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Reemplazar o desechar

14/03/2018
Por: María Cristina López Bolívar, docente de Cátedra Instituto de Filosofía, UdeA

"En torno a las relaciones interpersonales en medio del capitalismo. Ni las rutinas perennes que espantan la vida entre el tedio del recuerdo y la agonía de lo que pudo ser, pueden derrotar el orgullo gozoso de vivir por y para nosotros mismos..."

Estamos ante una época de cambios mediatos. Me refiero a una época que exige el aceleramiento de la existencia individual para lograr cumplir con objetivos sociales o compromisos laborales determinados por la búsqueda del sentido, subordinando el ritmo orgánico y contingente de la vida.

El aceleramiento es directamente proporcional al modelo económico capitalista sobre el cual nos desarrollamos como seres productivos y que, recuerda a cada momento lo reemplazable y desechables que son nuestras existencias.

Quizá, y solo digo quizá con orgullo y prepotencia, haya que ceder y aceptar el hecho de ser reemplazables, aunque nunca ante el desprecio que deviene en tratarnos entre nosotros mismos como desechables. Es decir, somos reemplazables si se atiende al hecho de que la vida se reemplaza constantemente manifiesta en cada partícula de lo que hay.

Sin ahondar en argumentos biológicos y solo desde una perspectiva existencial, un tanto pesimista y vital a la vez, considero que por ello la vida es única, por su inclinación a reemplazarse en cada una de sus formas y manifestaciones; en cada uno de sus momentos, acontecimientos y devenires que son de una manera y pueden reemplazarse para ser de otra manera, incluso, aunque sea una copia de esa primera manera, entendiendo que una copia nunca será fiel al original porque nunca será el original.

En todo caso, el reemplazar no tendría que ser preocupación de seres que inquieren perpetuarse. Vuelvo a apuntar, el reemplazo es la constatación de una existencia única, singular y no idéntica.

Sin embargo, todo desecho, toda basura como residuo de lo sedimentado y mantenido a fuerza es sostenido dentro del capitalismo como lo descartable, lo que no se necesita, lo que se tiene que eliminar y botar.

El capitalismo es un sistema económico, una patología, una amalgama de símbolos sobre la utilidad y la felicidad como consumo que postula y se apropia de manera pérfida de la idea del hombre como desecho, del hombre como lo desechable y descartable al reducirlo a un objeto o pieza más de la cadena de producción botada cuando ha terminado su ciclo útil de trabajo. Sin embargo, ya no es solo el sistema de producción quien desecha, a su vez, nosotros hemos aprendido a desechar.

Quisiera invitar a quien quiera reflexionar conmigo sobre este fenómeno que nombro lo desechable, a pensar en perspectiva sobre sus propias relaciones vitales, sobre su experiencia con el mundo y conteste la siguiente pregunta ¿a qué podría llamarle experiencia? Antes de seguir con la argumentación quiero dejar claro que, si se tiene algún problema con la expresión desechable, que no se tenga ningún problema con desechar la misma y reemplazarla con otra.

Dejando de lado la ironía y retomando la pregunta, es difícil responder qué es la experiencia si observamos nuestras relaciones vitales en un mundo promovido por el consumo y supeditado a la tecnología. En él la experiencia como práctica, hábito o costumbre que se aplica en determinada situación o circunstancia y que puede ser válida para otras condiciones parecidas es inviable. Inviable porque las relaciones vitales- síntesis de las relaciones con los otros, con el mundo y con nosotros mismos- están permeadas por la mentalidad patológicamente consumista que desecha, tira y descarta todo aquello, aquél o aquella que no le sirve, es inútil, representa un problema o no genera placer o felicidad.

Este síntoma social de descartar o desechar lo que se desprecia o no se necesita -ya no solo en una esfera económica sino también en la actitud con la que se habita la vida- es lo que no permite consolidar experiencia porque antes de probar e intentar enfrentar una situación embarazosa, reparar un objeto dañado o mejorar una relación difícil, las desechamos y las tiramos al olvido. No un olvido sensato, natural como es constitutivo de quienes somos, al igual que el recuerdo, sino el olvido que adrede se busca con el atiborramiento de una búsqueda por el sentido de una vida (exitosa, objetivada, planificada y determinada por paradigmas externos a nuestras propias elecciones) sin/sentido y contingente.

Esa sobrecarga de sentido (crecer/comprar/trabajar/comprar y botar/ reproducirnos/comprar/ morir pero no sin antes volver a comprar y botar) que procura el desechar lo que parece no sirve o satisface es acaso la causa de que las personas desechemos hasta quienes somos (imperfectos, azarosos, tendientes a fracasar y volver a fracasar en el ensayo y el error del conocernos a nosotros mismos y vivir conforme a ello). Ahora no entraré a valorar las dismorfias que sobre la propia imagen, personalidad, gustos o preferencias se llegan a efectuar en esa determinación artificial de la búsqueda por el sentido de nuestra vida es más una cuestión que dejo a propósito para consideración de cada uno, pues la vida no tiene un sentido (exitoso), tiene muchos y a lo sumo lo único que inquiere es ser vivida gozosamente.

Por último, agregaría que entre lo reemplazable y lo desechable, más allá de ser ambos evocados constantemente dentro del capitalismo y utilizados o descartados para sustentar la lógica de consumo, quizá la mayor diferencia se genera en las maneras y formas en que son sobrecogidos en las relaciones vitales. Éstas si bien son reemplazables no pueden ser desechables si osamos de concebirnos como seres cognoscentes que tenemos experiencia y generamos experiencia del mundo vital, contingente y orgánicamente reemplazable, ya que podemos reemplazar una relación por otra, pero nunca las relaciones humanas serán iguales ni tampoco deberían desecharse hasta someterlas forzosamente al olvido. Cada una de ellas aporta a la experiencia del conocer el mundo a partir de la mirada del otro, del conocernos a nosotros mismos en la mirada del otro, del hacer ciencia y expandir los límites del conocimiento a través de un otro.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos.  Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia. Escriba y envíenos sus columnas de opinión al correo electrónico: udeanoticias@udea.edu.co.

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