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Pequeño

14/02/2018
Por: Carlos Vásquez Tamayo, Director Departamento de Publicaciones UdeA

"...Todos los días de mi vida empiezan con una taza de café. Es el consuelo de la repetición, el rito doméstico que me recuerda a dios o su dolorosa ausencia..."


Agradezco el deleite del primer café del día. Lo preparo yo mismo, en la casa todavía a tientas. Voy a un lugar, sorbo paso a paso mi rito. Me coloco a mi lado, casi en el borde del sueño. 

Siento en ese café la gota de aromática oscuridad que trae el día. Mis pensamientos van aflorando, se despereza mi mente. Siento algo dentro que pide mi atención y mis pasos. Qué sería de este día sin este momento. Creo que los sucesos se desgranan de allí, algo madura y se da a ver en su negra cadencia.

Hubo un tiempo, el del amor verdadero, en que conocí el café más de cerca. Vivía cerca de alguien y con él aprendí a palpar las matas de café, la recolección y el beneficio: despulpar, poner a secar, recoger.

Me parece un milagro ahora que lo recuerdo. Cada taza de café abre un camino entre mi desazón y mis gozos. Ahora quiero comprenderme completo. Sin ese amor y ese conocimiento nada de lo que he vivido tendría sabor ni sustancia.

Hubo un tiempo, después, en el que un libro me despertaba aún más temprano. En medio de la noche me levantaba, preparaba mi café y me ponía a escribirlo. Qué tiempo feliz y cargado, lleno de ese reloj amargo que endulza las penas.

Y escribí ese libro, contra viento y marea, en una misteriosa calma de retiro y sosiego. El libro se llama Las hojas breves, un verso de Ricardo Reis que sorbe la duración en la caída de las hojas, viento y misterio.

Todos los días de mi vida empiezan con una taza de café. Es el consuelo de la repetición, el rito doméstico que me recuerda a dios o su dolorosa ausencia.

Y ahora que lo pienso, veo personas en recodos de mi vida tomando su primer café. Sobre todo en los viajes. Seres desconocidos que son como la dulzura de la soledad. Allí donde mi memoria se remonta hay un día amaneciendo y alguien gustando un café.

En mi caso suelo tomarlo a solas. Evito las compañías, el primer café del día me encuentra rebosado y completo. No es arrogancia mía, siento que no necesito a nadie, me descubro satisfecho y dispuesto.

Me aparto, me retiro, me vuelvo invisible. Me hundo en la metáfora de esa taza. Allí está todo, la noche con sus ramas, el día con sus raíces y afanes. El primer café del día enrumba mis dedos.

Y me pregunto, angustiado, si beben su café los presos, los desterrados, los humillados. Sé que no lo hacen los hundidos, los zaheridos, los de la vida pisoteada. A ellos se les priva de la intimidad. No pueden ser dos cuando están solos. El tiempo cae sobre ellos como una piedra feroz.

Y me da tristeza y me siento impotente. Hay hombres sin nada, sin posibilidad de estar solos, arrancados de sí por un odio reseco. Y entonces agradezco más y me estremezco y me da vergüenza poder tenerlo yo, mi primer café de las penas que saben llevarse. 

He tenido una buena vida. Y creo que el primer café es una prueba de lo bien que me va. Acá donde trabajo se acostumbra el café, cada persona va por su pasillo llevando su taza. Y entonces les miro y me admiro, que podamos vivir así, pero no me olvido, pasa que ese primer café es para otros un lujo al que nunca se vuelven.

Cuántos pequeños rituales tiene mi vida además de este. Para mí decir y escribir yo no se compara con nada. Quiero hablar de mí, decir el que soy. Entrar en ese recinto secreto. Y llamar a alguien. 

Llamar es mejor que encontrar. Lo peor es perder. Hay cafés más amargos de lo que conviene. Momentos sazonados, enmudecidos, discretos. Momentos, momentos. El sorbo, el gusto, la ensoñación, las ideas.

El café fluye, pasa de los labios al corazón. Y lo bebo y es puro espíritu. Me acuerdo de esos días temprano y tarde. En que recogía granos con el amor y no pensaba ni quería otra cosa.

Para mí el café ha sido la pausa, el ritmo, la música de mis días. La suspensión de la escritura para volver a las palabras. Pienso mientras lo bebo. Sueño cada vez que despierto. El camino de la noche al día, el breve riachuelo que trae consigo la taza con su breve destello.


Nota

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