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viernes, 17 de septiembre 2021
17/09/2021
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Un mundo libre, un mundo imaginable, una universidad posible

La educación, en tanto institución social potencialmente transformadora, es una dimensión medular de la perspectiva de construcción de paz de la Universidad de Antioquia, y por tanto su debate y reflexión crítica se inscribe en el quehacer natural de la Unidad Especial de Paz.

Mayo 15 de 2020 - Apuntes de paz #2

El siglo XIX fue el siglo de las grandes revoluciones, que también llevaron en su seno una sorda y no menos decisiva reacción, mientras el siglo XX ha sido el peor de los siglos históricamente datables. En este mísero siglo, que se inauguró con cosas tan grandiosas como la Interpretación de los sueños de Freud (al calor de una sociedad tan traumatizada como era la Viena de fin de siglo), o tuvo como escenario la Primera Guerra Mundial y su hija indeseada, la Revolución leninista, cerró con la caída del Muro de Berlín y con todo lo que ese derrumbamiento, que se televisó de modo tan trivial, pudo significar para el fin de las ilusiones de los cambios sociales radicales.

La muerte de las utopías socialistas, era también el fin de una posibilidad de humanidad mejor, que Marx había señalado en su fecunda (aunque breve) estancia parisina, a saber, que esa humanidad debe reconocer que se debe a la naturaleza y que el primer eslabón del ser humano con la naturaleza es el proceso de la gestación de la mujer. Todos los seres humanos venimos pues no solo de la naturaleza, sino de un vientre materno. Así que el hombre sin conciencia de su indispensable dependencia con la naturaleza, es un ser humano desarraigado; un ser perdido. Esa conciencia significa a la vez la condición de la dignidad humana, destrozada por el trabajo enajenado, que degrada al tiempo al trabajador y a la trabajadora; los reduce a polvo. Negar lo que niega la condición humana (no otra cosa es el materialismo dialéctico: la revolución), es la condición de la negación de esa explotación y por tanto de la condición de igualdad de la mujer.

Fue Flora Tristán, antes que Marx, quien señaló por vez primera que sin igualdad entre hombres y mujeres no puede haber nueva humanidad; esa igualdad se daba en la lucha callejera; en la lucha en los barrios de sobre-explotados. Barrios de verduleras y también de mujeres criminales. La meta de Flora Tristán era la superación de la miseria de la explotación capitalista, pues la mujer es la que lleva siempre la peor parte, no por ser más débil, sino por ser la cara más invisible de esa explotación. Fue el socialista alemán August Bebel quien profundizó en esa nueva visión de la relación hombre/mujer como condición de una próxima sociedad sin clases, sin explotación, sin desigualdad de géneros. Su libro La mujer y el socialismo tuvo más de setenta ediciones, antes de morir el legendario batallador social en 1913. Toda esa tradición, de Fourier a Bebel, fue también lo que cayó con el Muro de Berlín. Con ese desplome se cierran dos siglos de luchas contra lo peor que el hombre ha dado y hecho de sí mismo. No se ve, en este increativo Siglo XXI (el siglo con menos imaginación pensable), cómo se ha renovado esa esperanza para nuestra humanidad actual.  

Dentro de los deseos, por demás algo ingenuos, pero no menos valerosos y valientes, de acercar los hombres unos con los otros, y sentarnos en el mismo banquete de la verdad, estuvo una propuesta de Augusto Comte, que le pareció a Marx una verdadera majadería. Corría la Revolución del 48 (¡vaina molesta: el mundo con tantas revoluciones!) y Comte quería que, en lugar de hacer barricadas, el proletariado se sentara a estudiar. Hoy llamaríamos la idea del padre del positivismo una universidad abierta y a distancia, pero no en la versión perversa que circula entre nosotros y nos proponen convertir la universidad en un escenario exclusivo de la virtualidad.

La universidad virtual, para amansar la exótica especie comtista, consistiría en contar con espacios de formación, no solo para nuestros estudiantes, sino para todos los que se quieran conectar a nuestra clase. Sería una universidad popular, sin puertas ni exámenes de admisión (que, dicho de paso, son estos una verdadera barrera de acceso que nos metieron con la Alianza para el Progreso en 1968). Sería acercar, mientras se puede y quiera, a esos(as) estudiantes, a nuestros estudiantes, que asisten a nuestras clases, que le demos clases a todos(as) aquellos que desean, curricular o extracurricular, escucharnos y nosotros escuchar a este universo estudiantil. Universidad para nuestros estudiantes matriculados y sobre todo también para nuestros estudiantes no matriculados.      

Por eso, debemos actualizar aquella consigna del Manifiesto “Proletarios de todos los países, uníos”, a una más modesta y a la mano: “Internet para todos”, gratuito y sin dilaciones, para nuestros estudiantes matriculados y no matriculados, y así salvar esta distancia que nos imponen las circunstancias, hacer de la necesidad virtud: que nos escuche quien desea escucharnos y deseamos escuchar. Evitar, de paso, la mercantilización desvergonzada de la universidad pública virtual. Una universidad posible, humana, libre y que así, contribuya a la construcción de la paz. Una paz que, sobre todo, signifique la humanización de las relaciones y las realidades sociales de nuestro país. Una educación con esa perspectiva tiene toda la potencia de constituirse en la médula de la construcción de una sociedad, que en un futuro no muy lejano pueda ejercer su derecho a la paz.

Desapuntes

Poco antes de declararse la pandemia, en el marco de los espacios de discusión estamentarios (vivíamos las amenazas de grupos paramilitares), se estaban planteando similares propuestas: romper las vallas de la Universidad (no las de alambre sino las del seso), llevar el saber a la calle, que quiere decir, aprender en la calle también. Aprender en la calle y de la calle. 

Sin desearlo nos estamos graduando de psico-social-epidemiólogos. Estamos tratándonos solitos en casa, tratando de tratar a los nuestros también; a nosotros. Bien: expandamos ese tratamiento a quienes también lo necesitan con tanta urgencia. ¿Qué más nos pide este minuto pandémico?

Unidad Especial de Paz
Universidad de Antioquia
Mayo de 2020

 

 
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