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Academia

Un pueblo para abrazar a la escuela

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09/07/2019
Por: Juan Diego Restrepo Toro- Periodista

En Ituango, 80 maestros y 40 estudiantes de primaria y secundaria trabajan en construcción de paz territorial desde la resolución de conflictos y el fortalecimiento comunitario. El proyecto es acompañado por la Unidad Especial de Paz de la Universidad de Antioquia.

Ituango es uno de los 17 municipios del Norte antioqueño. Foto: cortesía Rafael Alonso Mayo.

—Sueño con un grupo de boy scouts para que los jóvenes se apropien del territorio—, dice el profesor de ciencias sociales, Hans Velásquez.

—Pero primero hay que desminar el Nudo de Paramillo—, le contesta un compañero suyo, entre pesimista y resignado.

Una tercera voz es la de la profesora Miryam Restrepo, quien sueña con promover un festival de cometas. El evento, dice, le daría un significado distinto a un municipio estigmatizado por la guerra.

Se acerca el mediodía. A través de las ventanas de la Institución Educativa Pedro Nel Ospina, diviso el cielo soleado y las montañas que rodean al pueblo. Allí mismo, 80 profesores del área rural y urbana reflexionan sobre el significado de paz. Entre ellos hay quienes dicen que la guerra se ve muy posible, mientras la paz parece imposible.

«La paz es volar», le escucho decir luego a la profesora Myriam, mientras almorzamos en uno de los restaurantes del parque. Desde mi mesa, imagino el cielo lleno de cometas. Las altas montañas del extremo norte de la cordillera Occidental, donde nacen los Andes, sirvieron para represar el caudaloso Cauca. Pienso en los turistas que traería un festival artístico y cultural: tendrían que pasar por Hidroituango —bien sea a través de un ferry o un túnel— y luego tomar el largo camino en zigzag para subir al casco urbano. Alguien bromeó con que era el único pueblo con portería.

Por las faldas del pueblo suben y bajan perros callejeros, niños que juegan, trabajadores. Algunos caminan apurados, pues los vientos fríos anuncian lluvias. Otros apenas se mueven, como los ancianos que toman tinto en un café de esquina, o los soldados que hacen guardia en la base militar, un edificio gris que desentona con las puertas y zócalos coloridos del pueblo. La comunidad ha solicitado su traslado, pero hasta ahora no ha sido posible.

A pesar de la firma de los acuerdos de La Habana, ni la paz, ni el Estado, ni los proyectos productivos parecen llegar a este municipio de 2.347 km², que se disputan estructuras armadas ilegales como las Autodefensas Gaitanistas, el Clan del Golfo, el ELN, las disidencias de las Farc y otras. Su ubicación es estratégica para el narcotráfico: tras el Nudo de Paramillo están las planicies de Córdoba y del golfo de Urabá.

«En agosto del 2018, cuando la Universidad de Antioquia comenzó su trabajo de construcción de paz con la escuela, la preocupación principal era la alta deserción escolar por causa del conflicto armado, por las ofertas económicas que los grupos que han tenido presencia en el territorio y otros emergentes, le hacen a la juventud ituanguina», explicó Cristina Rengifo, coordinadora académica de la Unidad Especial de Paz.

El proyecto universitario «Comprendiendo el conflicto para caminar la paz: el territorio de la escuela en Ituango», surgió tras experiencias previas en el municipio y en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación Santa Lucía, uno de los ETCR para la implementación del Acuerdo de Paz.

La intención del proyecto es fortalecer a la comunidad con enfoque en el territorio de la escuela, que no es solo el espacio físico. Con una apuesta por la construcción de paz territorial, el proyecto propone que tanto docentes como estudiantes identifiquen y comprendan conflictos que se generan al interior de la escuela. A partir de ello se promueve la formación de negociadores, y se busca que el arte y la estética sean una herramienta pedagógica y didáctica, es decir, una práctica de vida para la reconciliación y la convivencia en el territorio escolar.

Según William Estrada Cano, profesor de la Facultad de Educación, en la historia de Ituango hay una suma de violencias: subversiva, paramilitar, delincuencial y estructural, en la que el Estado se ha caracterizado por la estigmatización y abandono de la comunidad.

«¿Con qué dinero se paga la energía que va perdiendo el alma cuando la invade la peste del desarraigo?», se pregunta Teresita Jaramillo frente a al proyecto hidroeléctrico. Esta profesora ituanguina escribió un libro para recoger la memoria del pueblo porque piensa que los foráneos, incluyendo los grupos armados, han ocupado su territorio. «Los jóvenes se están quedando sin identidad, muchos elementos extranjerizantes están desplazando a nuestra cultura. Me di a la tarea de rescatar lo que somos y heredamos de nuestros ancestros, para que ellos vean que esta guerra no nos pertenece y que este territorio sí nos pertenece».

Por su parte, Luis Palacio, integrante de la Mesa de Derechos Humanos del municipio, explica que la escuela es el primer escenario para el fortalecimiento de la defensa de los derechos y de ahí se proyecta al territorio. «La escuela tiene que ser formadora de líderes desde el salón, en el respeto por la autonomía y libertades del otro».

Pasadas las tres de la tarde converso con un grupo de estudiantes en un café de esquina. Ellos son reconocidos como líderes y participan del proyecto. Unos sueñan con escribir un libro, ser abogados o mudarse a la ciudad; otros desean pertenecer a equipos deportivos. Coinciden en que «los problemas no se resuelven a punto de golpes» y quieren adquirir técnicas para tener una mejor comunicación.

Pero divergen a la hora de identificar los conflictos en la escuela. Para unos, los afectan las peleas entre compañeros. Otros dicen que esas peleas se dan por fuera del colegio. Los demás hablan de cómo los problemas familiares o de la vereda en la que viven inciden en su vida escolar. También hay quienes llaman la atención sobre los problemas con sus profesores. «Incluso cuando uno sabe que no tiene la razón, pedir disculpas haría la diferencia y sería el primer paso para resolver cualquier conflicto», expresa uno de ellos.

Tras despedirme del grupo de estudiantes camino por las calles del pueblo y pienso en esos sueños: cometas, arte y cultura; también proyectos de cultivo de café y fríjol. Y pienso también en sus desesperanzas: los nuevos conflictos, el impacto del proyecto hidroeléctrico y las promesas que parece no cumplirá.

Qué tiene que hacer la escuela para asegurar la permanencia de los jóvenes, qué les ofrece la sociedad, qué están haciendo con el territorio. Recuerdo el proverbio africano: «Se necesita todo un pueblo para educar a un niño». Pero también de un pueblo para abrazar a la escuela, y una Universidad y un Estado para acogerla. Ha sido abandonada, maltratada, señalada, reclutada y desplazada.

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