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La Universidad en tiempos de pandemia

06/04/2020
Por: Jorge Eduardo Suárez Gómez, profesor Facultad Ciencias Sociales y Humanas, UdeA

«... Para aquellos que nos es posible respetar la cuarentena, podemos aportar nuestro grano de arena haciendo que la institución pública más importante de los antioqueños funcione para la vida, hoy bajo un renovado principio de solidaridad. Sino de otra manera, todo como lo conocemos se desvanecerá...»

Vivimos momentos complejos. En la coyuntura global nuestras certezas parecen trastocarse en la medida en que la vida quedó abruptamente limitada al ámbito privado de nuestros hogares. No es la primera vez, sin embargo, que esto ocurre en las sociedades modernas.

Mucho se ha hablado por estos días del brote de la “gripe española” de hace un siglo que cobró más de cuarenta millones de víctimas mortales o contemporáneamente de otras epidemias como el H1N1 o el Ébola.

En esas, como en la actual pandemia, las medidas de higiene personal y colectiva junto con el aislamiento, parecen ser las más eficaces para contenerla.  

Socialmente la medida sanitaria de hoy tiene algo cualitativamente diferente frente a las anteriores y es la existencia de internet, que permite vivir un aislamiento físico pero con presencia en los escenarios públicos de forma virtual.

El aislamiento que antes implicaba una interrupción casi total de las relaciones humanas que constituyen la sociedad tal como la conocemos, hoy puede ser un escenario en el que la interacción puede presentarse.

La transformación digital iniciada hace unos años y radicalizada a causa del Covid 19, ha evidenciado que por internet se pueden desarrollar dinámicas laborales, educativas, políticas, comerciales y de entretenimiento.

Obviamente la interacción es limitada frente a las dinámicas presenciales, pero ya nadie podría afirmar que el comercio electrónico no es eficaz, que trabajar por internet no es productivo, que no es posible estudiar una carrera y aprender o que ver una película por internet no es una experiencia cinematográfica. 

La  virtualización siempre ha generado resistencias obvias por parte de aquellos que prefieren pagar el recibo en la oficina, asistir al salón de clase o la sala de cine. En el caso de la educación, las presuntas ventajas de la presencialidad están respaldadas en siglos de costumbre. La Universidad de Antioquia lleva más de dos centurias en esto.

Sin embargo, venía siendo cada vez más cuestionada por dinámicas generacionales. Aunque en el reglamento estudiantil de la Universidad se consigna la obligatoriedad de la asistencia al 80% de las sesiones presenciales, desde hace un par de años en algunas facultades los estudiantes reclaman "el derecho de no asistir a clase".

Este reclamo lo han experimentado docentes en algunas facultades. Aunque más acostumbrados a escuchar las exigencias del derecho a la educación, los profesores han respetado esta demanda, que es un claro cuestionamiento a la presencialidad.

La misma sensación de contrariedad se ha experimentado con la llegada de los teléfonos inteligentes al aula de clase. En muchas universidades y colegios privados la directriz es que los estudiantes no pueden sacar el celular en clase. El conflicto es superado por medio de la coacción institucional.

En la UdeA eso no es posible y cuando en algunas clases percibí que muchos estudiantes pasaban demasiado tiempo conectados al teléfono e interpelé a alguno, su respuesta me hizo cambiar de opinión. Me dijo "profe, estaba buscando más libros del filósofo del que estabas hablando, mire y verá".

Era cierto. Consideré entonces que el teléfono podía ser un aliado, así eso implicara el descentramiento del foco de atención y del orden del discurso. Cualquiera que acompañe una clase hoy sabe que la inmensa mayoría de los estudiantes son seres hiperconectados o “nativos digitales”, mientras que muchos de sus profesores se formaron cuando internet no existía o apenas estaba surgiendo.

Por eso extraña que hoy cuando vivimos tiempos en el que nos enfrentamos al encierro o la vida, un sector de la comunidad académica sea escéptica frente a la virtualidad, que en tiempos de presencialidad es tan valorada. Es una posibilidad que aunque desprovista de atributos permite cumplir la esencia de la Alma Máter, el proceso educativo. Que existan dificultades no puede negarse.

La presencialidad también las tiene; el transporte, las fotocopias, la vestimenta. Hoy estamos en un escenario distinto previo a la pandemia: el imperativo de la solidaridad individual, colectiva e institucional. La Universidad y muchas otras instituciones han demostrado suficientemente que está dispuesta a extender sus dinámicas de bienestar en esta coyuntura. 

No aportar al funcionamiento de la primera institución de los antioqueños en estas condiciones, anteponiendo las dificultades, constituye una demostración de poca solidaridad y de irrespeto a las dinámicas colectivas. No se es solidario porque nos somete a la tragedia quitándonos la posibilidad de seguir construyendo nuestro proyecto de vida individual y colectivo que pasa por la Universidad funcionando.

Qué tal que las trabajadoras del área de la salud, los campesinos, los transportadores o las empleadas de los almacenes ante las evidentes dificultades que viven “tiraran la toalla” y dijeran que no tienen condiciones para cumplir su labor. Su heroicidad consiste en que no tienen el privilegio de quedarse en casa y lo asumen.

Para aquellos que nos es posible respetar la cuarentena, podemos aportar nuestro grano de arena haciendo que la institución pública más importante de los antioqueños funcione para la vida, hoy bajo un renovado principio de solidaridad. Sino de otra manera, todo como lo conocemos se desvanecerá.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

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