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A la vera del camino

09/03/2018
Por: Juan Pablo Muñoz Patiño – Dirección de Comunicaciones

En un futuro no muy distante se dirá de Juan Esteban Echeverri Arango, maestro en Arte Dramático de la UdeA, que es uno de los artistas antioqueños que más lejos ha llegado, y yo diré en primera persona, como en este artículo, que vi pasar a este nómada desde la vera del camino.

Prefacio

Harto he estado de escuchar miles de veces los prejuicios que tienen algunos conocidos e hijos de vecinos sobre mis amigos los teatreros. Que son desordenados, que no lucen una apariencia adecuada, que hacen parte todos de una tribu de hippies mariguaneros y que cuando están borrachos no se les puede dar la espalda pues en el acto ya están queriéndole tocar la nalga a la novia de un amigo. 

En honor a la verdad tengo que denunciar que tanta habladuría es cierta, que tengo pruebas (también en primera persona), pero que como en todo, no puedo generalizar y debo ser el abogado del diablo y meter la mano al fuego por mis amigos teatreros, los que se han separado de la tribu y han tomado distancia de la bohemia primitiva a la que están predispuestos, pues son los naturales herederos de las fiestas dionisíacas: origen del teatro griego.

Algunos, los de oficio, no los que apenas posan, se han quitado la máscara del estereotipo para entregar toda su energía vital y así mostrarnos los alcances  de las transformaciones políticas a través de la dramaturgia, de la poesía que se halla oculta en la calidad del movimiento en un gesto no verbal, o en una exhalación detonada por un acontecimiento que asalta al actor desde lo más profundo de la memoria emotiva y logra que los espectadores nos traslademos a desconocidos universos propios de la ficción, esos, esos sí son mis amigos los teatreros.

Antecedentes 

Fotos: cortesía Juan Esteban Echeverri.

Fui testigo de un instante en la vida de un hombre que aparenta ser un viajero buscando posada y que en realidad eso ha sido: un transeúnte cósmico que por equipaje lleva a cuestas el devenir de un Fausto (ya daré cuenta de sus trágicas transfiguraciones), pero que además es un visionario empecinado en alcanzar la utopía de un porvenir no sólo posible en la imaginación. 

A Juan Esteban Echeverri (protagonista de esta historia y al que ahora quiero contar entre mis amigos), lo conocí en mayo de 2014 cuando asistí al estreno de la obra de teatro “El patio de mi casa”, resultado escénico con dramaturgia y dirección del profesor Jorge Iván Grisales, artífice del laboratorio que dio como resultado, después de un riguroso proceso de investigación denominado “Dramaturgia del Acontecimiento Social”, la metodología utilizada para la puesta en escena del octavo semestre del pregrado en Arte Dramático y con la cual Juan Esteban, como parte del elenco optaba a su título profesional. 

Según Jorge Iván Grisales, “la dramaturgia del acontecimiento social es una indagación sobre el entorno social de un hecho, se parte de la recuperación de ese hecho construyendo una estética para hallar la poética de la puesta en escena, se inicia con una imagen generadora y luego se construyen situaciones alrededor de ese acontecimiento rescatando elementos de la memoria del actor”. 

El principio de oportunidad del Fausto

Para ajustar el curso de esta analogía, vale aclarar que el Fausto es Juan Esteban y su Mefistófeles es, naturalmente el profesor Jorge Iván Grisales, quien fue el íncubo que se atrevió a seducirlo y al oído insinuarle el camino por donde habría que marchar a explorar el mundo con sus infinitas posibilidades.

El proceso de indagación en la obra “El patio de mi casa” dio a Juan Esteban la posibilidad de explorar corporalmente la encarnación de varios arquetipos sociales objeto de denuncia, como el político, la bestia y la figura de un ex presidente.

Estos arquetipos los aunó a otros referentes personales recurrentes en su memoria emotiva y con los cuales, atravesado por ellos en escena, configuró a “El Verdugo”, personaje en el que sintetizó un cúmulo de ideas desde hacía mucho tiempo incubadas.

Describir el escozor que causa ver a "El Verdugo" en escena es una empresa audaz, casi imposible debido al flujo abrumador de evocaciones que transmite, baste con decir que queda explícito el hastío y saturación de violencia a que ha sido sometida la sociedad colombiana. 

“El patio de mi casa”, por donde se le mire: dirección, dramaturgia y actuación, incomoda de tal manera al desprevenido espectador, que acostumbrado a espectáculos superfluos, se va a casa sufriendo una de las consecuencias más antiguas de ir a teatro: la catarsis. La aclaración es innecesaria.

Primera transfiguración: conocer a Eugenio Barba

Con la inquietud ya planteada en su cuerpo, nuestro Fausto viajó a Bogotá a mediados de 2014 a escribir otro capítulo en su fábula. Allí asistió a un taller en el cual pudo acceder a una transmisión de conocimiento puro, de las manos del maestro, sin mácula. 

Cuando me dijo que conoció a Eugenio Barba, le pregunté que si acaso el maestro aún estaba vivo, me dijo que lo vio por primera vez, sembrado, a la entrada del teatro donde se desarrollaría el taller, como un roble de 81 años.

Juan Esteban se acercó y le dijo, como carta de presentación, que era alumno de Jorge Iván Grisales. También le dijo que había viajado toda la noche desde Medellín, con el dinero justo para el taller y con la esperanza de que la buena fortuna le resolviera lo del hospedaje y la alimentación, y eso sí, esperando humildemente, ser objeto de la transmisión de su legado. 

El maestro no sólo lo abrazó con el calor de su sabiduría, sino que además le obsequió un par de libros, donde para su sorpresa, además del arte secreto del actor, encontró entre las imágenes que ilustran los ejercicios a Jorge Iván Grisales.

El maestro italiano Eugenio Barba es fundador del Odin Teatret de Dinamarca y fue alumno, portador y transmisor del conocimiento de Jerzy Grotowski, quien ha sido para el teatro lo que al periodismo Ryszard Kapuściński, lo que Nikola Tesla a la ciencia o Paulo Freire a la educación contemporánea. 

Segunda transfiguración, de aprendiz a maestro

Fotos: cortesía Juan Esteban Echeverri.

Dos meses después vino Thomas Richards a Bogotá para dictar un taller con el Workcenter of Jerzy Grotowski, una de las más prestigiosas escuelas de teatro del mundo. 

Para nuestro nómada se repitió el Leitmotiv de sus historias. Lograr, a como diera lugar, un espacio en el taller y una semana en Bogotá a merced de los elementos. En esta oportunidad el punto de giro que cambió dramáticamente la suerte del héroe es ridículamente épico.

Después de ver el trabajo actoral expuesto en el taller por Juan Esteban, Thomas Richards le ofreció una beca para cursar una pasantía de tres meses en su escuela de Pontedera, Italia. 

Tiempo en el cual se materializó en su ser la utopía que, más allá de los deseos de cualquiera que emprende el camino a Ítaca, daría a este viajero la identidad imborrable de la transfiguración de aprendiz a maestro.

Mefistófeles continuó presentándosele a Fausto, pero en esta oportunidad no se lo encontró solamente en ilustraciones de libros, sino adornando paredes en afiches de teatros europeos. A Jorge Iván Grisales el teatro colombiano le debe el reconocimiento que en el exterior lo excede.

Para Juan Esteban Echeverri Arango no fueron suficientes tres meses calando todo el legado teatral de una escuela que lleva décadas formando talento para exportar a todo el globo. 

A esta escuela no le alcanzaron tres meses para entender cómo este actor podía fusionar corporalmente una línea de entrenamiento refinada durante años en el Workcenter con todo el patrimonio cultural, tropical y andino, que tiene genéticamente un actor latinoamericano. 

Así fue cómo la despedida y el agradecimiento por la estadía en Italia se transformaron en una propuesta de trabajo de un año y tres meses.

La transversalidad de Margarita 

A diferencia de la Margarita del Fausto de Goethe, la de Juan Esteban no muere, subsiste, y su semilla también. La expiración es apenas simbólica. 
Todo argumento aristotélico tiene una cadena de conflictos que le impiden al héroe lograr su objetivo, en el Fausto de Goethe, Margarita no solamente es un conflicto que el protagonista vence en el intermedio de la fábula fortaleciendo el carácter del personaje, sino que representa abandonar el pasado y la posibilidad de Fausto renacer, de mudar a otra piel. En nuestro Fausto ese conflicto aún está latente, y su naturaleza no le permite renunciar, por lo menos a su hijo. 

Le pregunté a Juan Esteban por su hijo Lucas mientras almorzábamos unos suculentos platos de fríjoles con chicharrón en una cafetería de la Universidad de Antioquia. Pero no fue una buena idea. 

Dejó de comer y abrió los ojos como si se atragantara de nostalgia. “No me lo nombrés, no me los nombrés que siento como si me pasaras una cuchilla por detrás de las rodillas”. 

Juan Esteban viajó a Italia sin importarle dejar en el aeropuerto a una madre con su hijo de un año en brazos. “Si me piden que me quede diez años, me quedo”, le dijo en ese entonces y se fue sin mirar atrás. 

Ahora que regresó dice que ha tenido tiempo de construir un lazo con ese vástago. Frente a la pregunta de si piensa compensarlo y quedarse para cumplir el rol de padre, Juan Esteban apunta su mentón al cielo, aprieta los párpados y extiende los brazos esperando que Apolo lo abrace con el calor de la sabiduría y siga iluminando su camino. 

La respuesta ni el mismo la sabe aún, teniendo en cuenta que recibió una invitación para volver a Delfos, Grecia, donde a finales de 2017 pasó su último mes en Europa, formándose en el emblemático Attis Theatre de la mano de Theodoros Terzopoulos, quien también fue maestro de Jorge Iván Grisales.

Epílogo

Ni aquí ni en el video que acompaña este artículo se puede narrar fielmente el fervor con el que este personaje enfrenta la vida y lo que ella le trae. Tampoco se habla de los sacrificios que ha tenido que sobrellevar para lograr el sueño de formarse con los más grandes maestros del mundo contemporáneo del teatro. 

Aquí no dice que para conseguir parte del dinero del costo de los talleres en Bogotá vendió obleas hasta el cansancio, que pidió dinero a la Facultad de Artes y a sus amigos, que los del Club de Taekwondo de Envigado vendieron sánduches para enviarle algo de “pasta” a Barcelona cuando se enteraron de que allí estaba pasando heladas noches de invierno, durmiendo en cajeros automáticos cuando no era que estaba invadiendo casas abandonadas con otros okupas; y que cuando mejoró la situación pudo permanecer en un albergue donde comía bien y se podía bañar día de por medio. Lugar que abandonó cuando vio como un inmigrante asesinó a otro. 

Allí esperó tres meses mientras pasaba un tiempo muerto antes de poder viajar a Grecia para continuar con su formación, donde nunca pagó tiquetes de tren pero siempre esperó, con miedo de que lo atraparan sin el tiquete so pena de los 600 “pavos” de multa por viajar gratis. 

Y en los supermercados pagó dos bananos y llevó tres, y así con cada compra, gracias a la “malicia indígena” que le permitió, muy a su pesar y en detrimento de la mala fama de los teatreros latinoamericanos, algunas veces cenar decentemente.

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