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La historia de la Colección Alzate, «vejeces» recién envejecidas

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05/03/2019
Por: Juan Diego Restrepo Toro - Periodista

Durante la «fiebre» por la guaquería, hace más de un siglo que la familia Alzate fabricó miles de piezas de barro y las hizo pasar por precolombinas originales. El Museo Universitario conserva 1544 bienes de esta pintoresca tradición artística.

Pascual Alzate e Ida Cerezo López en 1960. Foto: cortesía de la Colección de Historia del Muua. Fotos: cortesía Muua.

No fueron encontradas en ninguna expedición arqueológica. Tampoco las hicieron las manos laboriosas de indígenas. Las vasijas, máscaras, cántaros y figuras antropomorfas que hacen parte de la famosa Colección Alzate del Museo Universitario de la Universidad de Antioquia —Muua—, fueron moldeadas por los miembros de una familia de mestizos antioqueños que, hábilmente, se lucraron del mercado de arte precolombino internacional entre finales del siglo XIX y principios del XX.

Hoy, estas piezas son joyas de museo, pero fueron creadas por los Alzate para engañar a arqueólogos, aventureros, coleccionistas y comerciantes locales y extranjeros. «Si los muñecos hubieran sido de nosotros no habrían valido nada, pero siendo del indio, valían mucho», le confesó Pascual Alzate Castaño al antropólogo Luis Fernando Vélez Vélez, durante una entrevista en 1966. A diferencia de los indígenas, que creaban las piezas con un sentido espiritual, Pascual nombró como «muñecos» a lo que no tiene más que un valor económico.

El padre de Pascual, Julián Alzate, tenía experiencia en la guaquería y era un taxidermista empírico. Con él aprendió a cazar animales sin causarles destrozos, para después disecarlos. En su texto Apuntes anecdóticos para la historia de la cerámica Alzate, Vélez cuenta que, durante la visita de unos naturalistas suizos, Pascual observó el interés por los objetos arqueológicos y que pagaban altos precios por ellos.

Ante la demanda económica, Julián involucró a sus hijos. Imaginaron cada pieza y, después de crearla, le daban un aspecto envejecido con barro amarillo para que pareciera recuperada de un entierro. Incluso invitaron a potenciales compradores a falsas excavaciones que preparaban con anterioridad para disipar sospechas.

«No se trata de imitaciones de nuestro patrimonio prehispánico, sino que eran producto de su capacidad creativa, de cómo ellos se imaginaban que era el mundo indígena y de ahí su valor», dijo Hernán Pimienta Buriticá, curador de la Colección de Antropología del Muua.

Muchas de esas piezas terminaron en manos del coleccionista y acaudalado empresario Leocadio María Arango, quien a su vez se volvió intermediario. La casa de Arango era un museo con las curiosidades que compilaba desde sus tiernos nueve años: animales exóticos disecados, estampillas, monedas, minerales, orfebrería, piezas precolombinas originales y piezas de los Alzate. Amaba su colección e incluso publicó un catálogo ilustrado en 1905. Antes de morir buscó un comprador que pudiera preservarla como él lo hubiera hecho.

El timo se descubrió en 1912, durante el Primer Congreso Internacional de Etnología y Etnografía, realizado en Suiza, después de que fueran engañados representantes de la Sociedad Científica de Neuchatel, del Museo de Historia Natural de París, e incluso Ernesto Restrepo Tirado, en la época en que fue director del Museo Nacional de Colombia.

El Estado expropió la colección de Arango y, con el paso del siglo XX, una parte fue entregada al Museo del Oro y el resto se preserva en el Muua, en especial la cerámica Alzate, a la que se le hace conservación preventiva, limpieza y desinfección para evitar hongos.

«Pusieron en jaque la especulación arqueológica mundial —explica Jairo Upegui Montoya en su texto Lo Alzate y su validez plástica—, la cerámica era vendida y distribuida con el rótulo de “auténtica quimbaya”». Resulta contradictorio que, mientras aumentaba el desarrollo de los estudios arqueológicos, también se intensificó la guaquería y el tráfico del patrimonio, una tradición practicada desde la Conquista hasta nuestros días.

En palabras de Upegui, es un «saqueo sistemático de los yacimientos arqueológicos precolombinos». Mientras tanto, el historiador Víctor Álvarez Morales escribió que la colección Alzate «refleja esa capacidad “empresarial” para elaborar cuidadosamente y vender al mejor precio “vejeces recién envejecidas”».

Los Alzate crearon «formas fantásticas, monstruosas, aberrantes, morbosamente eróticas y lascivas», según explicó Jairo Upegui.

 

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