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Raíces al agua

29/11/2016
Por: Lina Gallo - Corporación Académica Ambiental

Como un lugar sagrado, así trata la comunidad de Bocas del Atrato su territorio. “Bendice este lugar, bendito Dios de gloria”, fue la primera frase que escucharon los asistentes a ese ritual para celebrar la vida en entre el mar y el mangle.

   

La brisa fresca que se siente evoca la salinidad del mar aunque mis ojos no se pierdan en la inmensidad de su horizonte, ni mi escucha se arrope con el cíclico arrullo de las olas. Y es que el mar está y no está. Se encuentra con el río Atrato, uno de los más caudalosos del mundo, que viene de recorrer el Chocó biogeográfico y entonces se transforma en otra cosa, algo que lentamente voy descubriendo. Unas gotas se dibujan sobre el suelo de tierra fangosa, que doce horas antes se encontraba completamente cubierta de agua.

Estamos en Bocas del Atrato, corregimiento del municipio de Turbo al que se accede por vía fluvial atravesando buena parte del golfo de Urabá. Fueron 20 minutos en panga o lancha rápida desde Turbo hasta aquí y hemos venido para celebrar el primer “Festival del manglar y la familia”, un evento que surge por la apropiación de la comunidad de la Celebración Internacional por la Defensa del Manglar y hacer de esta fecha su fiesta patronal.  La idea se materializa gracias al proyecto LOPEGU, (Lineamientos prioritarios para la formulación de un ordenamiento pesquero del Golfo de Urabá, impulsado por la Universidad de Antioquia y la Gobernación de Antioquia - Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural -Fondo de Ciencia, Tecnología e innovación del Sistema General de Regalías- y la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca –Aunap-), al trabajo y la gestión del Consejo Comunitario y al apoyo de la Alcaldía de Turbo y otras instituciones locales.

Los más pequeños están sentados en sillas de plástico acompañados de mujeres, principalmente. Tienen los pies descalzos y juegan con pantano; sonríen y mientras mueven las cabezas, las niñas hacen sonar las chaquiras de sus trenzas.  La voz de Patrocinio Cuesta, representante legal del Consejo Comunitario de Negritudes de Bocas del Atrato y Leoncito, me aleja de los niños pues nombra algo que va más allá del paisaje y es la importancia de los manglares en sus vidas, en su forma anfibia de habitar esta tierra: “Hoy es un día importante para todos, a pesar de que tenemos un territorio tan grande, nunca lo habíamos mirado de la forma que hoy se mira. Para Bocas del Atrato, el manglar casi que es la supervivencia, ahí es donde la gente hace la pesca, es lo que te protege del viento y muchos otros beneficios obtenemos de él, es así que hoy declaramos el 29 de julio como el Día del manglar y la familia”.

Para celebrarlo, la comunidad no solo emitió la declaración oficial de la celebración a través del Consejo Comunitario, hubo trovas, poesía, danza, bullerengue, fútbol, recorrido por el sendero ecológico “Memorias del agua”, una muestra gastronómica de anchoa -el pescado de mayor consumo local- con patacón y jaiba -cangrejo  marino que abunda en las desembocaduras de los ríos- y un dulce de frijol, de tradición chocoana; la entrega de la Exposición Caribe Sur (que consta de 12 paneles de contenido museográfico y recoge alrededor de diez años de trabajo en este territorio en el marco de la Expedición Antioquia), un acto simbólico de compromisos con el manglar lanzados al río en pequeños botes de madera y un mural colorido que imprime cómo los niños se relacionan con el manglar.  Y es que de los 650 habitantes que se estima viven en Bocas del Atrato, la mayoría son niños.  

Son ellos quienes esperan un poco de pintura para plasmar sus mensajes en el mural donde se lee “protejamos el manglar”, “Bocas del Atrato”,  al lado de sus nombres y de las huellas de sus manos; las raíces de los manglares se entretejen en el lienzo que emociona a la profesora Jenny Leal, coordinadora del proyecto LOPEGU:  “Algunos dirán que esto es una fiesta y sí lo es, pero es una fiesta alrededor del conocimiento, estamos buscando que la investigación deje de ser algo lejano y que las personas lo puedan usar, el manglar es el hogar de ellos y ellos lo consideran su familia, esta fiesta nace de ellos”.

El mensaje del evento conjuga la ciencia con el arte en ManglArte, como lo ha nombrado el profesor del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia Juan Felipe Liberos, quien hace 10 años acompaña a esta comunidad y hoy coordina el subproyecto Valoración funcional del manglar:  “ManglArte es manglar, ciencia y arte, hemos hecho mucha ciencia pero a menos que sea una ciencia que logremos articular con el arte, la cultura y educación, será una ciencia vacía”

“Negra La Cruz, ya la creciente bajó, vamos a sacar arena, pa´ ganarnos el arroz”, suena en la voz de Petrona Martínez, mientras niños y niñas bailan frente a sus familiares, vecinos y foráneas como yo. Don Decio Mosquera es uno de los fundadores de Bocas del Atrato y, cuando le pregunto por la relación entre el manglar y la familia, suspira ante la obviedad: “Vea, en este país hemos tenido temblores, desbordamientos, crecientes de los ríos, mareas grandísimas, muchos desastres y Bocas del Atrato se libra de todo eso y es a través del manglar porque es un sistema que todo lo controla, entonces imagínese la importancia, sin manglar no existiría este corregimiento”.

La madera del mangle también es la materia de las casas palafíticas que están distribuidas a la orilla del río Atrato.  El corregimiento se recorre linealmente, saltando de tabla en tabla para evitar el pantano o lanzando cada paso sobre el agua. Las casas y la gente se adaptan a la marea que sube en la noche y baja en la mañana en esta zona húmeda tropical de Antioquia. “Eso es lo que más me ha gustado de este lugar, aprender de esa forma de vida, lavar los platos en el río, bañarse sobre el río; entender que aquí todo fluye, no pasan las cosas dos veces en el mismo lugar, esa permanente sensación de vivir en el agua, aquí te adaptas todo el tiempo pero no te vas, estás enraizado, eso es vivir con las raíces al agua”,  relata Yina Villamil Velásquez, antropóloga del proyecto LOPEGU, quien ha logrado sumergirse en la cultura y el arraigo de la gente con el ecosistema de manglar a través de eventuales temporadas compartidas con la comunidad desde 2007, a propósito de otros procesos de investigación.  

Además de satisfacer las necesidades domésticas, de vivienda, de alimentación, de refugio frente a las amenazas externas, ser una alternativa económica por los productos que se derivan del mangle como la miel y la comercialización de semillas, los árboles de mangle han permeado profundamente la historia de este pueblo que ha venido migrando principalmente desde Chocó, en los años cincuenta y sesenta en el auge de la industria maderera y los aserríos que cedieron paso al cultivo de arroz.  Fue así como poco a poco este lugar de paso obligado para quienes viajan al Chocó navegando el río Atrato, se fue ocupando y llenando de historias de migraciones, de saberes ancestrales, de músicas y prácticas culturales, de modos de sobrevivir y desde el año 2000 reciben su titulación como Consejo Comunitario a partir de la Ley 70 de 1993 que reconoce en Colombia el territorio colectivo a las comunidades negras, en el marco de la constitución política de 1991 que permite el reconocimiento y la protección de la diversidad étnica y cultural. Y como comunidad negra sus raíces se remontan al continente africano, al palenque y el cimarronisno como base de organización política, social y cultural. Para ellos, cuyos ancestros han sido lavadores de oro y fugitivos, la tierra “es un elemento integrante de un ser humano y un factor de identidad”, como asegura la docente Ledys Rosa López.

El ecoturismo, la piscicultura, el cultivo de arroz y la conservación del manglar son los renglones económicos a los que le apunta la organización comunitaria de Bocas del Atrato, teniendo en cuenta que históricamente no han prosperado actividades productivas agrícolas o pecuarias, por las mismas condiciones de los suelos. Han interiorizado que atentar contra el manglar es ir contra su propia vida, por eso conocen las amenazas del mangle y lo defienden.

Doña Albertina Córdoba ya no recuerda hace cuanto llegó con su esposo a Bocas del Atrato, lugar donde es “feliz porque este es un lugar libre del conflicto”. Es una de las cuatro mujeres que cuidan los niños de la comunidad y al preguntarle por el mangle expresa confianza y al mismo tiempo preocupación: “Cuando el mangle está deteriorado nosotros mismos de aquí vamos y reforestamos, pero ya han mochado bastante para comercializarlo en Turbo, si aquí no hubieran familias, el mangle estaría muy deteriorado”; quizá esa frase resuma el relacionamiento entre un ecosistema humano y otro no humano, pues si bien los manglares prestan sus beneficios ecosistémicos a la gente, esta  también se ha organizado en su defensa de personas externas a la comunidad.

Es medio día y entre la cocción del sancocho de hueso preparado por Albertina y el partido de fútbol, El “Tití” se apodera del micrófono e improvisa líricas sobre un fondo de champeta para quienes lo acompañan o cruzan por ahí. A Vanessa Mayo, compañera de viaje y a mí, también nos toca el turno: “Gracias por la gaseosa, aquí cuando quieran venir las invitamos a Bocas, guepajé, guau, aquí cuando quiera le cambiamos el ritmo y también promovemos el ecoturismo y un saludo para Néstor, él también es del proyecto, aquí nos encargamos de proteger el mangle”. El “Tití” con sus gafas oscuras y peineta suspendida en un negro y apretado cabello, nos arranca una inevitable risa que se extiende cuando vemos a los niños correr hacia el profesor Juan Felipe quien con ayuda de Alejandro Sandoval y Jhon Jairo Ramírez, sobrevuelan un dron para que todos en Bocas puedan verse a sí mismos y a sus manglares, los más extensos de Antioquia, mejor conservados del Caribe y un pulmón del mundo, de acuerdo con el profesor Juan Felipe.

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