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Periódico Alma Máter

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Ciencia

Exploradores del cielo y la tierra

06/09/2019
Por: Natalia Piedrahita Tamayo- Periodista

Desde Alexander von Humboldt hasta nuestros días, la fascinación que los fenómenos de la vida ofrecen a los exploradores de la naturaleza es inagotable. Hoy, sin embargo, las investigaciones plantean nuevas metodologías para explorar mar, cielo y tierra.

La pregunta es el comienzo de una exploración, el viaje de los expedicionarios de nuestros días está determinado por la necesidad de conocer algo más sobre el origen, el curso y la razón de la vida: de animales, minerales y plantas. De Humboldt heredaron la idea de que el contacto con la naturaleza es la única manera de cultivar el alma. 

Desde las artes, las ciencias exactas y naturales, así como desde las ciencias sociales y humanas, existen investigadores que han recorrido caminos intransitados para obtener hallazgos sobre sus materias de estudio. La brecha que separa a los naturalistas del siglo XVII y los viajeros de nuestros días no solo es de tiempo; el trazo de los caminos, las herramientas de exploración, la manera de guardar sus hallazgos ha cambiado con la historia de las culturas.

Sin embargo, hay una coincidencia entre los diarios que escribió Alexander von Humboldt en su recorrido por América y en el testimonio de los investigadores académicos de la actualidad: el expedicionario debe tener la curiosidad de un niño, el interés por descubrir el lado inusitado de la vida, y estar preparado tanto para lo esperado como para lo inesperado.

Sin importar la época o el lugar, la inmersión profunda en las preguntas que plantea la vida tiene un riesgo: que quien las sondee sin prejuicios y se deje llevar por la ruta de la investigación, no regresará siendo el mismo viajero que partió. No son pocas las experiencias de exploración que se han gestado desde diferentes áreas del conocimiento en la Universidad de Antioquia. Aquí recogemos algunas de ellas. 

La naturaleza, inagotable fuente de inspiraciónAsplenium otites, de la familia Aspleniaceae, descrita por Lucía Atehortúa. Fotografía de Peter Greenwood.

Mientras se fundaba el Herbario de la Universidad de Antioquia, Lucía Atehortúa Garcés era una estudiante de biología que propuso, a través de un trabajo académico, la realización del inventario de la flora departamental. El proyecto comenzó a ejecutarse con 22 de los 90 millones de pesos otorgados por Colciencias, con lo cual compraron un vehículo jeep para desplazarse por toda Antioquia.

«Eran expediciones duras en términos de seguridad, pero eso no impidió que comenzara a desarrollarse el proyecto», recordó, segura de que el motor del equipo de investigadores era la capacidad de asombro, inspirada por las anotaciones y hallazgos de Caldas, Mutis, Humboldt y otros naturalistas que habían conocido en sus clases en la Universidad.

De los naturalistas de siglos pasados aprendieron que el ser humano, su política y cultura, no pueden desligarse de las plantas, los animales y del territorio que los acompaña. Hoy, Atehortúa Garcés es la directora del Laboratorio de Biotecnología de la Alma Máter, desde donde busca generar tecnologías sostenibles inspiradas en la naturaleza.

De sus hallazgos en especies de helechos tropicales, señala que cada individuo florístico es un universo. «La biodiversidad es el banco genético más importante. Hasta que no se descubra todo sobre su contenido químico y las posibilidades que ofrece, no puede hallarse la importancia aplicable de una especie, pero desde su hallazgo ya se tiene un suceso para la ciencia».

Hoy lamenta la devastación de la Tierra y habla de sus recuerdos de campo: muchos lugares no son ni la sombra de lo que fueron cuando fue a explorarlos hace unas décadas. «La supervivencia depende de las plantas, todo está interconectado en la naturaleza», declaró. Su testimonio reivindica que el conocimiento de los usos y dinámicas de los seres vivos, no solo debe recurrir a la ciencia, sino a la sabiduría de los indígenas que han conservado la mística de las tradiciones.

Taxónomo de extremófilos acuáticos

Gusano marino de la familia Phyllodocidae o 'poliqueto filodócido', hallado por Mario Londoño durante la II Expedición de Colombia a la Antártica. Cortesía: Mario Londoño Mesa. 

En sus recorridos por el círculo polar antártico ha aprendido sobre las emergencias de la vida en predios de la «dama blanca», como llama a este continente sur cubierto por hielo y nieve. Son jornadas en las que todo se ve gris y blanco, los bosques allí son fragmentos de pasto y musgo. El frío, de 15 grados bajo cero en verano, es para tenerle cuidado.

Un biólogo, para Mario Hernán Londoño Mesa, es eso: la experiencia por resistir ante las circunstancias que plantee el trabajo de campo, porque «nadie controla el ambiente, pero cada persona va sorteando la manera en que se adapta a él». Como investigador, biólogo y ecólogo, sigue el rastro de los tardígrados, microorganismos conocidos como ositos de agua.

Como taxónomo —científico que clasifica las especies—, ha descrito más de veinte nuevas especies de gusanos marinos del Pacífico, el Caribe y el Mediterráneo. En la actualidad es reconocido internacionalmente como uno de los más importantes investigadores de tardígrados, algunos de ellos extremófilos, es decir, aquellos que pueden desarrollar plenamente sus vidas en condiciones en las que otros animales y plantas no sobrevivirían.Pero estos no son los únicos escenarios extremos en los que ha estado Mario, a las expediciones Sea Flower ha ido generalmente en temporada de huracanes, por lo cual debe moverse pronto y sin premeditar. Los hallazgos de estas investigaciones en las que las dificultades son una constante, están cargados de misticismo: «Las características de los tardígrados nos permiten ver que no siempre la vida está asociada a las mismas condiciones, sino que puede darse hasta en los lugares que no consideramos habitables».


Secuaz de piperáceas

Piper reptabundum  C.DC. Descubiertas por Ricardo Callejas en Costa Rica. 

De sus memorias como explorador de la flora, Ricardo Callejas Posada no olvida la expedición para establecer el inventario botánico de Antioquia: «Llegamos a una laguna que no aparecía en los mapas, en medio de los Farallones del Citará. Era un santuario natural majestuoso, en los límites de tres departamentos. Allí entendí que ese suceso, más que un hallazgo investigativo, era una ocasión para celebrar la vida».

Con la motivación de inventariar las especies botánicas de Antioquia recorrió todo el departamento y supo que las plantas no solo hablan sobre la Tierra, sino que también dan ideas sobre cómo somos los animales, los humanos.

«No hay nada que marque más a un humano que la geografía. La cotidianidad es el resultado de cómo cada habitante percibe su entorno. El que vive en un territorio transformado por la minería, como Santa Rosa de Osos, tiene una ideas y costumbres muy diferentes al que ha pasado toda su vida a 60 kilómetros de allí, en Angostura, donde aún son avasallantes los paisajes naturales», aseveró. De ahí que en Antioquia y, en general, en Colombia, la biodiversidad esté acompañada de incontables manifestaciones culturales.

En el inventario Flora de Antioquia, publicado en 2011, fueron reportados cerca de 14 000 individuos botánicos. Actualmente, Callejas es profesor del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia y, como experto en piperáceas, pasó quince años trabajando en la descripción de esta familia en Mesoamérica, desde Oaxaca, en México, hasta el Darién, en Urabá. Cerca de 2100 especies fueron halladas.

«La deforestación en este país es inmoral», afirmó. Este hecho, desde su mirada, está estrechamente conectado con la inequidad social, porque cuando los individuos están aislados de la comprensión de la naturaleza no saben aceptar al otro desde la diferencia.

Cartografiando la biodiversidad costera

Vista aérea de la bahía Mar y Río, en el delta del río Atrato. Foto: cortesía Juan Felipe Blanco.

Como investigador de manglares y especies marinas de Urabá, Juan Felipe Blanco Libreros está convencido de que para reconocer el territorio es necesario establecer una conversación con las comunidades que lo habitan: «Hay que sentarse a hablar con la gente primero, para crear lazos de confianza. Allá no valen los títulos académicos, ni la institución que se representa. Vale la palabra y la confianza que se genera con las personas. Ellos se han relacionado con las especies que uno va a investigar».

Entre otros recorridos, Blanco Libreros ha participado en la «Expedición Estuarina, golfo de Urabá», como parte de la «Expedición Antioquia 2013», de la Gobernación de Antioquia, y en la «CartoCosta, Urabá», de Hotosm y Youth Mappers. Con ellos se han construido los mapas de una de las zonas más biodiversas de Colombia.

La exploración biogeográfica le ha permitido conocer territorios que no estaban señalados en los mapas de Colombia y un inventario preciso de los manglares de Antioquia: 5687 hectáreas, con una precisión de 30 centímetros, es decir el tamaño del píxel o cuadro de la foto. «Dentro de este pudimos establecer que cerca del 80 % se encuentra en el delta o las bocas del río Atrato, en buenas condiciones de conservación», dijo.

Diez años de expediciones con un vasto equipo de trabajo han permitido que hoy se reconozca que Antioquia tiene mar y manglares.

Expedicionario del sistema solar

Representación gráfica del asteroide Medellín. Cortesía Jorge Zuluaga Callejas.

Entre las órbitas de Marte y Júpiter existe un planeta menor llamado «366.272 Medellín», fue encontrado y bautizado por Ignacio Ramón Ferrín y su entonces estudiante, Carlos Leal, quienes observaban y estudiaban el cinturón principal de asteroides. El hallazgo se dio el 30 de marzo de 2003, pero solo pudo bautizarse en 2016, según los protocolos de la Unión Astronómica Internacional.

Este cuerpo celeste tiene un periodo orbital de 5.60 años y se encuentra a una distancia de 2.85 unidades astronómicas del sol. Aunque este descubrimiento destella en medio de sus experiencias observando el vecindario planetario, no es el único que ha tenido, en 2013, junto a Jorge Zuluaga Callejas, Ferrín reportó un fenómeno llamado cometas Lázaro: «rocas que vuelven de la muerte, ya que después de miles de años de inactividad en las que yacen en un lugar del universo conocido como "cementerio de cometas", reviven», aseguró Ferrín.

Su aporte a la ciencia es impersonal: habla de Colombia y de la ciudad que lo recibió para desarrollar parte de su actividad académica, que comenzó en Venezuela. Desde su perspectiva, el universo es testigo de la historia de la Tierra y por ello en él reposan preguntas y respuestas indispensables para el equilibrio planetario.

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