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La esperanza

13/06/2019
Por: Eufrasio Guzmán Mesa, profesor Instituto de Filosofía UdeA

« ... Hemos perdido hace rato el norte, hay que decirlo, los valores de la austeridad, la sencillez, la frugalidad, el recato han perdido su espacio frente al derroche, la alambicada y deplorable abundancia de cosas superfluas, la obscenidad se ha impuesto y atropella el espacio público»

Están ya lejanos los días en los cuales hablar de la esperanza como algo tangible y no como una virtud teologal me género tensiones con el grupo de activistas de izquierda en el cual estaba. Me interpelaron de una manera directa, cuestionaron que yo creyera mucho en el espíritu.

El materialismo marxista, infantil y voluntarioso, estaba empeñado en desconocer el factor cultural y la dimensión humana del espíritu. El espíritu no es algo intangible y ahora comprendo que se expresa no solamente en la obra de arte, también en realizaciones humanas se hace visible.

Espíritu ha tenido la humanidad, que emigra desde su más remoto origen, explorando los rincones del planeta; espíritu es lo que hay que tener para emprender exploraciones trasatlánticas, conquistas materiales y obras duraderas.

Ya no tengo ninguna duda y sé que el espíritu se opone actualmente a la terrible destrucción del planeta. El afán de lucro, el consumismo que suplanta los ideales nobles de nuestra naturaleza humana se desborda y hace cola en el Everest a tomarse una selfie mientras deja toneladas de basura a lo largo del camino de ascenso.

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Hay una claudicación del espíritu en la profusión de centros comerciales que venden bisutería, a veces muy costosa, a cambio de dejar a un lado los nobles ideales de una verdadera y bella vida buena. Lo que nos parece feo de La Habana vieja es su belleza profunda de no haber sucumbido, como nuestra Cartagena de Indias, a la fuerza destructiva del comercio. La ciudad humana no tiene que ser necesariamente una ciudad bella. Los cartageneros del común sienten y expresan la pérdida de su ciudad, La Habana en cambio está habitada centímetro a centímetro por gente sencilla que no tiene cómo embellecerla, están ahora atareados en alimentarse. Lo que nos duele del destino de Venezuela es igualmente que haya dejado de ser la Miami del Valle del Guaire para transformarse en una ciudad qué expresa el dolor y las contradicciones entre ideales opuestos de lo que es una vida buena. Y el asunto de fondo no es fácil de aclarar definitivamente. Los estilos de vida satisfacen de manera a veces opuesta las necesidades básicas de la especie.

Seguiremos debatiendo por décadas sobre cuáles son los factores de una buena vida, de una vida bella, de una vida verdadera; yo sí creo que habrá que rectificar los valores dominantes en nuestra sociedad antioqueña con los cuales medimos el progreso de acuerdo con el número de miles de metros de nuevos espacios para el comercio y el consumo frívolo, a veces hasta poco saludable. Hemos perdido hace rato el norte, hay que decirlo, los valores de la austeridad, la sencillez, la frugalidad, el recato han perdido su espacio frente al derroche, la alambicada y deplorable abundancia de cosas superfluas, la obscenidad se ha impuesto y atropella el espacio público.

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Ya no hay debates de fondo sobre los valores y nos encontramos sumergidos en competencias pueriles sobre superficiales aderezos y abalorios. Creo que nada refleja más esta superficialidad que el proyecto de obtener oro rápido, petróleo del subsuelo de las más destructivas maneras concebidas que finalmente destruyen la valiosa capa vegetal que vegetales y nemátodos produjeron durante milenios. No es tarde para el hombre, es el momento de recoger la experiencia de estos siglos y empezar a construir una escala humana para el progreso.

Este texto fue publicado en el periódico El Mundo el miércoles 12 de junio de 2019

 

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