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sábado, 28 de enero 2023
28/01/2023
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¡Gracias por su amistosa compañía!

Agradezco el amistoso gesto de su compañía para celebrar como en familia un año más de esta ejemplar casa del conocimiento. Más que registrar las hechuras específicas de la universidad, que son muchas y pródigas, quisiera aprovechar esta ocasión para evocar con fines de celebración la forma en que, durante su historia, siempre proyectada hacia el futuro, esta institución ha mantenido vivos los principios más clásicos de la universidad en general: el antiguo principio de la autonomía, el moderno principio de la libertad de opinión y el aún más moderno principio de la responsabilidad social. Y lo hago con el fin de reafirmar la fidelidad a esos principios y la más firme intención de seguir poniéndolos en práctica.

El día clásico de la Universidad de Antioquia es un cumpleaños muy distinto porque no solo celebramos la antigüedad y la tradición sino también, y fundamentalmente, su clasicismo. En sentido estricto, clásico es aquello que sirve de ejemplo de lo que se considera verdadero, bello o justo y por tanto es digno de imitación; también se considera clásico a quien ha hecho historia tratando de realizar esos ideales y por lo cual, además, se considera digno de respeto y afecto.

La universidad es clásica porque ha hecho historia, que es lo que celebramos hoy, buscando hasta donde ha sido posible la verdad a través del conocimiento, la belleza a través de la estética y la justicia a través de la función social del conocimiento. Y son los hechos de esa historia los que aplaudimos en este día clásico; pero no porque idealicemos sus realizaciones, sino porque sabemos que son el producido de una búsqueda sin pausa y sin término que adquieren más honra si se tiene en cuenta la dureza y la crudeza de los problemas internos y externos que ha enfrentado para mantener su “clase”, es decir, su clasicismo.

Y me parece que hoy, cuando se opina sin sustento sobre la crisis de la universidad, tiene especial importancia remarcar el carácter clásico y vigente de la universidad como un proyecto epistemológico, ético-político y social que contrasta con el “talante de la época” que prefiere la perecedera seguridad de la opinión sin soporte a la solidez del conocimiento y que se las arregla bien con la habilidad para la persuasión engañosa, la riqueza fácil y el poder sin límites como llaves para el éxito.

Este ambiente anti-epistemológico, sobre todo en la política,  reta a la universidad a no acomodarse sino a enjuiciar esa especie de “placer difuso” de la época sin dejarse contagiar por el afán de los acontecimientos pero, por supuesto, sin aislarse. El reto consiste, pues, en que la universidad, que es la comunidad universitaria, no pierda su “clase” a pesar de los hechos. Si la universidad conserva la fortaleza de su subjetividad fundamentada en los principios clásicos eso hace más segura la objetividad de su actividad esencial: el conocimiento. En efecto, el peor peligro para la universidad es que termine cabalgando sobre los hechos porque pone en riesgo el mayor de los valores de la racionalidad científica: la capacidad de comprender los hechos, explicarlos y predecir sus consecuencias.

Comienzo recordando que desde las primeras universidades, en la edad media, se mantiene vigente el principio rector según el cual la universidad es un proyecto epistemológico. De acuerdo con este, la misión de la universidad es el cultivo y la producción de conocimiento. Recordando también, que la modernidad ilustrada le agregó un principio a la educación en general: el de la libertad de opinión que conduce al respeto por la diversidad consecuente con la idea del estado de derecho liberal clásico. Pero además, con el advenimiento del estado social de derecho se ha agregado, como complemento de los dos anteriores principios, el de la responsabilidad social del conocimiento de acuerdo con el cual, y como consecuencia, la universidad, la pública en especial, es un proyecto social. De suerte que tenemos que la universidad pública moderna es un proyecto epistemológico, un proyecto político y un proyecto social.

Como proyecto meramente epistemológico, es decir, dedicado al conocimiento, la universidad requiere inevitablemente la autonomía que garantice la independencia de criterio.

Pero un ambiente tal no podría darse sin el complemento de la libertad de argumentación, es decir, de la libertad de opinión. Y ese ambiente tanto de independencia de criterio como de libertad de opinión no es solo de la universidad en relación con su propio entorno, sino también en sus relaciones con el entorno externo. Eso quiere decir que además de un proyecto epistemológico la universidad es un proyecto ético, aquel en el cual es posible la libertad de opinión y el respeto a la diversidad.  

Pero la autonomía de la universidad, pensada desde afuera o hacia afuera, y en la universidad, pensada hacia adentro y desde adentro, tiene un límite muy definido en la responsabilidad social que se deriva de la idea según la cual el conocimiento debe ser útil para la sociedad. Por eso una universidad moderna, como la nuestra, es tanto un proyecto epistemológico como un proyecto social.

Y no ha sido fácil congeniar, para hablar en términos de talante ideológico, estos dos principios en un modelo de universidad. De entrada parecen antagónicos, sobre todo porque tienen origen en la mutua desconfianza entre un mundo académico míticamente puro y un mundo de los intereses económicos y políticos que jalonan el desarrollo económico y social que se consideran impuros. De acuerdo con la primera desconfianza el conocimiento científico pierde independencia, autonomía e imparcialidad si acoge exigencias extra-académicas; de acuerdo con la segunda, la autonomía de la universidad es un lastre para las urgencias del desarrollo social.

Sin embargo hoy existe en las universidades públicas un consenso en relación con el criterio de utilidad social del conocimiento. La utilidad social se mide no solo por la eficiencia sino, y fundamentalmente, por el impacto positivo en la superación de las desigualdades sociales y por el cuidado del medio ambiente. A estos criterios se han ido adecuando los planes de desarrollo universitarios.

La convergencia entre autonomía para el conocimiento y desarrollo sostenible basado en la equidad social es la forma más vívida en que la Universidad pública en general y la Universidad de Antioquia en especial ponen en práctica el concepto de discriminación positiva. Y este es el núcleo ético del estado social y democrático de derecho porque obliga a las políticas públicas a priorizar los intereses y problemas de las gentes más vulnerables.

Por mi parte considero que en el cruce de valores entre la autonomía y la responsabilidad social, la universidad puede y debe imprimir su propio sello a la autonomía académica dirigida a satisfacer un específico modelo de desarrollo social regional, buscando impacto positivo prioritario en entornos sociales específicos. Y esos entornos sociales en los cuales tenga impacto positivo el conocimiento acreditado por la comunidad científica internacional con estándares universales, debe priorizar cada vez más el desarrollo regional cuyo fundamento, principio y fin sea la equidad social y el medio ambiente sostenible.

Aún falta mucho por hacer en esta dirección. Yo me atrevo a asegurar que en la formulación de los modernos planes de desarrollo de nuestra universidad se ha logrado superar el núcleo más resistente de esa dualidad, pero el proceso de implementación se dificulta debido a  factores objetivos de carácter técnico como presupuesto e infraestructura insuficientes, currículo inadecuado, modelos de enseñanza-aprendizaje limitados, por ejemplo, y a factores subjetivos como las resistencias ideológicas que se embodegan en autonomías radicales basadas en la desconfianza o en la conservadora comodidad.

Superar esas dificultades para que la universidad sea una institución que encarne en la práctica el estado social y democrático de derecho, ha sido y sigue siendo mi reto personal y profesional. Eso es que lo que he tratado de hacer y seguiré haciendo, sin pausa y sin descanso y de la mano de ustedes.

Permítanme que, a modo de colofón cite una frase de Jean Piaget, el ilustre epistemólogo, psicólogo y biólogo suizo:

“El objetivo principal de la educación debe ser la formación de hombres y mujeres capaces de hacer cosas nuevas, no simplemente repetir lo que otras generaciones han hecho; hombres y mujeres que son creativos, inventivos y descubridores, que pueden ser críticos y verificar y no aceptar, todo lo que se les ofrece.”

Esa historia, clásica, de la que hemos hablado, no ha sido posible sin estudiantes, profesores, empleados, egresados y jubilados, los de antes y los de ahora que han aportado voluntad y conocimiento. En nuestra memoria, la de la universidad, la de la comunidad universitaria sólo hay gratitud con las generaciones que sembraron lo que hoy cosechamos. Y para seguir manteniendo firme nuestra gratitud, hoy, como en cada celebración del día clásico, exaltamos los méritos de los trabajadores, estudiantes, empleados y profesores que honran a esta gran casa del conocimiento con su especial disposición ética y su dedicación altruista. Enorgullecen y agracian a la universidad por ello, pero también a sí mismos, a sus familias y a sus compañeros.

Gracias por su amistosa compañía y buenas tardes.

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