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miércoles, 3 de junio 2020
03/06/2020
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Llegar bien a casa: Crónica de un viaje en medio de una pandemia

Kamila Giraldo Quintero

 

Hace un mes viajé a New York, por fin, luego de tantas dificultades y trámites siendo becaria de COLCIENCIAS, para realizar una pasantía de investigación en la universidad The New School en la quinta avenida de Manhatan. Estaba viviendo un sueño, en el centro de una ciudad rica en conocimiento y experiencias urbanas para estudiar.


Días antes de salir de Colombia, leí un informe de la Organización Mundial de la Salud – OMS sobre la existencia de un “riesgo de salud pública de interés internacional” debido un nuevo brote de la cepa de coronavirus que estaba afectando la población de Wuhan en el Oriente Medio, bautizado Coronavirus-19 – COVID-19, pensé que este suceso sería controlado por la humanidad, que los síntomas no pasarían de un resfriado común y que eso estaba bastante lejos de llegar al lugar en el que se encuentra actualmente. Hoy New York es el punto cero de la pandemia en EE. UU. Mientras pasaban los días, me adaptaba al idioma, al clima y al movimiento de la ciudad; el virus, a su vez, daba pasos tan gigantes en el mundo, como yo en el mío.


La situación comenzó a ser preocupante, cuando para el 11 de marzo de 2020, el virus presentó un gran número de personas infectadas (118 000) y muertes (4 291) alrededor del mundo (114 países). En esta fecha la OMS declaró que el Coronavirus-19 es una pandemia. Los países comienzan a desplegar una cantidad de acciones políticas para salvaguardar la salud de su población, sin embargo, los índices epidemiológicos no paran de crecer, la tasa de letalidad en China e Italia son alarmantes y en Estados Unidos, el aumento de casos registrados desborda la capacidad instalada de los hospitales.

La Universidad que me había acogido, solicitó mi regreso al país; desde ese momento traté de comprender la situación y el riesgo que asumía en caso de permanecer en Estados Unidos. Sentía miedo del encierro, de la soledad en otro país, de un sistema de salud controlado por empresas privadas y de la dificultad para acceder a los servicios en caso de alguna contingencia, además, sentía mucha tristeza por aplazar mis planes. Sin embargo, la decisión más sensata y correcta era regresar a Colombia, donde tendría una red de apoyo para mediar todas las preocupaciones que rodaban por mi mente.

Según el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades en Estados Unidos el COVID-19 se difunde principalmente cuando las personas están en contacto cercano, pero también se puede difundir al tocar una superficie contaminada y luego la propia cara. El período de incubación suele ser de cinco días y puede variar de dos a catorce días; genera una neumonía y su tratamiento implica incurrir en gastos médicos por el uso de ventilación asistida, la recuperación está comprendida entre 10 a 15 días y mientras eso pasa las personas pueden perder un 30% de capacidad pulmonar. Teniendo esta información, pensaba que mi seguro médico no pagaría la totalidad de mi atención en Estados Unidos donde el sistema de salud es primordialmente privado. Me comencé a alarmar y me preocupé más cuando el presidente de Colombia declaró cuarentena obligatoria en el territorio, expresando que las fronteras se cerrarían el 23 de marzo.

Regresar era la opción más adecuada y asumir los riesgos del viaje era necesario para cumplir con el nuevo objetivo: llegar bien a casa. No podía creer que mi país pudiera cerrar sus puertas, que justo en el lugar donde nací, me pudieran decir: “no puedes entrar, estamos cuidando la salud de todos”.

Actué, antes que el Ministerio de Educación nos exigiera regresar, antes que la situación económica de los países se volviera insostenible y antes que el dinero de mi beca perdiera valor en dólares americanos. Cambié mi itinerario de viaje para regresar el 22 de marzo e ingresar a mi
país antes del cierre de fronteras.

En la mañana del 22 de marzo, con las maletas y los sueños empacados, salí en un taxi al aeropuerto La Guardia en la ciudad de New York. Cuando ingresé me sorprendió la soledad de aquel lugar, abordé el vuelo que me llevaría a la ciudad de Miami y allí tomaría el avión directo a mi país, entraría a la ciudad de Cartagena y luego llegaría a Medellín. De este itinerario temía los altos riesgos de contagio, ya que los aeropuertos son sitios de alta concurrencia de personas de diferentes partes del mundo; sin embargo, procuré hacer consciente autocuidado usando
mascarilla y guantes.

Mi pasantía de investigación en New York estaba financiada por un programa de Colciencias llamado Jóvenes Talento; cuando exigieron mi retorno al país, no recibí ninguna recomendación ni instrucción para el ingreso, pero mi familia, amigos, algunos profesores de la Facultad y la Oficina de Relaciones Internacionales atendieron mis preocupaciones desde sus posibilidades de acción, incluso ayudé con una lista de chequeo y recomendaciones para otros compañeros en la misma situación.

Cuando llegué al aeropuerto de Miami, en el counter me informaron que la conexión a Cartagena no estaba disponible y el vuelo estaba cancelado. Rompí en llanto, a pesar de entender la situación que estaba viviendo, pensaba en lo injusto que era todo, ante mi primer viaje académico al exterior, pensaba que era demasiado y no encontraba salida para un regreso correcto, sano y seguro a mi país. Me sentí encerrada, creí que no había más opciones y perdí la paciencia ante la situación que venía resistiendo. Tenía un manojo de emociones raras que no podía definir, rabia, frustración, tristeza, ni siquiera me atrevía a llamarle por su verdadero nombre: miedo. Lloré, inhalé y exhalé hasta que el alma volvió al cuerpo.

Finalmente, encontré un vuelo directo a Medellín, con una aerolínea colombiana. Solucioné la situación y comencé a analizar mi alrededor porque antes de salir de casa pensaba que como salubrista, cruzar los aeropuertos en una situación pandémica iba a ser una oportunidad de aprendizaje, así lo fue. En realidad, lo observé, las personas guardaban sus distancias y se protegían, el comercio estaba paralizado y en el ambiente sólo se deseaba: Estar seguro en casa. También pienso que, como especie humana, nos falta mejorar e implementar algunos protocolos de seguridad en estos lugares de gran afluencia de personal, por ejemplo, los aeropuertos podrían tomar más medidas ante un virus de fácil propagación y no dejárselo todo al autocuidado. Espero que luego de esta realidad las organizaciones internacionales reconfiguren las acciones para enfrentar una pandemia y la humanidad se formule una relación más equilibrada con el entorno.

A las 6 de la tarde, luego de 12 horas en la sala de espera, el equipo de la aerolínea colombiana informó a los pasajeros del vuelo 31, con destino a la ciudad de Medellín que este sería el último vuelo que la aerolínea realizaría en los próximos 30 días; debido al cierre total de los aeropuertos en Colombia -sonreí- lo había logrado.

En el cielo contemplé un atardecer perfecto, después de todo no estuvo tan mal perder el vuelo a Cartagena y cambiar mi itinerario, llegué a casa reduciendo el número de escalas y minimizando el riesgo de contagio.

Al aterrizar en Medellín, bueno realmente en Rionegro a 45 minutos de llegar a mi hogar; en el punto de migración las enfermeras del Hospital Universitario San Vicente de Paul me dieron las precauciones que debía tener los próximos 14 días, hablaron sobre la importancia de permanecer en cuarentena y me entregaron el registro especial de coronavirus para la migración, luego me tomaron la temperatura y confiaron en mis buenas acciones para cuidarme y cuidar de los demás, los próximos días.

El ingreso a Colombia fue simple, pienso que, se están haciendo esfuerzos para evitar la propagación del COVID-19 (cerrar los ingresos, hacer preguntas de síntomas, tomar la temperatura y entregar mascarillas). Sin embargo, en un contexto controlado, sería ideal que a todos los pasajeros que ingresan al país se les aplicará la prueba para identificar la presencia del virus, pero desde la escasez de recursos y la poca posibilidad de garantizar una cuarentena, se entrega información de autocuidado y se confía en la buena voluntad de los ciudadanos.

Al salir del aeropuerto me encuentro con la persona que me llevaría hasta casa, no puedo abrazar ni saludar como culturalmente estoy acostumbrada, porque la pandemia lo prohíbe. Pienso en lo novedosa que es está situación para todos.

Cuando llegó a mi casa agradezco, respiro y en silencio doy un suspiro sin saber como reprogramar mis próximos días. En mi habitación pienso que al final no todo es tan malo, que los buenos somos más y que la humanidad pronto saldrá de está situación.

Debemos ser más conscientes del cuidado de la tierra, disfrutar cada espacio que se nos permite vivir y acatar la instrucción de quedarnos en casa, por ahora es lo poco que podemos hacer. Afuera hay miedo, incertidumbre y ganas de regresar más fuertes.

Estudiante Administración en Salud con énfasis en servicios de salud. Becaria COLCIENCIAS 2019. Correo electrónico: kamila.giraldo@udea.edu.co

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