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Sobre las preguntas que no merecen respuesta

04/09/2019
Por: Andrés Restrepo Gil, egresado Instituto de Filosofía UdeA

« ...Desde los inicios de la filosofía, los pensadores se han dedicado a establecer los límites del conocimiento, es decir, se han propuesto exponer aquellas preguntas que el hombre no puede responder, sin percatarse del hecho de que quizás, haya un sinnúmero de cuestiones a las que el hombre no debería darles solución... »

Como investigador de la de Escuela de Medicina Aeroespacial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, el doctor Bernal Barnes condicionó a cerca de 1000 monos para que aprendieran a manipular la PEP o Plataforma de Equilibrio de Primates. La PEP era un dispositivo que simulaba los movimientos de un avión.

Para manipularla, los monos tenían que mover una palanca hacia adelante, cuando la plataforma se inclinaba hacia atrás y halarla hacia atrás, cuando la plataforma se ladeaba hacia adelante. Para condicionarlos a semejante procedimiento, se obligó a los animales a permanecer sentados en la plataforma y luego se les administró descargas eléctricas para que asimilasen que mediante el uso de la palanca y su movimiento hacia atrás y adelante, podían lograr estabilizar el aparato.

El proceso se repetía cien veces en un solo día. Cuando el condicionamiento se había logrado con éxito, empezaba la experimentación con radiación. Ya en plataforma, los monos son expuestos a dosis de radiación casi letales, que les producían náuseas y vómitos.

Y como si no fuese suficiente, las descargas eléctricas continuaban cuando el mono no lograba operar adecuadamente la PEP. Las largas jornadas de condicionamiento, así como la exposición a la radiación tenían un único fundamento, a saber, responder una pregunta: ¿cómo se altera la capacidad de operar la PEP ante diversos grados de radiación en monos?

Para muchos, seguramente, esta pregunta tiene razón de ser y, en virtud del beneficio que los hombres íbamos a extraer de su respuesta, se justificaba el sufrimiento de los monos. Según esta perspectiva, son razonables los cientos de electrochoques y las cantidades de radiación a merced de los favores que se iba a sacar de tan crueles experimentos. Afortunadamente, contamos con la voz del propio Bernard quien, luego de torturar a cientos de monos, afirmó:

“Me encontré en un serio enfrenamiento con el Dr. Roy DeHart, comandante de la Escuela de Medicina Aeroespacial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Durante algunos años había tenido dudas sobre la utilidad de la información que estábamos consiguiendo. (…) Intenté mostrarle que en caso de una confrontación nuclear no es muy probable que los altos jefes operacionales fueran a consultar gráficos y cálculos basados en datos procedentes de monos rhesus para hacer estimaciones de la fuerza probable o de la capacidad de contraataque.”

Ante semejante confesión, lo mínimo que uno podría preguntarse es ¿cuál es el fundamento que justifica torturar 1000 monos y, al final, cuestionar la utilidad misma de los datos extraídos de las torturas y confesar que quizás no vayan a ser tenidos en cuenta? ¿valió la pena las jornadas de electrochoques, la radiación y el sufrimiento de los monos? Incluso, ¿fue útil formular la pregunta inicial que motivó los experimentos? ¿mereció la pena responderla?

Desde los inicios de la filosofía, los pensadores se han dedicado a establecer los límites del conocimiento, es decir, se han propuesto exponer aquellas preguntas que el hombre no puede responder, sin percatarse del hecho de que quizás, haya un sinnúmero de cuestiones a las que el hombre no debería darles solución. Según mi consideración, el caso anterior es un ejemplo claro de que hay preguntas que no merecen ser respondidas, en virtud del daño que se va a producir para darles una respuesta.

Pensemos en los conocidos experimentos de Harry Harlow, quien condenó a cientos de monos a un asilamiento absoluto. Así los explica el mismo Harlow:

“Durante los últimos diez años hemos estudiado los efectos del aislamiento social parcial criando [monos desde] su nacimiento en jaulas de alambre [...] Estos monos sufren de una privación maternal total [...] Más recientemente, hemos iniciado una serie de estudios del efecto del aislamiento social total criando monos desde pocas horas después del nacimiento hasta los 3, 6 o 12 meses de edad en una cámara de acero inoxidable. Durante la condena prescrita en este aparato, el mono no tiene contacto alguno con ningún otro animal, humano o subhumano.”

En pocas palabras, el objetivo de Harlow era descubrir qué consecuencias devienen del aislamiento absoluto y la privación de los cuidados de una madre en monos. Sin embargo, dichas consecuencias ya habían sido descubiertos por otro investigador, sin necesidad de condenar a centenares de seres sintientes a una dolorosa reclusión. Al respecto, afirma Peter Singer:

“Bowlby (…) era un investigador de primera línea de las consecuencias de la privación materna, pero sus investigaciones se desarrollaban con niños, principalmente huérfanos de guerra, refugiados y niños recluidos en instituciones. Desde antes de 1951, incluso antes de que Harlow comenzara su investigación con primates no humanos, Bowlby había llegado a la siguiente conclusión: Las pruebas se han revisado. Se entiende que las pruebas son tales que no dejan lugar a dudas respecto al enunciado general de que la privación prolongada en un niño pequeño del cuidado materno puede tener unos efectos graves y de largo alcance sobre su carácter durante el resto de su vida.”

Para saber qué consecuencias pueden derivarse del simple hecho de privar a un animal de su madre, no era estrictamente necesario recrear situaciones tan dolorosas, puesto que vivimos en un mundo en el que una gran cantidad de niños se ven condenados a la misma situación, producto de un sinnúmero de circunstancias, como la guerra y la migración. De nuevo, formulemos las mismas preguntas: ¿valió la pena las jornadas asilamiento y el sufrimiento de los monos? ¿fue útil formular la pregunta inicial que motivó los experimentos? ¿mereció la pena responderla?

Tiendo a creer que la pregunta por el conocimiento humano no está simplemente ligada a las preguntas: ¿cuánto conocimiento podemos adquirir? o ¿cuántas preguntas podemos responder? Sino también ¿cuáles de estas preguntas merecen ser respondidas? Es una tarea de la filosofía, no simplemente, definir los límites para saber hasta dónde llegará nuestro saber, sino también estipular los límites para saber cuánto de ese saber merece la pena ser alcanzado. En otras palabras, es tarea de la filosofía decirnos cuántas preguntas podremos responder y, a su vez, cuáles de esas no deben ser respondidas.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

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