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Se fueron dos hacedores de paz

30/11/2020
Por: Germán Darío Valencia Agudelo, profesor Instituto de Estudios Políticos UdeA

«... se nos fueron dos hacedores de paz en Colombia: el negociador Serpa y el mediador Jaramillo. Dos seres que tuvieron como horizonte de vida ver un país en paz y que se respetaran los derechos humanos. Seres que buscaron la convivencia, la reconciliación y la plena vigencia de la Constitución de 1991...»

Con tan sólo tres semanas de diferencia, nos dejaron dos caballeros de la paz. El primero, Horacio Serpa Uribe, el pasado sábado 31 de octubre; el segundo, Jaime Jaramillo Panesso, veinte días después, el sábado 21 de noviembre.

Ambos coinciden en ser colombianos, abogados, exconcejales, columnistas, profesores universitarios, líderes políticos, ex-congresistas, defensores de derechos humanos, y, sobre todo, constructores de paz. Eso, sin nombrar las similitudes personales y familiares, que son, paradójicamente, muy cercanas.

Horacio Serpa, de estirpe santandereana, escaló desde su territorio hasta el ámbito internacional. Inició su carrera pública como juez, concejal, alcalde y gobernador; también fue representante a la Cámara y senador de la República; y durante los gobiernos de Virgilio Barco (1986-1990) y Ernesto Samper (1994-1998) fue ministro. Además, ocupó el cargo de procurador general de la nación, embajador ante la Organización de Estados Americanos ˗OEA˗ y fue tres veces candidato a la Presidencia de la República por el Partido Liberal.

Jaime Jaramillo, de cuna paisa, se desempeñó como concejal en Santafé de Antioquia y Medellín, entre 1970 y 1974. Fue representante a la Cámara y asesor de Paz y Cultura de la Gobernación de Antioquia de 1995 a 1998. Además, en el mundo privado, fue cofundador de la Universidad Autónoma Latinoamericana, de la Escuela Nacional Sindical y Conciudadanía; estas dos últimas, importantes ONG de nuestro país.

Como se puede notar, la vida pública de ambos intelectuales y líderes políticos estuvo llena de coincidencias, incluso se encuentra semejanza en el tiempo y la forma como pasaron sus últimos días y fallecieron; pero tal vez, lo que más los unió fue su trabajo por la paz.

Horacio participó en casi todos los procesos de paz vividos durante las últimas cinco décadas. Inició su intervención en el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986) y Virgilio Barco (1986-1990): allí fue protagonista en la Comisión de Verificación y la Comisión de Paz, Diálogo y Verificación. Fue su papel más activo durante el gobierno de Cesar Gaviria (1990-1994), donde fue nombrado negociador de paz con varias guerrillas (FARC, ELN y el EPL) en Tlaxcala, México; e integrante de la Comisión Consultiva para el Orden Público.

Posteriormente, participó de la Comisión de Facilitación Civil, creada durante la presidencia de Andrés Pastrana Arango. Cerrando su vida dedicada a la paz, entre 2014 y 2018, donde ocupó el cargo de senador, con la férrea convicción de apoyar y defender el proceso de paz que se tenía con las Farc-ep en el Gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018).

Pero tal vez el mayor apoyo que realizó a la construcción de la paz en el país fue como copresidente de la Asamblea Nacional Constituyente. Allí, junto a indígenas y ex-miembros de las guerrillas del M-19, el Movimiento Armado Quintín Lame ˗MAQL˗, el Ejército Popular de Liberación ˗EPL˗ y el Partido Revolucionarios de los Trabajadores ˗PRT˗, ejerció su liderazgo y defendió muchos de los derechos sociales que hoy disfrutamos en el país, convirtiendo a la Constitución de 1991 en su mayor legado y en el gran tratado de paz que cumplirá, el próximo año, 30 de implementación.

Jaime, desde lo regional, realizó otro tanto por conseguir la paz de Colombia. Su trabajo lo hizo, primero, desde la Comisión Facilitadora de Paz de Antioquia, en el rol de Director Ejecutivo; después, como consejero de Paz y Cultura del departamento; y luego, durante el gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010), siendo miembro de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación de la Ley de Justicia y Paz, donde trabajó en el proceso de desmovilización paramilitar, cuyo propósito fue: garantizar el cumplimiento pleno de los compromisos de los exparamilitares frente a las víctimas respecto de la verdad, la justicia y la reparación. Y finalmente, a principios de la década de 2010, se ofreció como mediador en conversaciones con grupos delincuenciales de Medellín para que hicieran pactos y cesaran los asesinatos en la ciudad.

La mayor contribución a la paz que realizó Jaime en su larga vida fue en 2002, cuando, en su labor de dirección de la Comisión, tuvo que sufrir la muerte de su hijo mayor Fidel Jaime Jaramillo Galvis, el 18 de marzo de ese año. El doloroso asesinato se dió a manos del Frente 47 de las FARC-EP, que operaba en el Oriente de Antioquia, durante una incursión armada en la zona rural en los municipios de La Unión y el Carmen de Viboral.

Jaramillo, a pesar del padecimiento que sintió, no quiso dejar que lo invadiera el deseo de venganza y ánimo justiciero −el que caracteriza los actores de las guerras civiles− reconoció que esa era su “cuota de dolor” e invitó a la guerrilla a realizar su “cuota de paz”. Por eso, cuando se desmovilizó, Elda Neyis Mosquera, alias ‘Karina’, no dudó en apoyar su nombramiento como “gestora de paz”.

Actos como este le valieron a Jaime Jaramillo el reconocimiento del pueblo paisa por su aporte a la construcción de paz. Convirtiéndose, finalmente, en el símbolo de la reconciliación en el departamento de Antioquia; aquel territorio con el mayor número de víctimas del conflicto armado del país. En 2008 Alonso Salazar, el entonces alcalde de Medellín, le otorgó la medalla al Mérito Cívico Gonzalo Mejía en la Categoría Oro. Y en 2016, la oportunidad para realizar la distinción fue para la Gobernación de Antioquia, la cual entregó el Escudo del Departamento en Categoría Oro por su trabajo por la paz.

En conclusión, se nos fueron dos hacedores de paz en Colombia: el negociador Serpa y el mediador Jaramillo. Dos seres que tuvieron como horizonte de vida ver un país en paz y que se respetaran los derechos humanos. Seres que buscaron la convivencia, la reconciliación y la plena vigencia de la Constitución de 1991. Personas que conocían y manejaron muy bien palabras como diálogo, mediación, negociación y construcción de paz.

Esperemos que su muerte, cuatro años después de la firma del Acuerdo Final con las  Farc-ep, sea el augurio de cierre de un ciclo de violencia, que les permita encontrar la paz perpetua en sus tumbas, y no del inicio de otro momento trágico de nuestra historia política.

Este texto fue publicado el lunes 23 de noviembre en la página de la Fundación Paz y Reconciliación 


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

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