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Rutas para conciliar el desarrollo con los ecosistemas

21/10/2020
Por: Stiven Arias Henao- Periodista

El modelo de desarrollo actual del país no da tregua a los bosques andinos. Un equipo de investigadores hace un llamado a tomadores de decisiones y comunidades para que en su agenda política se planteen alternativas y se considere la pérdida de biodiversidad como una amenaza para el bienestar humano.

Bosque andino en el departamento de Cundinamarca, Colombia. Foto: cortesía Pedro Szekely / Flickr.

El mundo está repleto de combinaciones. Las hay populares —como el café con leche— o inviables —como el agua y el aceite—. Otras pueden ser intrascendentes, como la fusión de colores al vestirnos. Sin embargo, el futuro del hombre parece ligarse al reto de equilibrar la producción económica con el manejo sostenible de los ecosistemas, una mixtura más que necesaria.

El escenario clave de ese desafío en Colombia concentra casi dos tercios de su población: la región Andina. ¿Qué acciones productivas pueden implementarse allí sin herir de muerte a la biodiversidad? ¿Cómo preservar los servicios ambientales, tan vitales para el desarrollo y la supervivencia de nuestra sociedad? Investigadores de la Universidad de Antioquia proponen alternativas útiles para los tomadores de decisiones, en colaboración con homólogos de la Universidad Nacional de Colombia y de instituciones internacionales.

Contexto

La sociedad colombiana depende del funcionamiento de los ecosistemas andinos. Así lo advirtió Juan Camilo Villegas Palacio, del Grupo de Investigación en Ecología Aplicada de la Universidad de Antioquia: «El 70 % de la energía de este país se genera en hidroeléctricas, y estas dependen de los ríos, en su mayoría andinos. Además, nuestra alimentación depende de que haya suelos fértiles». Villegas calificó como crucial el rol de los bosques en esa relación casi filantrópica de los ecosistemas con el hombre. Después de todo, es de los ríos y las quebradas que proviene el agua que sale por nuestros grifos para refrescarnos en una tarde de verano y para prevenir un contagio mortal en tiempos de pandemia. Y esas fuentes de agua permanecen disponibles gracias al funcionamiento de los bosques andinos.

Así, la feroz cruzada de la deforestación parece una soga que el hombre está lanzando a su propio cuello. Para el investigador, mucho tiene que ver la presión por ampliar las fronteras agrícola y ganadera. Como resultado, cada vez son más pequeños, aislados y desconectados los remanentes de bosque, y —en consecuencia— menos efectivos en mantener los servicios ambientales de los que dependemos.

La erosión de los suelos resulta de una cadena cuyo primer eslabón suele ser la deforestación. A su vez, la erosión disminuye la fertilidad y estabilidad de la tierra. La medición de ese y otros impactos en la transformación de los ecosistemas ha sido objeto de estudio para los investigadores.

Impactos diversos

A menudo, una alta carga de sedimentos presentes en las aguas llega a los embalses como producto de la erosión. Esto —sostuvo Villegas— puede limitar la vida útil de los embalses, que nos abastecen de electricidad y agua, hasta la mitad del tiempo previsto cuando fueron construidos.

Además, transformar el bosque para otros usos productivos disminuye la capacidad de regulación hidrológica en cuencas hidrográficas, lo cual significa que cada vez es más frecuente que las lluvias conlleven avalanchas y que, en la época seca, se sequen las fuentes de las que dependen los acueductos.

En invierno, el agua, cargada de sedimentos y nutrientes que se desprenden por el aumento de la exposición del suelo al impacto de la lluvia, se escurre por las laderas de las montañas hasta las corrientes en vez de filtrarse en los suelos. Perder dichos nutrientes en el suelo disminuye su fertilidad y encarece la agricultura, mientras que agregarlos a los cuerpos de agua favorece la aparición de organismos tóxicos en los embalses, señaló el investigador.

Pero esas no son las únicas formas de afectar la funcionalidad de los ecosistemas. De acuerdo con Lina María Berrouet Cadavid, también integrante del Grupo de Investigación en Ecología Aplicada, «cuando se introducen especies vegetales sin suficientes controles y conocimientos sobre su adaptación, estas pueden proliferar y acabar con la vegetación de bosques y páramos porque no tienen una especie que les compita».

Alternativas en distintos frentes

El llamado de los investigadores es a contemplar el abanico completo de afectaciones, no solo la disminución de la belleza paisajística. Para Berrouet es esencial que la agenda política considere la pérdida de biodiversidad como una amenaza para el bienestar humano, e insistió en que dicho frente de trabajo debe complementarse con otros, como el de la crisis climática y el de la deforestación.

Berrouet señaló que, aunque Colombia cuenta con instrumentos y políticas para combatir la transformación de su biodiversidad, en algunos casos esos desarrollos responden a oleadas de instrumentación tomadas de países con realidades diferentes, razón por la cual pueden no ser eficaces en el contexto colombiano.

«El Gobierno incentiva determinados cultivos —señaló la investigadora—, pero estos pueden impulsar indirectamente el cambio de la biodiversidad al fomentar la ampliación de la frontera agrícola para poder cultivar». Por eso recalcó que la aplicación de incentivos debe responder a políticas de ordenamiento planeadas adecuadamente.

Otro tema que requeriría planeación detallada, por ejemplo, es el ecoturismo. De acuerdo con la investigadora, el que un parque natural reciba la visita de un grupo de personas que supera su capacidad de carga puede compactar su suelo, afectando el ecosistema del lugar. «Incluso las mascotas de los visitantes pueden dejar en sus heces patógenos que afecten a la fauna nativa», dijo.

Tales procesos de cambio de la biodiversidad afectan a la sociedad, por eso —dijo Berrouet— reconocer «quiénes» son vulnerables y frente a «qué» son vulnerables es clave para diseñar estrategias de adaptación a los cambios. Y enfatizó que en ese ejercicio es vital evaluar variables como la accesibilidad y la dependencia de los servicios ambientales de las comunidades, sus condiciones productivas y tecnológicas, y su capacidad institucional, entre otras.

Por su parte, Villegas reconoció que la búsqueda de estrategias que optimicen la combinación de conservación y producción en los bosques andinos incluye acciones sencillas pero eficaces, como mantener corredores de bosque alrededor de las corrientes de agua para que funcionen como filtros de suelos y sedimentos.

«Mucha de la gestión de cuencas hidrográficas para la conservación de fuentes que surten acueductos busca proteger bosques maduros, cada vez más escasos —dijo el investigador—. Por eso, una recomendación para las autoridades es preservar las regiones “enrastrojadas” donde los bosques comienzan su recuperación natural, en las cabeceras de las cuencas hidrográficas. Eso contribuye a mantener abastecidos los acueductos rurales y veredales». Y agregó que conservar árboles en las fincas también disminuye la necesidad de invertir en fertilizantes y abonos para los suelos.

En resumen, si de salvaguardar la biodiversidad y la funcionalidad de los ecosistemas se trata, la clave pudiera estar en una combinación de combinaciones: la combinación de acciones en distintos frentes, la combinación de estrategias sencillas con planeación minuciosa, y la combinación de actores públicos, productivos y comunitarios.

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