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«Se debe ser escritor, sin matar la literatura»

09/05/2019
Por: Elizabeth Cañas Rodríguez— UdeA Noticias

La Alma Máter otorgó el título honoris causa número 57 a Ricardo Cano Gaviria, el primer escritor proclamado académicamente como doctor en Literatura.

El escritor Ricardo Cano Gaviria recibió el título honoris causa de manos del rector John Jairo Arboleda Céspedes. Foto: Juan Pablo Hernández.

El escritor de cuentos, novelas y ensayos, Ricardo Cano Gaviria se distingue no solo por su talento literario, sino también como gran conocedor de la cultura y del pensamiento moderno.  En 1988 obtuvo el premio Navarra de Novela con El pasajero Benjamin y su libro, Una lección de abismo fue reconocida con el Premio Nacional de libro publicado "Pedro Gómez Valderrama" a la mejor novela colombiana en el quinquenio 1988-1992.

Su prolífica obra literaria está nutrida de personajes históricos, reflexiones agudas, transfiere conocimientos sobre la cultura, que también transpiran en sus opiniones.

¿Qué le representa este título honoris causa y qué le inspira la Universidad de Antioquia?

Fue el sitio donde empecé mis estudios universitarios en 1967, estudios que lamentablemente tuve que abandonar a los pocos meses. Tengo una época de mi vida unida a esta Universidad, por la que han desfilado, como profesores o colaboradores, quienes han sido en buena medida mis tutores y modelos literarios, desde Manuel Mejía Vallejo a Darío Ruiz Gómez, pasando por Elkin Restrepo. Mucho tiempo después de mi breve paso por ella, mi hermano mayor, Eduardo, fue rector de la misma, en una época muy difícil. Yo siempre soñé con volver a su seno de una u otra manera. Ahora mi sueño se cumple, de una forma un poco sorprendente, la verdad sea dicha, pues nunca pensé que esto pudiera ocurrir.

¿Cuál es su visión actual de la literatura colombiana?

Creo que la literatura colombiana acusa la influencia de una cultura que está no tanto en crisis como en transición. El mundo actual vive en permanente transición, a varios niveles, principalmente políticos y ecológicos. Esto ha creado en los distintos países pautas de conducta que podrían entenderse mejor con el concepto de “tiempos líquidos”, acuñado por Bauman.

En el contexto colombiano, hay que añadir lo que se deriva de una situación política muy condicionada por la guerra larvada, guerra sucia, como consecuencia de la violencia endémica, casi institucionalizada, que acosa desde hace décadas al país.

¿Qué puede comentar del conflicto en Colombia?

Como intelectual opino que el voto de una víctima directa de la violencia, porque ha tenido muertos en su familia, o ha tenido que dejar sus tierras, vale moralmente mucho más que el de quien no la ha padecido directamente, y aún más, que el de quien la provoca o la fomenta por intereses egoístas. No entender esto nos lleva a una especie de banalidad conceptual y en ello, resuena ligeramente el concepto de banalidad de Hanna Arendt, sobre el asunto de la paz en Colombia.

Una de las servidumbres de la democracia es que pesan igual los votos de las víctimas directas de la violencia, y los de las indirectas, cuando la realidad es que a través de los primeros hace acto de presencia el voto de los muertos que, por supuesto, no votarían a favor de la guerra que los mató, sino de la paz que les hubiera permitido vivir a ellos y a su descendencia.

¿Cómo debe atender la literatura, tanto el intelectual como el escritor?

Está bien en separar la pregunta a los intelectuales y a los escritores. No hacerlo podría llevar al malentendido de suponer que los escritores podemos ser intelectuales, como en la época de Sartre o de Camus. Esa relación entre los dos tiene que ser reformulada para no convertir al género literario practicado por el escritor en una tribuna para opinar políticamente. Hoy la novela es víctima de ese malentendido. Para muchos, lectores y escritores, en un médium útil para transmitir un mensaje, lo que ha llevado a su más absoluta instrumentalización, hasta el punto de que las cosas ocurren como si ella fuera un género periodístico antes que literario. Y como si se pudiera o debiera prescindir de la literatura, que es lo que se detecta en las tendencias que han cogido tanta fuerza en algunos estudios universitarios.

¿Considera que la modernidad y el auge de la literatura muy personal, y a la vez, menos aguda en conocimiento, abre más la brecha entre el intelectual y el escritor?

La obra literaria, si lo es, no tiene que ser “aguda en conocimiento”, todo lo contrario. Lo que ocurre es que a veces, una mala preparación teórica induce a muchos a atribuir al escritor la cultura que pueda, por ejemplo, exhibir un personaje, que encarna un “punto de vista” narrativo. Por el contrario, una novela cargada de contenido político explícito es una novela que tiene pocos créditos literarios, aunque puede haber excepciones.

Pienso, al modo antiguo, que la literatura tiene sus propios códigos, y que el primer compromiso del escritor primero es descubrirlos y luego respetarlos, porque no se puede respetar lo que se desconoce. Posiblemente muchos escritores no saben de qué estoy hablando, entre otras cosas porque hoy el escritor quiere ser distinto del literato, que es una modalidad antigua, rancia, de la literatura. Sin embargo, se puede estar en la literatura sin ser un literato, es más, se debe ser escritor sin matar la literatura.

Así, ¿También se liga el compromiso político?

Se puede estar en la literatura sin ser un reaccionario, sin dejar de tener opiniones políticas. La literatura, nos civiliza, nos hace tolerantes y permite ver al ser humano como una criatura en continuo perfeccionamiento que debe respetar al otro. Es más, llegar a defender, como Voltaire, el derecho del otro a opinar en contra nuestra, sin que por ello tengamos que quitarle el saludo o la vida.

¿Cuáles son ahora sus escritores colombianos de preferencia y cuáles las recomendaciones para los talentos literarios?

Mis escritores colombianos de preferencia son, en primer lugar, mis amigos escritores. Sí; no me avergüenzo de decirlo, por un hecho muy simple: estamos en una guerra en la que intentamos sobrevivir como escritores que respetan la literatura, la cultura, la lectura, que hoy parece, no son imprescindibles en el oficio de escribir. Óscar Collazos y Roberto Burgos, los últimos en morir de mi generación, han sido mis amigos, y reclamo el respeto y la atención que merecen sus obras.

Entre los vivos, hay nuevas modalidades de la escritura, como las de Pablo Montoya, que ejerce como escritor libre en el respeto de la literatura, y parece haber comprendido que los temas se eligen no por su oportunidad comercial, o política, sino por su capacidad de ensanchar las fronteras del arte. No es el único, por suerte.

¿Consejos para los jóvenes escritores?

No sé si tengo autoridad suficiente. Doy el más elemental: aprender, en primer lugar, a ser buenos lectores. No elegir los libros porque sean los más vendidos, ni los más fáciles. Leer a autores de reconocida calidad. Mantener viva la presencia de lo mejor que ha dado nuestra literatura, desde José Asunción Silva hasta García Márquez. No mantenerse en lo archisabido, sino recuperar a autores olvidados y alimentar la memoria de los que pudieran llegar a serlo. Y cito a uno de los más literarios de Colombia: Pedro Gómez Valderrama porque sus relatos pueden considerarse como los de Borges, absolutamente clásicos en el mejor sentido de la palabra.

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