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La cumbia del Sargento Remolacha

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13/02/2020
Por: Natalia Piedrahita Tamayo- Periodista

El universo musical de Juancho Valencia va desde la nostalgia bailable del folclor hasta la profundidad de las composiciones sinfónicas. Valencia —formado en las aulas de la Universidad de Antioquia— habla aquí de su activismo social a través de la música, y del álbum Yo me llamo cumbia, recientemente ganador del Grammy Latino.

Juancho Valencia, autonombrado el Sargento Remolacha, estudió Piano Clásico en la Universidad de Antioquia. Foto: Emanuel Zerbos.

Desde que era un niño, Juancho Valencia —Juan Diego Valencia Vanegas— se internó en el mestizaje musical, no solo impulsado por una familia melómana sino también por una estricta disciplina académica: se formó en el Conservatorio de la Universidad de Antioquia y en la carrera de Música de la Universidad Eafit. Hoy, el nombre del Sargento Remolacha —como también se le conoce— no tarda en aparecer cuando de protagonistas de la nueva música colombiana se trata.

El compositor y arreglista de sonoridades irreverentes, neotropicalismos, jazz a lo colombiano y sonidos sinfónicos orquestales, es también el director de Puerto Candelaria, agrupación antioqueña que en noviembre pasado ganó su primer Grammy Latino, en la categoría Mejor Álbum Cumbia-Vallenato. Tras engendrar siete álbumes, la banda recibió el reconocimiento por su producción Yo me llamo cumbia, una declaración de amor a las raíces rítmicas colombianas.

El premio coincidió con la reciente movilización ciudadana en Colombia, a la que el mismo Valencia le puso ritmo con el «salserolazo y la marcha con sabor», reafirmando que su apuesta artística está también impregnada de activismo social y político. Él mismo señaló que con el premio «ganó la música que construye, ganó la diversidad musical, ganó la Latinoamérica que soñamos: justa, libre, creadora».

Al recibir el Grammy 2019, usted resaltó en Puerto Candelaria una trayectoria de 20 años «desde la independencia». ¿Qué significa ese atributo?
 

Ser un músico independiente tiene que ver con varias cosas. La primera es la autogestión, no existe una institución que te patrocine, el dinero lo gestionas tú. La segunda es que tú mismo construyes los pasos que se requieren para tu producción, entonces la música es libre, nadie más que tú define qué tienes que hacer o no. Las multinacionales, llámense Universal o Wagner, piden al artista que sea tendencia; cuando renuncias a ellas, renuncias al capital de las empresas. Llegar a un Latin Grammy desde esa independencia es una hazaña, porque no existe igualdad de condiciones con artistas de las máquinas multinacionales que pagan por hacer música. Es un hecho histórico que nos hizo lograr lo imposible.

Allí mismo en el escenario de los Grammy dijo que su música es también una construcción regional. ¿Por qué ese énfasis?


Cuando la transacción económica prima en el arte, en la política, en la alimentación, el dinero tiende a bajar la calidad del producto, y con ello se pierde el contenido esencial. Una música que construye región, como dije en el discurso, alimenta a la sociedad, porque exalta el pasado y promete un mejor futuro. Cuando eres músico independiente, puedes hacer música orgánica y saludable, pero compites con los que tienen el dinero para hacer música.

Nuestro reconocimiento fue como si un cafeterito poco popular compitiera con Starbucks y Juan Valdés, y se ganara un premio. Lo asumimos con responsabilidad, pero también pensando en la validez de nuestra trayectoria. El mensaje es de esperanza para los artistas que nos hemos visto  encerrados en medio de la destrucción de la diversidad sonora que tenemos como región: no tienes que ser tendencia para ganar un Grammy.

Un rasgo importante del disco Yo me llamo cumbia fue su componente sinfónico. ¿Qué tan fácil fue esa armonización?


El proceso dependió de mi conocimiento como compositor, arreglista y productor. Llevo treinta años de carrera profesional y mi cualidad es que nunca estuve en un solo estilo musical, todos los géneros sucedieron en mí. Mientras papá era un melómano de jazz, mamá me alimentaba con sus boleros. Mientras fui un adolescente rockero, disfrutaba también el rap. Tengo seis nominaciones en salsa, músicas urbanas, tradicionales y un Grammy en música guapachosa.

Puerto Candelaria es un bicho extraño que tiene la capacidad de mimetizarse en diferentes ritmos, es de las únicas bandas que han tocado en Rock al Parque, Jazz al Parque y luego en espacios de música popular. Yo me llamo cumbia es un álbum homenaje a la música que más admiro de Colombia, la cumbia orquestada; un género muy específico que sucedió entre 1940 y 1950 a través de artistas como Pacho Galán, Edmundo Arias y Lucho Bermúdez, quienes tomaron las músicas instrumentales folclóricas de la sabana y del Caribe de agua dulce, y las mezclaron con el jazz de las big bands. Es un ritmo que no pasa de moda: se baila en diciembre, en días de la madre y del padre, hace parte de lo que somos.

Usted es egresado de la Universidad de Antioquia, ¿qué de esa formación de universidad pública se ve reflejado en esa convicción por mantener vigente la identidad musical?


Estudié mi bachillerato musical en la Universidad de Antioquia, fue un programa muy exigente en el que estuve desde los ocho años hasta que me gradué del colegio. Allí estudié piano clásico y Aidé Marín, Darío Rojas y Clara Misas, eran algunos de nuestros maestros, por lo que fuimos muy afortunados. Así que yo creo que, si desde pequeño uno puede ver el mundo desde la universidad pública, se sensibiliza hacia lo social.

«Que la paz no nos mate», dijo también en su discurso en los Grammy. ¿Por qué ese llamado?


Por más de veinte años Puerto Candelaria ha jugado con la metáfora y la poesía desde su discurso. Este premio, que nos recibió tras una gira por 16 países de Europa y Euroasia en la que recibimos mensajes como «Colombia ya está en paz», o «se reactivó el turismo y la economía», nos llevó a pensar que somos testigos de lo contrario: hoy poco se hace frente a las fatigas y guerras que engendró el posconflicto. En Colombia hay una tendencia a la indiferencia, no podemos creer que la paz es ese momento en el que no pasa nada, las sociedades que no estamos en conflicto directo no podemos estar tranquilas respecto a los conflictos que se siguen dando en lo rural, en las provincias y en lugares como el Valle del Cauca, por ejemplo.

Mientras que unos músicos han estado muy activos en la reciente movilización social otros optaron por estar al margen. ¿Cómo ve esas posturas?


Siempre se ha cuestionado si el arte debe tener una función social. Hay una respuesta de las instituciones sólidas que fundaron el concepto europeo del arte: que el arte no tiene una función en la sociedad. Pero en el tercer mundo, y específicamente en Colombia, valdría la pena volver a hacer esa pregunta. Desde mi perspectiva, en Latinoamérica hay que utilizar todas las maneras de construir una mejor sociedad, y el arte es una de ellas. Además, porque carecemos de instituciones confiables: los gobiernos, las iglesias.

Este es el pensamiento de Merlín Producciones y de Puerto Candelaria: hay que construir sociedad, no solo cuando un micrófono está prendido, también cuando se apaga. El silencio de una artista es una manera de hacer política. Eso es lo que a veces no entendemos. Si una persona está en silencio ante una crisis, está avalando esa situación. Ahora, uno debe entender que no a todos les está yendo mal con las crisis en Latinoamérica y que algunos artistas comparten las filosofías de quienes están en el poder o ven a la sociedad como una simple transacción económica. Hay tela para cortar sobre ese tema.

Usted promovió el «salserolazo» y la «marcha del sabor». ¿Cómo comprende ese simbolismo sonoro, pero a la vez político y social?


La música para el latino está unida a todo. Hay música en el nacimiento, el enamoramiento y el desenamoramiento, la muerte… Todo lo de los latinos tiene sonoridad, incluso con otro asunto: casi toda la música latina se baila, te divierte. Es la riqueza de nuestros ritmos. Entonces, si la música nos acompaña en todo, ¿por qué no acompañar este momento? La sociedad espera que los artistas sean concretos, pero no todos saben dar discursos, incluso ahora es más importante la opinión de un artista que la de un político. Los cacerolazos son una manera de impulsar reflexiones, pero se necesitan más acciones para un cambio, no debemos irnos todos a un solo discurso.

Usted es hoy un referente de músicos formados y con reconocimiento. ¿Qué opinión le merece la formación musical que hoy se da en la academia colombiana?


Los procesos de formación musical en Colombia no cumplen las necesidades y los nuevos valores de la música, eso hace que estén en peligro, por eso muchas personas desertan de las carreras de música. Algunos perfiles de los músicos que se construyen en las universidades no existen en la realidad, muchos se quedan en la burbuja del mundo académico, pero esa no es la realidad de la música.

La Universidad de Antioquia ha entendido que debe conectarse con lo que se está pidiendo en el momento, por ello la creación del posgrado en músicas populares y colombianas. Un pianista para obtener un nivel competitivo mundial, tiene que invertir muchas horas diarias en veinte años de carrera, para esto no hay un mercado, además hay una cantidad de información sobre gestión y derechos de autor que no la dan en las carreras y que, desde tu primer día de músico, se te exige manejar. La academia debe ser ágil en captar los cambios que se están dando, muchos ahora aprenden por Youtube.

Esta canción, presentada en diciembre del 2019 por la Comisión de la Verdad, fue compuesta y grabada por Puerto Candelaria junto a seis niños y jóvenes músicos de Buenaventura, Cartagena y Cauca. El ejercicio hizo parte del Tercer Encuentro por la Verdad, en el que niños, niñas y adolescentes víctimas del conflicto armado compartieron su testimonio para que nunca más se repitan sus historias en otros niños. Puerto Candelaria también está integrado por Catt Calle, Didier Martínez y Eduardo González Moreno, quien es también egresado en Contrabajo Clásico de la Universidad de Antioquia y fue uno de los creadores de la agrupación junto con Valencia.

¡Póngale música por la paz a esta lectura! Escuche Soy Positivo, canción de Puerto Candelaria y la Comisión de la Verdad con la que se hace un llamado para que los niños no estén en la guerra:

 

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