acompañado de la duda sobre la relevancia de su esfuerzo, decidió publicar el pequeño libro y regalarlo entre personas conocidas y otras interesadas en el aprendizaje de la lengua." 

Andrés Esteban Acosta


Con sonrisa bondadosa comentaba el doctor Alberto Betancourt las palabras que Fernando González le dedica a las gentes de Abejorral en Viaje a
pie: “Nos fuimos huyendo y llegamos a Abejorral, el dulce nido
de los empleados públicos, la cuna de los ordenadores de papel de oficio, a las diez de la noche”. La cita le rememoraba el lugar primero, el de los lazos familiares y el de los paisajes extendidos entre montañas. Tal vez la risa es una puerta a una experiencia más íntima con las personas, como si las sospechas se nublaran y quedara el espacio para un tipo de verdad que dura un instante. Ese fue el doctor Betancourt que conocí y del que puedo hablar: un hombre fraterno.

Esa fraternidad moldeó un espíritu entregado al estudio de las lenguas (especialmente el latín), la medicina, la literatura y la filosofía. Recuerdo que cuando terminó su última relectura de Virgilio me entregó una serie de hojas mecanografiadas en su preciosa Olivetti lettera aguamarina. Se trataba de citas fundamentales de Virgilio. Una en latín, la siguiente en español.

Por esos días lo acompañaba en el proyecto de organización de su archivo personal con el fin de publicar sus memorias. Ese proyecto se pausó por razones de ánimo. Cuando le entregué sus traducciones en un archivo listas para su publicación, me confesó que quería que su legado fuera el de la importancia del conocimiento del mundo latino clásico. “Es triste que se pierda la lengua latina en nuestros tiempos”, solía expresar. Al final, acompañado de la duda sobre la relevancia de su esfuerzo, decidió publicar el pequeño libro y regalarlo entre personas conocidas y otras interesadas en el aprendizaje de la lengua. Fue su último empeño intelectual, consagrando horas enteras a pulir un adjetivo, a buscar el sentido apropiado; horas de revisión infatigable de una sola frase, acto admirable en tiempos en los cuales importa más la cantidad de páginas leídas que el universo que puede haber en una sola línea, como aquella de la égloga primera de Virgilio que repetía con deleite: “Et jam summa villarum procul culmina fumant, / majoresque cadunt altis de montibus umbrae”.

Pasó por el Seminario, al cual siempre le dedicaba palabras de gratitud por las lecciones aprendidas a pesar de que finalmente los horizontes no concordaron. Ingresó a la Facultad de medicina de la Universidad de Antioquia, lugar donde adelantó la labor de enseñanza de sus especialidades, la ginecología y la obstetricia, por más de 35 años. Pero hay amores que no se van, a pesar de que no colmen gran parte de nuestro tiempo. Eso le ocurría al doctor con la lengua y la literatura latinas. Así, en sus clases de medicina abundaban los comentarios etimológicos y las citas de poetas latinos.
 
Luego de su jubilación, y como él decía, “siguiendo los preceptos de una vida consagrada al estudio de la filosofía”, el doctor ingresó al Instituto de filosofía de la Universidad de Antioquia para dictar las cátedras de latín y literatura latina. Esa experiencia fue crucial en su vida. Con reiteración me hablaba de su cercanía con la filosofía, de sus lecturas de los estoicos, especialmente de Cicerón y Séneca, de su devoción por Horacio y de su infatigable encanto por Virgilio. Y con esa misma entrega siguió el Aula Abierta, cátedra permanente que el Instituto ofrece a la comunidad en la Biblioteca Pública Piloto. Con respeto y convicción, creía en el valor consolador y terapéutico de la filosofía.
 
Recuerdo cuando me mostró su archivo. Una serie de carpetas que combinaban fotocopias, recortes de revistas, escritos a mano y traducciones que pasaron por las teclas de su Olivetti. Entre sus traducciones destacan pasajes de Virgilio, odas de Horacio, Ovidio, la mayoría de las cartas de Séneca y algunos de sus diálogos, Cicerón –en especial su tratado De Senectute-, una selección de los Epigramas de Marcial, San Jerónimo, Isidoro de Sevilla, Balzac, André Gide, Marguerite Yourcenar.
 
Ante todo, su actitud era la de insistencia en la vitalidad, especialmente a través del estudio. Con frecuencia comentaba sobre su participación en tertulias literarias y sobre la necesidad de la conversación para mantener activo el deseo de aprender. Por eso siempre estaba en disposición de hablar de algún pasaje de la filosofía o de la literatura. El estudio compartido, otra forma de su fraternidad.

Su cariño por la lengua latina expresaba una conciencia de reconocimiento del valor de la cultura clásica para la comprensión del ser humano. Su mirada al mundo antiguo invitaba a pensar en las raíces como fundamentos de existencia: reconocer que siempre hay algo que nos antecede, sucesos, personas, tragedias. Para decir esto acudía al origen bucólico de Virgilio y a muchos de los pasajes donde habita la huella del campo en la vida del poeta. Esta noción la unía a la que él consideraba una de las ideas filosóficas más importantes de la Antigüedad, la enunciación de la dulce medianía, aurea mediocritas, que hace Horacio en su oda a Licinio. Es una nota bellísima sobre la serenidad y la respuesta valiente ante la adversidad: “Sperat infestis, metuit secundis / alteram sortem bene praeparatum / pectus: informis hiemes reducit / Iuppiter, idem”. De la traducción del doctor Betancourt: “en las dificultades muéstrate animoso y fuerte y si verdaderamente eres sabio, cuando soplen vientos favorables, no dejes hinchar tus velas en demasía”. Y para completar esta concepción de la vida, la reconfiguración del pasado en la oportunidad única del presente, el famoso carpe diem, expresión horaciana que sintetiza el presente como tiempo fundamental. Recuerdo la imagen del doctor recitando con excesivo cuidado y pasión la totalidad del texto de la oda. Aquí una traducción suya acompañada de un par de líneas introductorias: 
“En la oda XI del libro I a Leucónoe, hay una clara alusión a la ineluctabilidad de la muerte; es esta la oda del carpe diem. No sabemos quién era Leucónoe, pero todo parece indicar que era una mujer que estaba envejeciendo, sin haber ofrendado en los altares de Venus y a la que el poeta condolido le dirige esta oda, para que aproveche el tiempo que le queda. Comienza diciéndole que no 'le pregunte, es imposible saberlo, el fin que los dioses tanto a ti como a mí nos han determinado, ni explores los números Caldeos: es mejor resignarse con la propia suerte. Bien sea que Júpiter nos conceda muchos inviernos o sea este el último en que el mar Tirreno, con su oleaje bañe las costas; sé sabia, filtra el vino y no abrigues una esperanza desproporcionada a la brevedad del tiempo. Mientras hablamos corre el tiempo presuroso, aprovecha el momento y no te fíes del mañana'”.

Este fue el doctor Alberto Betancourt Arango que conocí, aferrado a sus autores latinos, en especial a su versión latina de Virgilio de sus años de Seminario; amigo de las tertulias y del afecto, para evitar las infaltables heridas de la soledad; activo en sus lecturas de filosofía; cuidadoso y prudente en sus juicios; crítico del abandono; nostálgico, no de un tiempo pasado que se supone fue mejor, sino de las expresiones de bondad que quedan de los años vividos. Y, por encima de todo, aspecto que lo destacó como maestro, su ejercicio constante de la fraternidad.

Para terminar, unas líneas de su traducción De vita beata (La felicidad) de Séneca. De alguna forma, la búsqueda de la felicidad es ya una expresión de la presencia de la filosofía en una vida:
“Todos desean vivir felizmente, hermano Galión, pero cuando tratan de entender lo que hace la vida feliz es donde se pierden. No es fácil la consecución de una vida feliz, dado que quien se equivoca en el camino de su búsqueda, tanto más se aparta de ella y tanto más la busca con vehemencia; cuando seguimos un camino equivocado, la velocidad de su tránsito es causa de un alejamiento mayor”.


En memoria del maestro Alberto Betancourt Arango

"...El médico ginecólogo Alberto Betancourt Arango dedicó toda su vida al estudio de la lengua y la literatura latina. Tuve el honor de contarme entre sus alumnos..."

Juan Felipe Garcés

El latín y Virgilio, especialmente la traducción de la Eneida, fue durante el siglo XIX la pasión de una de las almas más oscuras y fanáticas del país a pesar de su erudición e inteligencia. Nos referimos aquí a Miguel Antonio Caro y al hecho del nexo inexplicable entre los gramáticos y el poder.

Caro fue un político conservador muy importante en el período de la Regeneración y de él escribió José María Vargas Vila, el más grande insultador que ha dado la nación a pesar de los esfuerzos de Fernando Vallejo, que la única preocupación de este presidente gramático era que las órdenes de fusilamiento no tuvieran error ortográfico alguno y fueran perfectamente concordantes en género y número. Quizá, por ello, entre nosotros, haya quedado la idea de los latines y la gramática como la marca evidente de un espíritu reaccionario y fanático. 

Sin embargo, tuve la oportunidad de conocer a alguien que amaba, tanto o más que Caro, el mundo latino y su lengua. Ese gran hombre y gran maestro fue el doctor Betancourt. De su mano, recorrí  detalladamente la escritura de Virgilio y la literatura latina.

Era un maestro de palabra calma y de un profundo sentido de la oportunidad para convertir la intervención o la pregunta más inadecuada en un elemento fundamental para la clase. Nadie que lo haya conocido en un aula podrá decir que de su boca salió una palabra destemplada o un gesto de desaprobación.

Con este sencillo reconocimiento a un maestro excepcional no pretendo contribuir a las peculiares reflexiones sobre el maestro memorable que ahora circulan entre nosotros. Eso sí, espero que esté ejercicio de recordar al doctor Betancourt sea un homenaje a  gran maestro y un inigualable iniciador en la pasión por la lectura y las lenguas clásicas. 

La enseñanza del latín en Colombia fue fundamental y, deplorablemente, cuando llegué a la escuela ya no había ni el más mínimo vestigio de la lengua de Virgilio. Cuando mucho un listado de etimologías griegas y latinas.

Sin embargo, puedo imaginarme que, si perviviera aún la enseñanza del griego y el latín, como por ejemplo pasa en España aunque ya de manera opcional, se alzarían las enfurecidas voces de quienes considerarían  una pérdida de tiempo dedicarle un solo minuto a una lengua ya "desaparecida" o, en tiempos del pensamiento políticamente correcto, se pensaría que la lengua latina al ser la lengua de la iglesia y los reaccionarios del siglo XIX, sería alguna otra manifestación de lo peor de una cultura falologocentrista.

En estos tiempos dónde la ira se descarga contra el bronce que celebra lo hoy infame, mientras se tumban monumentos, con toda seguridad, quizá las viejas joyas de la literatura latina serían también arrojadas al fuego de la ira progresista. 

El médico ginecólogo Alberto Betancourt Arango dedicó toda su vida al estudio de la lengua y la literatura latina. Tuve el honor de contarme entre sus alumnos. Cada minuto de su clase estaba dedicado a transmitir la inmensa pasión que sentía por el mundo latino. Al viejo estilo de una enseñanza ya pérdida, gracias a la peregrina idea de que todo humano sabe algo ya de lo que desconoce, nos introducía a la historia romana y a su literatura.

Antes de leer a Virgilio teníamos la oportunidad de conocer el contexto en el cual escribió cada una de sus obras y el modo como su mundo se plasmaba en cada verso. Tuvimos la oportunidad de reconstruir en las Bucólicas y en las Georgicas los sueños de los romanos que estaban hastiados de las guerras civiles que habían concluido con la creación del Imperio.

En cada una de las obras de Virgilio pudimos reconocer, gracias al maestro Betancourt, la cadencia y el ritmo de la lengua latina clásica. También pudimos reconocer, asombrados, cómo Virgilio añoraba una Roma ya imposible. 

Quiero terminar con una anécdota personal. Mientras era estudiante solía llegar a la universidad caminando desde casa y en una ocasión pasé por una iglesia donde encontré al doctor Betancourt hablando en latín con dos viejos clérigos en sotana. Torpemente lo saludé en mi latín coquinario y sus interlocutores me tomaron por un cultivado latinista. Jamás olvidaré el bochorno que me causó mi atrevimiento.

Una vez que el doctor Betancourt, en perfecto latín, les explicó que yo no era más que un intruso infatuado, tuvieron la gentileza de hablar en lengua vernácula con este intruso. En ese momento conversaban sobre el modo como en el Vaticano estaban tratando de traducir algunas palabras del mundo de la computación.

Fueron veinticinco maravillosos minutos escuchando a tres eximios latinistas que se decidieron a continuar su conversación en lengua española para no dejarme por fuera. Generoso gesto que siempre agradecí. 

Hoy me encuentro con la noticia del fallecimiento de tan estimado maestro. Sólo espero que los viejos dioses olvidados lo premien con el honor de encontrarse con sus viejos maestros latinos a quienes tanto amó. 


a Facultad de Medicina de la UdeA lamenta el fallecimiento del maestro Alberto Betancourt Arango, un gran aliado de la formación integral de los estudiantes, co-fundador de la especialización de Ginecología y Obstetricia.

El sector de la salud y, en especial, del área de Ginecología y Obstetricia de la región lamenta el fallecimiento del maestro Alberto Betancourt Arango, un hombre interesado en la educación, las letras y la ciencia, con capacidad para la generación de conocimientos y defensor de la vida, la salud y la atención médica humanizada.

Entre sus colegas y amigos se afirma que “su amplia cultura general lo hacían un conversador sin igual, que deslumbraba. Además, era un hombre apasionado por los idiomas, hablaba a la perfección español, inglés, griego, latín, en otros”.

Durante décadas, el doctor Betancourt Arango se dedicó a la docencia, contribuyendo a la formación de alta calidad de los estudiantes de la Facultad de Medicina de la UdeA, donde hoy le damos un último adiós lleno de gratitud por sus enseñanzas y grandes aportes en la construcción de la especialización de Ginecología y Obstetricia, de la cual fue co-fundador.

Ante su partida, el decano de la Facultad de Medicina, Carlos Alberto Palacio, envió un sentido mensaje a la familia del maestro y aseguró que “hoy, la comunidad académica dice adiós a un gran maestro, líder, médico y ser humano. Un docente dedicado y consagrado al arte de educar y un pilar fundamental en la construcción de lo que hoy significa y representa la Facultad de Medicina, líder en la región en formación médica. Sin lugar a dudas, su legado seguirá vigente en nuestras aulas y productos académicos”.

Las exequias del maestro se llevarán a cabo en las próximas horas, será una ceremonia privada dadas las condiciones actuales de salubridad en el país y el mundo.
 

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