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«La academia: un lujo para la sociedad»

14/02/2020
Por: Luisa María Gallo García - Sistema de Bibliotecas

Leonardo Augusto Pachón Contreras inició una empresa de inteligencia artificial como una manera de devolverle a la sociedad lo que ha aportado en su formación académica. Pachón es doctor en Ciencias-Física de la Universidad Nacional de Colombia y ha realizado tres estancias postdoctorales, dos en la Universidad de Toronto y otra en la Universidad de Harvard.

Foto cortesía: Leonardo Pachón. 

Transcurría 1989 y Leonardo Pachón, con siete años, vivía con sus abuelos en Bucaramanga quienes trabajaron durante 35 años haciendo tamales. Al ayudarle a su abuela comprendió una obsesión que tenía por la geometría, pues buscaba estrategias para que ella cortara la carne de una manera homogénea y precisa, al tiempo que se preguntaba cómo hacer más fácil la limpieza de las hojas. Al ser el encargado de acomodar los tamales empezó a probar maneras que no hicieran que, la presión de unos sobre otros, los reventaran. También era el que recibía el dinero y hacía las cuentas cuando la gente pagaba. 

El anterior es uno de sus primeros recuerdos de sus deseos por comprender el mundo. «Yo creo que desde niño quería ser investigador, quería descubrir y entender cosas. La forma de vivir para mí fue entender lo que pasa alrededor. Creo que a casi todos los físicos y científicos les pasa eso: uno está ahí porque quiere entender algo, saber cómo funciona y crearse su propia idea del universo». 

Su primaria la realizó en tres diferentes instituciones, una época en la que no disfrutaba ir a la escuela, hasta el punto de haber fingido ir a estudiar durante una semana. Fue descubierto porque su mamá quiso hablar con la profesora sobre él, pero ella nunca lo había visto en el salón. Ya con once años, en una de las escuelas a la que asistió, ubicada en Villa del Rosario, Norte de Santander, fue la primera vez que vio cómo funcionaba un computador. Otro compañero y él, al tener un gran desempeño en una prueba de Matemáticas, habían ganado la posibilidad de ver cómo el rector lo utilizaba y «le pedía a una tortuguita» que se desplazara por la pantalla. 

Su bachillerato lo realizó en el Instituto Técnico Superior Damaso Zapata. Allí tenía un día de taller y cuatro de clases académicas. En ese colegio aprendió carpintería, electricidad, forja, fundición, dibujo técnico y programación. Sin embargo, cree que «si fuera por el colegio no hubiera estudiado Física, porque en el colegio se encargan de que a uno no le guste, pues ocurre que más del 96% de las personas que dictan Ciencias Básicas en el bachillerato no son personas formadas en esa área. Entonces una persona que no siente pasión por lo que hace, no va a ser capaz de transmitirle nada a un adolescente».

Durante esos años también participó en la Selección Santander de balonmano, pero cuando ingresó a la universidad a estudiar Física su vida deportiva acabó. De niño, también practicaba balonmano, voleibol, baloncesto y solía jugar fútbol en el colegio. Ahora prefiere ir a la montaña, ha escalado cinco picos nevados de más de 5 mil metros. Disfruta también mirar edificios porque dice que «la arquitectura es el único arte que habita en la cotidianidad», es una actividad que realiza durante sus viajes, los cuales, en su mayoría, han llegado gracias al mundo académico. 

La ciencia

Antes de decantarse por la Física había querido ser sacerdote, le contó a su papá y él le dijo que no, que qué se iba a ir de sacerdote, que era mejor que estudiara alguna cosa. Así fue que, en el 2000, empezó sus estudios de pregrado en la Universidad Industrial de Santander. «Yo a veces creo que la Física y la religión son muy parecidas, si uno no tiene la vocación y un nivel de sacrificio para estar ahí y ahí todos los días, entonces no va a funcionar».

Para sus compañeros de estudio la idea de que él eligiera Física era una forma de «desperdiciar» el resultado que había obtenido en las pruebas Icfes, pues, según ellos, tendría más oportunidades laborales en Medicina o Ingeniería Electrónica. Él les respondía que «no, uno estudia lo que le gusta». El paso a la UIS no representó un cambio muy marcado, pues el colegio en el que estudió está al lado de la universidad y, para él, siempre hizo parte del mismo ecosistema. Para llegar a la universidad seguía tomando el mismo bus y avanzaba solo cien metros más. 

Ya en el pregrado exploró su curiosidad por la frontera de la Física, asuntos de relatividad general y la comprensión matemática del funcionamiento del universo. Al finalizarlo, dictó clases de cátedra durante un año y empezó a buscar maestría. Su tema de interés lo estudiaba un profesor alemán que le manifestó que no podía recibirlo en maestría, que si quería hiciera de una vez el doctorado, donde empezó a trabajar asuntos de caos cuántico. 

«Hacia el final del doctorado terminé involucrado en proyectos que estudian los efectos cuánticos en sistemas vivos, ahí fue que tomé la decisión de ir a Canadá y allá estuve un año. Luego llegué a la Universidad de Antioquia, en el 2011, donde me he sentido muy afortunado desde que llegué. De ahí, volví a Canadá, estuve después en Bostón. Estuve otros cuatro años en la universidad y en el 2018 fui a Alemania, a estar en el Instituto Max Planck».

Gracias a sus múltiples viajes y estudios es que está convencido de que «la academia es un lujo para la sociedad, desde la misma historia de las civilizaciones, porque solo cuando todas las necesidades básicas estuvieron cubiertas fue que las sociedades pudieron dedicarse a estudiar», sin embargo, admite que muchas veces para poder entender el mundo más abstracto hay que alejarse de este, por lo que suele perderse de vista que es gracias a la sociedad que es posible investigar. 

En ese sentido empezó, junto a uno de sus estudiantes de Maestría, una empresa de inteligencia artificial en Medellín en el 2018 y ya obtuvieron el apoyo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, con quienes están intentando crear un Centro de Analítica en el sector salud. «En este momento la empresa está resolviendo problemas de ciudad, hay unas ocho familias que tienen su sustento de la empresa. Así se empieza a impactar a otras personas, intentando sacar la academia de la universidad y ponerla al servicio de la gente». 

Según el profesor Pachón, la investigación es una pasión «porque no es sencillo, a veces no hay recursos o uno se levanta y en lugar de irse a investigar o a encerrarse todo el día a estudiar algo específico, puede pensar en pasear, pero si uno está apasionado ahí es donde es feliz».

Para explicar esa predilección por la ciencia, recuerda una famosa discusión del físico Richard Feynman con un amigo pintor que le decía que él como físico era incapaz de apreciar la belleza de una flor. Pero él le respondió que él podía ver el sistema complejo que la conforma, no solo los pétalos y el tallo sino toda la parte bioquímica y todas las reacciones que se dan: la conversión de la luz, la energía lumínica en energía química. «Ver que esa flor es un universo completo es lo que a mí me gusta». 

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