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Virtual y viral van de la mano

27/03/2020
Por: Judith Nieto López, profesora Escuela de Microbiología UdeA

«... Nadie imaginó, menos esperó, en el primer trimestre de la segunda década del siglo XXI, cuando la ciencia se erguía hasta alturas insospechadas, que los ciudadanos del mundo obedecerían sin discusión ni reclamo un confinamiento voluntario generalizado sin precedentes...»

Quizá va a ser difícil para los sobrevivientes al coronavirus COVID-19 olvidar que un día de marzo del año 2020 el mundo se detuvo… que ciudades y lejanos parajes quedaron desalojados y casi desiertos, pues la enfermedad que inició en Oriente y burló fronteras para instalarse en Occidente permitió que el miedo pasara a ser emperador supremo y provocara, sin exclusión, que miles de hombres y mujeres, antes con vida, pasaran a ser un ejército fenecido.

Inicialmente percibida de modo remoto y tan lejana como impensable, la enfermedad se instaló frente a nosotros, su presencia cobró precipitadamente un lugar en el mundo, y se asentó en él, a la espera de una carga de condenados venidos de un tiempo lejano, raro, extraviado y pasado.

El COVID-19 no excluyó, como es lo propio de toda enfermedad. Los nombres de los afectados por el virus pasaron a ser letra fúnebre anunciada en los diarios, cuya única noticia apenas dejaba recorrer uno a uno, y sobre líneas de luto, denominaciones de mujeres y hombres, de jóvenes, de abuelos y abuelas, quienes, frágiles como esta condición de carne y hueso, fueron convertidos en la pavesa en la que todos acabaremos.

Nadie imaginó, menos esperó, en el primer trimestre de la segunda década del siglo XXI, cuando la ciencia se erguía hasta alturas insospechadas, que los ciudadanos del mundo obedecerían sin discusión ni reclamo un confinamiento voluntario generalizado sin precedentes.

Todos nos guardamos y nos quedamos adentro de ciudades escoltadas por un virus “de doscientos nanómetros, grandote y pesado”, como didácticamente lo explicó el médico argentino Alfredo Miroli, en un video de aquellos que circularon durante el encierro, en la era de las mascarillas.

Así han transcurrido en el mundo los días desde que sus habitantes humanos se enteraron de la presencia en el ambiente de un virus aterrador, implacable y omnipotente, que separó a todos de la vida con los demás e impuso una distancia obligada entre unos y otros. Sin dar tiempo para pensar, imputó la soledad y se apoderó de abrazos y cercanías, para, a cambio, cercar a los seres con un miedo sentido por todos, creyentes y profanos.

Entonces, un día del año marcado por los números gemelos, la aprensión, comandante del mal, empezó su ofensiva para acuartelarse en las vidas y en los cuerpos de unos humanos que, hasta entonces y con ingenuidad, llegaron a pensar que nunca ocurriría la posibilidad de estar ante el peligro de caer en la ingravidez por obra de un adversario invisible, un enemigo impredecible, capaz de mostrarle a los mortales la insoportable levedad del ser.

Con el tiempo se decretó el confinamiento obligado para todos, y con ello se impuso el límite inesperado. Hubo que parar el afán, clausurar las puertas, quedarse tras ellas con los cerrojos al punto máximo de la seguridad y entender una nueva forma de viaje que da cuenta de que no siempre se trataba de estar afuera y que a todos asechaba el miedo.

Como el virus, el pavor entró por los poros, quedó en la piel, se anunció con el paso quieto detrás de los andenes, se movió como un viajero incapaz de detenerse, y, extraviado, acabó cercado por la incertidumbre propia de los tiempos peores.

Entonces, bajo decretos y directivas fuimos puestos a vivir a distancia, muy de lejos, pero mediados por las pantallas. Como el virus, lo virtual pasó a ocupar un lugar privilegiado, y las tareas, pedidos, formularios, órdenes, trabajos y hasta las clases se atendieron virtualmente.

¡Quién lo creyera! Ninguno, en esta carrera mediada por la red, se percató de que “virtual y viral marchan emparejados”, como lo permite leer Jean Baudrillard en La transparencia del mal (2001). El miedo impidió detenerse en esta asociación de términos. Lo emocional desplazó a lo racional. El apuro por conjurar el mal impidió pensar. El mandato, pese a la hostil presencia del virus fue no parar: ¡todos a cumplir con las tareas pendientes!


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

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