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martes, 30 de noviembre 2021
30/11/2021
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Discurso de posesión del rector John Jairo Arboleda 2021-2024

Medellín, 8 abril de 2021

Queridos amigos, buenos días.

A quienes se encuentran en este histórico recinto, gracias por su cálida compañía y respaldo en esta mañana. También, a aquellos que en este momento participan de este acto protocolario desde distintos lugares y regiones de Antioquia, y a través de nuestros canales digitales, mi reconocimiento y gratitud por su asistencia a este evento de gran relevancia tanto para nuestra Alma Máter como, de manera personal, para mí como universitario.

Me llena de orgullo y alegría el poder estar aquí, renovando ante toda la comunidad universitaria y la sociedad en general, mi vocación y energía para liderar por los próximos tres años a esta institución que tanta admiración, sentido de pertenencia y respeto despierta en los antioqueños, en los colombianos y en muchos amigos y aliados del orden internacional. Reafirmo, hoy, mi compromiso y reconozco con ello la gran responsabilidad que implica ostentar el título de «rector de la Universidad de Antioquia», y también, como parte connatural de tal designación, el de servidor público y universitario de la Alma Máter de los antioqueños.

Cumplimos esta cita en medio de un contexto humano, social y universitario dotado de incertidumbres. Desde hace poco más de un año, como el resto de la humanidad, enfrentamos la pandemia por la covid-19, un «hecho social total» que nos sigue atemorizando —evidencia de ello han sido estos últimos días–; un contexto pandémico que nos sigue sorprendiendo y sigue haciendo urgentes llamados sobre el valor del otro, sobre el cuidado individual como principio para el cuidado colectivo, sobre el gran aporte del conocimiento humanista —ese por el que tanto apostamos en nuestra institución— que no solo es fundamental para el desarrollo y bienestar social, sino especialmente para la protección del mundo que conocemos.

Inspirado por este momento que enfrentamos como sociedad y, desde luego, por el encargo que hoy me hace el Consejo Superior Universitario, me quiero referir a tres ámbitos sobre los que, considero, debemos trazar, colectivamente, la ruta de acción de la Universidad de Antioquia en el próximo trienio, ámbitos en los que deberán tener resonancias las apuestas institucionales que formulemos en las próximas semanas, para construir, en conjunto, nuestro Plan de Acción Institucional 2021-2024.

El primero de esos ámbitos tiene que ver con el vínculo responsable de nuestra Universidad con los retos y contextos globales. Durante el 2020, el año de la primera pandemia del siglo XXI, nuestra Alma Máter le ha demostrado al país su grandeza y capacidad para poner al servicio de crisis como la que vivimos hoy, el potencial en conocimiento científico y servicio social que ha consolidado durante sus 217 años de trayectoria institucional. 

Creo, con ello como antecedente, que este acontecimiento nos invita, a todos quienes integramos esta comunidad universitaria, a pensar de manera ambiciosa en las transformaciones que debemos propiciar y materializar en nuestra Universidad para que nuestro papel social, como universidad pública de alta calidad, sea cada vez más pertinente y oportuno en la mediación de los retos, crisis y cambios que enfrentaremos como sociedad en las próximas décadas.

Como universidad preocupada por el otro, desde hace varios años hemos extendido nuestras capacidades en las distintas áreas de conocimiento, para el acompañamiento de las comunidades y sus territorios. Esa labor nos ha dotado de un conocimiento crítico, sólido y amplio sobre la configuración de esa matriz de las desigualdades sociales. Sobre ellas hemos actuado con decisión; sin embargo, la pandemia ha develado ante nuestro ojos la gravedad de esas disparidades: en la expansión de la covid-19 no solo intervienen elementos biológicos, también factores como la desigualdad —de la que la región latinoamericana es un evidente ejemplo—, o intervienen conflictos políticos y sociales; o ese gran suceso migratorio de los últimos años; o los graves índices de afectaciones a la salud mental en la población mundial; o la crisis ambiental que limita, cada día, el abastecimiento de recursos vitales como el agua, los alimentos saludables y la calidad del aire. En consonancia con esa interacción de factores, algunas voces científicas han invitado a que abordemos esta experiencia bajo el concepto de sindemia, un término que aborda integralmente la relación que se da entre elementos biológicos y sociales, en la expansión de determinadas enfermedades, en este caso de la covid-19.

Planteo esto, porque a partir de esta experiencia, como Universidad debemos ratificar nuestro compromiso social, institucional e individual, para que nuestra vinculación con el trabajo colectivo enfocado a un desarrollo sostenible sea más decidido y constante. Especialmente hoy, cuando se hace necesario aportar el conocimiento y las soluciones que dotarán de una mayor resiliencia a nuestras sociedades en la fase pospandémica. A ello, incluso, nos invitaba ya desde su formulación el Plan de Desarrollo Institucional 2017-2027: «la Universidad está llamada a vincularse con la agenda global de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, además de otros retos globales como el fortalecimiento de la democracia y el mejoramiento de las condiciones de vida de nuestras sociedades».

¿Qué papel tiene en estos complejos escenarios una universidad como la nuestra, una universidad pública que no solo forma a profesionales, científicos y ciudadanos, sino que además está llamada por su ethos a participar activa y críticamente en el diseño y puesta en marcha de políticas y programas que busquen revertir las profundas disparidades existentes en nuestras sociedades? En un momento de turbulencia e incertidumbre como el actual, tal vez sea aventurado plantear respuestas concretas a esa pregunta, un cuestionamiento que tiene potentes implicaciones y no solo amerita profundas reflexiones y planteamientos, sino también adaptaciones institucionales de mediano y largo plazo. Pero quiero, sin embargo, dejar esa compleja pregunta resonando en sus espíritus inquietos como una insinuación para que desde los distintos ámbitos y espacios universitarios empecemos a reflexionar ¡y a actuar! sobre ella, una reflexión que sea de largo aliento y que convoque a todas esas diversas e incluyentes visiones existentes dentro de nuestra comunidad académica, a todo ese grupo humano comprometido, responsable y solidario, al que hoy me siento tan orgulloso de continuar representando por tres años más. La búsqueda de respuestas a esa ambiciosa pregunta, muy seguramente, nos exigirá plantear reconfiguraciones que nos lleven a una universidad con mayor flexibilidad, con más capacidad de adaptación a retos nuevos; a una universidad que esté dispuesta a fracturar la compartimentación de sus saberes y programas, y que busque innovadoras y enriquecidas formas de flexibilizar los currículos, investigaciones y discusión académica.

El segundo ámbito sobre el que quiero que pongamos las luminarias de este nuevo tramo de nuestra gestión institucional, tiene que ver con nuestro vínculo con las dinámicas territoriales de país. Ese vínculo tiene para nosotros un motor de primer orden: el compromiso con la generación de conocimiento y la formación integral de las personas. Es para mí un mandato ineludible el mantener la Universidad como patrimonio de la sociedad para garantizar el derecho a la educación superior pública, y también preservar nuestra autonomía universitaria. Así, nuestra preocupación por una educación superior pública, con el adecuado equilibrio entre la cobertura y la calidad, siempre estará en el primer orden. Por ello, en los años que se nos avecinan seguiremos propiciando las gestiones necesarias para asegurar que el acceso a la educación, el acceso integral a la educación superior, sea una posibilidad real para todos los antioqueños y, en especial, para los jóvenes de nuestras regiones apartadas. Sin duda, tras los impactos económicos y sociales de la pandemia, tendremos allí un enorme trabajo por hacer en términos de garantizar no solo el financiamiento, sino también el acompañamiento social que garantice el bienestar y la permanencia.

Ahora bien, también en el contexto territorial nacional se avizoran retos fundamentales, que tienen que ver con las trasformaciones sociales, el fortalecimiento de la independencia científica y tecnológica, y las discusiones sobre las reconfiguraciones de la educación superior no solo en el país, sino en el mundo, transformaciones que serán mucho más manifiestas tras este «sismo» social que viene motivando la pandemia. Ante esos retos fundamentales en el ámbito nacional, permítanme resaltar la vigencia de nuestra apuesta por la construcción de paz territorial. Mañana 9 de abril, precisamente, conmemoramos en el país el Día nacional de la memoria y la solidaridad con las víctimas. Desde el 2018, en nuestra Alma Máter creamos la Unidad Especial de Paz, con el objetivo de gestionar, fortalecer, promover, articular y difundir las iniciativas que tengan como objetivo aportar a la construcción de paz en Antioquia y Colombia. Esa apuesta sigue siendo para nosotros fundamental en un contexto transicional como el que vive el país, afectado día a día por el resurgimiento de conocidas o nuevas problemáticas y violencias, que merecen de parte de la Universidad acompañamiento, análisis profundos y pedagogía social. Esperamos que, en los próximos tres años, tal propósito adquiera mayor firmeza en su quehacer y resultados, y que, de manera mucho más concreta, nos permita abrazar a las comunidades y territorios en sus esfuerzos y acciones en ese camino de exigir y propiciar una paz estable y duradera.

De otra parte, no me canso de reiterarlo, el 2020 fue el año de la universidad, el año en el que una universidad pública como «la de Antioquia» sacó lo mejor de sí para demostrarle a la sociedad su vital relevancia y el conocimiento que ha consolidado durante más de dos siglos de historia. Como equipo administrativo hemos orientado y acompañado esa oportuna presencia institucional en este momento de pandemia, posibilitando que nuestros desarrollos científicos, el criterio y rigor profesional en diversas áreas —de la medicina, la salud pública, las ciencias económicas y ciencias sociales, especialmente—, así como la infraestructura instalada de laboratorios, la atención mediante telemedicina, los avances en innovación biotecnológica y toda la capacidad universitaria, se integraran a las acciones que los gobiernos nacional, departamental y locales, así como otras autoridades sanitarias e instituciones, han venido desarrollando para gestionar la pandemia.

Pero en medio de todo ese destello y protagonismo, de esa proyección de la que llamo, de manera afable, nuestra «ciencia criolla», también ha quedado expuesta la urgencia de que en el país se le apueste de manera mucho más decidida a un desarrollo científico y tecnológico que nos ofrezca mayor autonomía. No hablo de una ciencia nacionalista, escindida de las redes y avances internacionales. Por el contrario, hablo de esa ciencia que tanto nos gusta y que ya hemos venido haciendo y procurando, aquella que dialoga y trabaja horizontalmente con el conocimiento que se genera en otros países, hablo de insistir en ese compromiso —el compromiso que deben materializar los gobernantes, universidades, el sector privado, los centros especializados y demás entidades— para continuar trabajando por una capacidad científica instalada que nos permita a los colombianos enfrentar, de manera pertinente y oportuna, situaciones tan críticas como las que hemos vivido en los meses recientes. Hablo de una ciencia que no esté limitada por las fronteras de la dependencia de insumos, tecnología y talento humano, esa dependencia a la que este último año le hemos hecho el quite con creatividad y profesionalismo, pero que, sin duda, nos ha pasado factura para atender con mayor prontitud y pertinencia asuntos asociados a la pandemia.

Para cerrar, permítanme referirme al tercer ámbito que quiero recalcar y que concentra nuestra gestión cotidiana, ese que se enmarca en nuestro vínculo como comunidad universitaria. Llego hasta aquí, tras tres años de un primer periodo rectoral que estuvo inspirado en una premisa que dejé expresa en mi primer discurso de posesión: son los profesores, estudiantes, empleados, egresados y jubilados nuestra razón de ser, y fortalecer el papel que desempeñan en la Universidad de Antioquia es una tarea que debe estar en el primer nivel de importancia, porque son ellos, ¡ustedes!, quienes materializan en un sentido directo los objetivos de la Institución. Su respaldo para que yo esté aquí hoy, da pistas de que ese fue un propósito cumplido.

Por ello, en este nuevo tramo que emprendemos, con retos renovados, el trabajo colectivo sigue siendo nuestra mejor estrategia. Y en ese hacerlo juntos hay tareas que exigen disponer de nuestras mejores capacidades. La primera de ella, la inmediata, es continuar maniobrando los impactos de la pandemia en nuestros quehaceres misionales —la docencia, la extensión y la investigación—. Desde los consejos Superior y académico, así como desde el comité rectoral, hemos escuchado con consideración y respeto ese reclamo de muchos estudiantes, profesores y empleados, esa «nostalgia universitaria» que expresa el deseo de volver a habitar las aulas, las plazoletas, las cafeterías, las zonas verdes, los auditorios.  ¡Es verdad!: La Universidad  también es encuentro. ¡Y lo seguirá siendo!

Desde junio del año anterior avanzamos en propiciar y aplicar los protocolos de bioseguridad para aquellas labores académicas y de investigación excepcionadas o que permiten la presencialidad. Y partiendo del principio del cuidado de la salud, el bienestar y la vida, mantuvimos, a través de los canales remotos, la gran mayoría de clases y labores administrativas, evidencia de ello es que pudimos culminar e iniciar nuevamente los semestres académicos.

Hoy, con el lamentable ascenso en los niveles de contagio y ocupación hospitalaria que estamos enfrentando desde estas últimas dos semanas, constatamos que nuestras decisiones sobre el manejo de la pandemia tienen que seguir siendo sumamente cuidadosas, responsables, mediadas no por la emocionalidad sino por ese conocimiento que nos caracteriza como casa de estudios; decisiones que reconozcan, además, que esta Universidad está constituida por una comunidad heterogénea, con fortalezas sí, pero también con vulnerabilidades individuales que no podemos menospreciar.

Pero que no les quepa la menor duda: crisis como esta no amainan los vientos que nos impulsan, como no lo han hecho situaciones semejantes en 217 años de historia institucional.  Así es que, en medio de esta tormenta, avanzaremos en las apuestas de gestión que hemos planteado no solo para sostener, sino para mejorar nuestro vínculo como comunidad universitaria.  Seguiremos el camino de la excelencia académica, esa que debe mantener en alto la formación integral, humanista, inclusiva y diversa. Allí, acogeremos los aprendizajes de este suceso para incorporar las TIC de una manera decidida pero coherente con nuestros procesos de enseñanza-aprendizaje, y propiciaremos la flexibilización y diseño de rutas curriculares disciplinares e interdisciplinarias, que ofrezcan procesos pedagógicos flexibles e innovadores.  Llevaremos a buen término el proceso de reacreditación institucional.  Continuaremos promoviendo el cuidado de sí, del otro y de los entornos universitarios, como principio del buen vivir y del bienestar. Seguiremos fortaleciendo la confianza institucional con acciones de transparencia y rendición de cuentas a nuestros asociados naturales, a los universitarios y a la sociedad —a la que nos debemos—. Promoveremos acciones pedagógicas y de infraestructura que nos permitan seguir transformándonos en esa Universidad sostenible y amigable con el medio ambiente. Y, con ese principio de respeto por lo público, continuaremos administrando nuestro esquema de financiamiento con resultados positivos como los alcanzados hasta ahora, para avanzar en la transformación digital, en el mejoramiento de la infraestructura física y en la implementación de procesos y sistemas de gestión que modernicen y transformen nuestro quehacer cotidiano.

Mi apuesta y la del equipo que me acompañará en este camino será por una universidad solidaria, comprometida con la vida, la equidad y la diversidad, con visión global y pertinente frente a los retos de la sociedad. Hay allí ambiciosos enunciados que no se convertirán en hechos si no nos juntamos todos:  ustedes estudiantes, ustedes profesores, ustedes empleados, ustedes egresados, ustedes jubilados, ustedes aliados universitarios, ¡todos nosotros!

Muchas gracias.

Un abrazo.

John Jairo Arboleda Céspedes
Rector de la Universidad de Antioquia

 
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