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domingo, 16 de febrero 2020
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¿Qué significa ser servidor público?

28/01/2020
Por: William Fredy Pérez, director Instituto de Estudios Políticos UdeA

Palabras del profesor William Fredy Pérez, pronunciadas durante el reciente encuentro del rector y su equipo rectoral con los servidores universitarios.  Por considerarlas importantes, sentidas y de gran interés, las replicamos en este espacio de opinión.

Queridos colegas:

Me han invitado a decir unas palabras sobre lo que hacemos como servidores públicos; sobre la responsabilidad y el respeto que implica, o que debería implicar, la tarea que tenemos a cargo.  Y aunque seguro otra persona sería más indicada para hablar esta mañana, más experimentada, más capaz, más culta, de todas maneras concluí que no estaba bien negarme a decir algo. Al menos por dos razones.

La primera, porque es una oportunidad para agradecerles a ustedes: Es que han hecho y hacen muchas cosas por personas como yo, que somos o fuimos gente de afuera, o estudiantes, egresados, profesores o jefes temporalmente encargados de algo en la Universidad; o que seremos jubilados o, simplemente, gente de afuera otra vez. O gente cuyos parientes tendrán que buscarlos a ustedes para pedir orientación, ayuda. Gracias entonces por todo eso. 

La otra razón es que, guardar mi opinión o declararme incapaz de emitirla en público, sería contradictorio con la responsabilidad que implica ser parte de un tipo de unversitas que nació, que se ha batido y que se bate contra el secreto; que promete una y otra vez ocuparse del misterio; que entrena y se entrena en el descubrimiento, el pulimiento y la exposición pública de argumentos; que se propuso e insiste en el camino más difícil: el que encuentra la fuerza en la razón, y no al revés.

Por eso finalmente estoy aquí. Y con su venia, diré esto:

Que comprometerse con el servicio público, no es fácil. O si prefieren, en lenguaje muy coloquial, comprometerse con el servicio público es un cañazo difícil de sostener. Ocuparse de unas funciones es fácil casi siempre, si uno tiene dos o tres destrezas técnicas. Pero saberse parte de una cadena al final de la cual hay un servicio, y un servicio público, complica las cosas.

Y las complica, porque uno estará seguramente persuadido de que no viene por cualquier producto el que viene o la que viene a esta universidad; y que las personas no esperan encontrar aquí el tipo de transacción, ni el ambiente, ni el dependiente que encuentran en el supermercado o en el banco.

Así que a uno se le enreda la vida, y termina involucrándose con “el caso”, con cada caso. Si está comprometido realmente con lo que hace, repito, uno se siente servidor. Y eso es terrible. No porque esté enajenado, adoctrinado o institucionalizado, sino porque simplemente… se angustia.

Si no hay internet, si las sillas no alcanzan, si los baños son insuficientes, si el reporte de nómina no se ha firmado, si se acabó la tinta de la impresora, si bloquearon las puertas, si hay tropel y no alcanzamos a tener el CDP, si no aparece el de las llaves, si la cuenta está firmada con tinta mojada y hay que parar el proceso, si hay que reabrir el sistema para una matrícula, un contrato, un nuevo calendario, un registro extemporáneo, en fin. Uno padece esas cosas. 

Sería tan fácil en el banco o en el supermercado: “Está cerrado”, y punto. Pero aquí no. Hay márgenes aquí, y los hubo por siglos en instituciones como esta. Y abusos, y rabietas y desespero y papeles, formatos, paredes, mails, llamadas telefónicas que hay que hacer y rehacer una y otra vez.

Pero ustedes y yo sabemos que también hay, un día, ceremonias de grados; y que hay estudiantes reclamando afuera con justicia y con inteligencia; que hay soluciones tecnológicas o innovaciones sociales que hacen un poco más fácil la vida de la gente en la ciudad, en los territorios.

Y que eso se hace aquí. Que hay acceso abierto al conocimiento que producimos; música y colores que nacen en esta universidad. Que hay, en fin, puertas grandes por las que entran y salen buenas personas, ciudadanos inquietos, profesionales que harán su parte…

Y entonces sabemos que valió la pena. Ser servidores, quiero decir. Servidores públicos. Que valió la pena el reconocimiento de tanta diversidad como la que tenemos, el respeto de tantas y tantas personas. No importa que, con frecuencia, solo hasta el día en que se van muchas de esas personas se enteran de que hay aquí un montón de servidores públicos.  

Es un privilegio acceder al servicio público. En el contexto de un mundo embelesado todavía con la minimización del Estado, del estado social quiero decir (y eso es lo que esta universidad sintetiza, el estado social), es casi una lotería. Pero es difícil, repito, asumir conscientemente ese rol de servidor público.

Por lo menos si hace con respeto, con responsabilidad y con eso que Carlos Gaviria repetía, me parece que en este mismo teatro: Con un cierto sentido de la ética. Y “la ética -afirmaba él- no se dice, la ética se muestra”.

Yo no sé, para terminar, si a los servidores o las servidoras de esta Universidad nos ha poseído ya el espíritu emprendedor, innovador, creativo o gerencialista de los tiempos que corren; no sé tampoco si podemos competir con el empleado del mes de Argos, o si tenemos el liderazgo de los ejecutivos de Ecopetrol, o si portamos la elegancia de los relacionistas públicos de algunas universidades privadas. Ojalá.

Pero me parece que lo que realmente se extrañaría de nosotros o de nosotras, es que perdiéramos el respeto y la responsabilidad que hace distinguible al servidor de esta universidad pública.

Y preciso esto: La gracia del respeto es que no nos obliga a ser una “piña”, todos parceros, hermanitos, amigos enterados de las vidas de cada quién. No. El respeto solo demanda convivencia de personas grandes y diversas, y sobre todo autónomas.

Pero la gracia de la responsabilidad es que nos obliga a no confundir esa autonomía con el desconocimiento o con el desprecio de los demás. Son ni más ni menos, ese respeto y esa responsabilidad, fundamentos de la vida en democracia.  Como decía, otra vez, el maestro Gaviria:

La democracia es la promesa de convivencia grata entre sujetos autónomos que a nadie dañan, aunque sí puedan molestar consciencias fanáticas que defienden sus prejuicios con argumentos de razón privada como si fueran de interés común.

Siquiera volvimos en 2020, queridos colegas. Aquí y afuera, esperan que hagamos otra vez lo que sabemos hacer. Pero que lo hagamos como debemos hacerlo, aunque sea difícil. Porque al final, sin responsabilidad ni respeto, es fácil; cualquiera podría.

Es todo lo que quería decirles. Gracias otra vez por invitarme.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

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