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Con antorchas en los ojos

01/02/2019
Por: Stiven Arias Henao – UdeA Noticias

La tenue luz de una luna creciente bañaba el rostro de la menor de los Arias Suárez. Ella, la niña, la pequeña Sandra, descansaba sobre una piedra con olor a tierra húmeda. El cielo de su finca le mostraba de frente una noche que desnudaba las estrellas en aquel oasis de café caldense. Sus ojos brillaban. Sus pupilas eran antorchas encendidas.

Sandra Liliana Arias Suárez. Cortesía: archivo personal.

Entonces, un destello fulguró detrás del árbol lejano y un trueno desgarró el silencio. «¿Por qué me llega la luz antes que el estruendo?». Sandra no lo sabía, pero sus dudas plantaron una semilla que germinaría en una tierra distinta a la de Aguadas. «¿Por qué se elevan las cometas?, ¿a qué se deben las formas de las frutas?, ¿por qué sale comida de la tierra?... ». Pudo escribir las preguntas más audaces esa noche.

Dos décadas después, Sandra –no la niña, la investigadora– siente que la nostalgia y la dicha quiebran su voz al recordar sus años mozos y la curiosidad que la formó como investigadora. La hija de un humilde caficultor iletrado y de una noble ama de casa llegó a la Universidad de Antioquia en 2004, y se graduó en 2011 como bioingeniera. 

«Uno a veces piensa que sin plata no puede soñar en grande, y no es así. En la UdeA encontré muchísimas oportunidades, sobre todo para transporte y alimentación», recuerda Sandra desde la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign en una tarde de nieve fría y memorias cálidas. 

Tiene 32 años. En pocos meses será doctora en Bioingeniería de esa universidad estadounidense. Aun entonces seguirá siendo la muchacha inquisitiva de antorchas en los ojos. Son las mismas antorchas que encendió con júbilo y furor cuando, por un golpe de suerte, dio con un fascinante descubrimiento.  

La investigadora en su laboratorio en la Universidad de Illinois de Urbana-Champaign. Cortesía: archivo personal.

Cazadora de bacterias 

Hace un par de años, la bioingeniera fabrica nanoestructuras con unos materiales llamados hidrogeles para eliminar bacterias potencialmente perjudiciales para el hombre. Dichas bacterias pueden proliferar en dispositivos médicos que ingresan al cuerpo humano o que entran en contacto con nuestra piel y otras mucosas, como los catéteres de acceso venoso empleados para administrar medicamentos rutinariamente en las unidades de cuidado intensivo de los hospitales.

«Un método para matar bacterias es tomar antibióticos orales. Pero en el proceso de absorción, los antibióticos también matan bacterias beneficiosas para nosotros, y las bacterias perjudiciales adquieren resistencia», explica la investigadora. Por eso cobra relevancia la alternativa de esas nanoestructuras, aunque aún están en fase de exploración, según advierte.

Tales nanoestructuras se asemejan a espinas cuyo modo de operación está inspirado en los mecanismos que insectos, como la libélula, usan para controlar la formación de bacterias en sus alas. 

¿Cómo descubrieron ese potencial? Ahí radicó el golpe de suerte. Refiriéndose al trabajo de su grupo de investigación, Sandra dijo: «La forma de las espinas en el hidrogel nos pareció interesante, y cultivábamos bacterias en contacto con este material. Cuando vimos las bacterias en el microscopio, estaban muertas». Lo fortuito del hallazgo la llevó a estudiar el fenómeno y a describirlo, análisis que ya le derivó en una patente.

«¡Es lo perfecto para mí!»

Pero no todos los días se llega a una novedad científica. La investigadora se labró su porvenir con sudor y determinación desde su infancia. De voz serena y aplomada como el roce del aire montañero; de acento extranjero y raíces ancladas; de mirada firme pero amable, vivaz pero tranquila, segura pero afectuosa –como una antorcha–. Así es Sandra: tiene antorchas en los ojos. 

Ese ímpetu y ardor por saber más, por hacer más, por crecer más no se extingue. Sandra Liliana Arias Suárez es el fruto de su carrera personal y formativa. No fue fácil, pero lo logró. El fragor de su lucha juvenil la trajo hasta la Alma Máter de los antioqueños. 

«Siempre me gustaron las matemáticas, pero también quería algo orientado a aplicaciones en salud. Nunca quise ser médica porque, para mí, era memorizarse un montón de cosas y dar una receta. Así que cuando se abrió el programa de Bioingeniería en la Universidad de Antioquia, dije: «¡Esto es lo perfecto para mí!». Otra vez, su voz se quiebra.

Como la sagaz flecha impulsada por el arquero más calculador, así se tornó la visión de Sandra mientras se aproximaba a graduarse. Tenía claro que su posgrado sería en una de las mejores universidades en ingeniería de Estados Unidos: la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign. Por eso estudió inglés valiéndose de series de televisión y canciones que luego transcribía. 

Mientras tanto iba a charlas y conferencias en la Alma Máter sobre intercambios internacionales estudiantiles. Un convenio entre Colciencias y la Universidad de Purdue fue la llave para que amigos entrañables como el profesor de la Universidad de Antioquia, Juan José Pavón –fallecido en 2017– y Jean Paul Allain –investigador colombo-peruano que trabajaba en la institución norteamericana– le ayudaran a abrir la puerta de sus quimeras. 

Así llegó a la Universidad de Purdue. Después saltó a Illinois, y lo demás es historia contada. Así nació Sandra, la investigadora, la futura doctora en Bioingeniería de origen aguadeño y sueños de ciencia, de melancolía por las fincas cafeteras. Eso sí, cualquiera fuera el momento, en ella siempre habitó la Sandra de curiosidad insaciable, la que forjó los peldaños de su propia escalera, la muchacha de antorchas en los ojos. 
 

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