Entre el cansancio y el suicidio no hay más que un paso
Entre el cansancio y el suicidio no hay más que un paso
«El cansancio que nos habita no es solo físico. Es un agotamiento del alma. Y entre ese cansancio y la decisión de no continuar hay apenas un paso. Empecemos a construir puentes que impidan ese paso. Porque en el fondo, todos sabemos que podríamos ser nosotros. Que la diferencia entre quien colapsa y quien resiste a veces es solo una conversación. Un docente que pregunta. Un amigo que nota. Un colega que acompaña. Un sistema que cuida.Hablar sobre la muerte es, paradójicamente, una de las formas más potentes de defender la vida».
El 19 de noviembre asistí a un conversatorio en la Facultad de Medicina que me dejó con un nudo en la garganta durante horas. Piedad Bonnett, la escritora que transformó su dolor más profundo en literatura con Lo que no tiene nombre, conversaba sobre suicidio y enfermedad en la sociedad del cansancio. Sentí que alguien nombraba con honestidad brutal aquello de lo que todos sabemos pero preferimos callar.
«Entre el cansancio y el suicidio no hay más que un paso», dijo Bonnett. La frase resonó como diagnóstico certero de lo que vivimos: la exigencia que nos imponemos hasta convertirnos en jueces implacables de nosotros mismos. Los trabajos que entregamos así no durmamos. Las lecturas que se acumulan sin respiro. La competencia silenciosa que nos obliga a sonreír mientras nos desmoronamos por dentro.
El filósofo Byung-Chul Han lo describe así: vivimos en una sociedad del rendimiento donde ya no nos explotan desde afuera, sino que nos autoexplotamos voluntariamente. El escritor Franz Kafka lo expresó con una imagen brutal que Han retoma: «El animal arrebata el látigo a su amo y se azota a sí mismo para convertirse en amo» El látigo cambió de manos, pero sigue siendo igual de cruel. Quizás más, porque cuando el verdugo y la víctima son la misma persona, no hay a quién culpar más que a uno mismo, no hay de quién escapar.
Bonnett compartió historias desgarradoras. Una madre viajando en avión a recoger el cadáver de su hijo en París. Un muchacho que estudió una carrera, luego una especialización, que buscaba ese empleo soñado y terminó trabajando en lo que le tocara. Un joven que fue construyendo una imagen de sí mismo como fracasado, hasta que un día decidió que no valía la pena seguir intentando. ¿Cuántos de nosotros estamos ahora mismo sintiendo que no somos suficientes, que estamos fracasando, que defraudamos a nuestras familias?
También contó de un estudiante que se dormía en las clases con un gorro que no le dejaba ver la cara. Presentó un trabajo maravilloso y una profesora le dijo que no creía que lo hubiera hecho él. Después se suicidó. ¿Cuántas indelicadezas, cuánta falta de empatía, cuántos pequeños gestos de
desconfianza acumulamos sin pensar en sus consecuencias? No estoy diciendo que la profesora lo mató. Digo que todos somos corresponsables de la atmósfera emocional que creamos en estos espacios.
He aprendido no solo en el aula. Aprendí en la forma en que un docente me miró cuando me equivoqué: si su mirada o sus palabras decían «esto es una oportunidad para crecer» o «no deberías estar aquí». Aprendí cuando recibí retroalimentación que me ayudó a mejorar, y también cuando no recibí ninguna y debí adivinar en qué me había equivocado. Aprendí viendo cómo algunos profesores se quedaban después del horario de clase para asegurarse de que entendiéramos, y cómo otros llegaban, dictaban y se iban sin mirarnos a los ojos. Todo eso también es educación.
Bonnett mencionó que en las universidades se suicida un estudiante por semestre o por año, pero no llevamos la cuenta. No tenemos registros sistemáticos de cuántos universitarios se han suicidado. Es como si no quisiéramos verlo, como si nombrar el problema lo hiciera más real. Pero el silencio no salva vidas. La conversación sí.
Aquí quiero ser claro: nuestra Universidad hace mucho por nosotros. Tenemos un sistema de bienestar que intenta acompañarnos, que va más allá de lo puramente educativo para cuidarnos. Hay docentes que se preocupan genuinamente. Hay espacios de acompañamiento psicológico, programas de apoyo, iniciativas de cuidado. No estamos solos, y eso es valioso. Pero necesitamos fortalecer estos esfuerzos, hacerlos más visibles, más accesibles, más efectivos.
Hubo un momento en mi vida universitaria en que todo se estaba cayendo a pedazos. Estaba pasando por una situación difícil y mi rendimiento académico lo reflejaba. El profesor me llamó aparte, me miró con genuina preocupación y me preguntó qué me estaba pasando. Me escuchó. Me ofreció su apoyo docente. No resolvió mis problemas, pero me mostró que alguien me notaba. Ese docente me marcó profundamente. Cada vez que lo veo, lo saludo con gran respeto y agradecimiento, porque en un momento crucial me vio como persona y no solo como un número en una lista.
Nos tenemos que quitar del ideal de la sociedad que solo produce. No estamos aquí únicamente para construir grandes objetivos profesionales. También estamos para formar esa capacidad de vivir que necesitamos para todo tipo de proyectos. No nos debería avergonzar que nos duela la vida. A
todos nos duele. Y debemos nombrarlo sin que eso signifique debilidad.
Como representante estudiantil al Consejo de Facultad, estoy trabajando con otros actores de nuestra comunidad en una propuesta que hemos llamado «Al compás del compa», enfocada en fortalecer la salud mental y el bienestar desde la perspectiva del acompañamiento entre pares. Necesitamos que estas iniciativas encuentren eco institucional, recursos reales, compromiso sostenido. Porque la responsabilidad de cuidar la salud mental no es solo individual ni solo institucional: es colectiva.
Bonnett cerró con algo profundamente sabio: a veces el que se va a suicidar se suicida, y eso también tenemos que aceptarlo. No siempre podemos salvar a todos. Pero siempre se dan dos posibilidades. Nuestra responsabilidad —cada uno desde su lugar— es hacer todo lo que esté en
nuestras manos para que esa segunda posibilidad, la de seguir viviendo, sea cada vez más viable y real.
El cansancio que nos habita no es solo físico. Es un agotamiento del alma. Y entre ese cansancio y la decisión de no continuar hay apenas un paso. Empecemos a construir puentes que impidan ese paso. Porque en el fondo, todos sabemos que podríamos ser nosotros. Que la diferencia entre
quien colapsa y quien resiste a veces es solo una conversación. Un docente que pregunta. Un amigo que nota. Un colega que acompaña. Un sistema que cuida.
Hablar sobre la muerte es, paradójicamente, una de las formas más potentes de defender la vida. Línea Alma UdeA 24/7: 01 8000 423 874 | WhatsApp: 305 433 6317 Antioquia: (604) 540 7180 | Medellín: 106 o (604) 444 4448
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