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Opinión

No existe un buen muerto

18/08/2025
Por: Adrián Restrepo Parra. Profesor del Instituto de Estudios Políticos de la UdeA.

«El "mal muerto" termina por ser "mi muerto" y "el buen muerto" el asesinado del otro bando. Así discurre la vida cotidiana y política del país. Quizás por tener normalizado "el buen muerto" consideramos que en la práctica Colombia sigue montada en una "bicicleta estática" por mucho que pedaleemos, estamos en el mismo lugar, sin mayores avances».

En Colombia suele decirse que «no existe muerto malo», con lo cual quiere expresarse que ante cualquier finado la muerte es como una suerte de bálsamo purificador que borra toda mancha o pecado de quien obraba en vida. La expresión cobra mayor sentido cuando el muerto es el resultado de un acto violento: la violencia del acto tiende a cubrir de olvido las acciones cuestionables del asesinado.

Quienes suelen usar la frase «no existe muerto malo» la usan justamente para criticar esa tendencia de considerar toda muerte violenta como una muerte injusta. Por el contrario, para ciertos sectores de nuestra sociedad existen unos muertos que merecen su final violento, sería una muerte justa. Por esto, «un buen muerto» es aquel que ha hecho mérito para morir violentamente, sería una muerte justa.

Esta tendencia la podemos observar en eventos cotidianos como el linchamiento de un ladrón y, especialmente, en los asesinatos de tinte político que sobresaltan lo cotidiano en el país. Así, con el magnicidio del senador Miguel Uribe hemos visto en las redes sociales la justificación de ese asesinato: por ser de derecha, por ser facho, por ser uribista, etc. Algunos de los que celebran ese «buen muerto» también quieren la paz para Colombia y que seamos la potencia mundial de la vida.

Hasta el momento la hipótesis con mayor fuerza sobre los autores intelectuales del magnicidio recae sobre la Segunda Marquetalia, dirigida por Iván Márquez, quien también quiere la paz para el país. Según la información del Ministerio de Defensa, el Zarco Aldinever, uno de los autores intelectuales del crimen, murió violentamente en una operación militar del ELN.

De acuerdo con un comunicado de la Segunda Marquetalia el asesinato de su militante Aldinever fue realizado por quienes consideraban «una organización amiga», el ELN. Seguramente, sectores dolidos con el asesinato del senador considerarán el asesinato de Aldinever como «un buen muerto». Los que celebran ese «buen muerto» también quieren la paz para Colombia.

El «mal muerto» termina por ser «mi muerto» y «el buen muerto» el asesinado del otro bando. Así discurre la vida cotidiana y política del país. Quizás por tener normalizado «el buen muerto» consideramos que en la práctica Colombia sigue montada en una «bicicleta estática» por mucho que pedaleemos, estamos en el mismo lugar, sin mayores avances.

Es así como nos cuesta reconocer algún avance en la paz a partir de los distintos procesos finalizados con grupos armados como los paramilitares y, posteriormente, con las Farc. Como estos procesos no han significado en el territorio el cese definitivo de la violencia, entonces tendemos a considerar que, en la práctica, no se logró nada y por eso estaríamos igual o peor que antes. Un magnicidio como el actual puede servir para reforzar esa narrativa, la cual conviene a los grupos de extrema derecha o izquierda del espectro político.

Los unos, como la Segunda Marquetalia, para radicalizar las contradicciones e incidir en la elección del próximo gobierno de forma que lleguen actores jugados por «la guerra total» y así estar en el escenario que le resulta más conocido y cómodo con la idea de conseguir la revolución que no han podido lograr por más de medio siglo. Una revolución que sí traería la paz.

Para los otros, los del polo opuesto, justamente este asesinato sería la muestra fehaciente de la inutilidad de negociar acuerdos de paz y, por lo mismo, la necesidad de desarrollar a fondo la confrontación armada hasta lograr el sometimiento o el exterminio del enemigo, lo cual sí traería la paz.

¿Podrá el país salir de la tendencia del «buen muerto» y en efecto alcanzar una paz estable y duradera? El proceso de paz con las Farc, próximo a cumplir una década, nos dio algunas pistas optimistas al respecto: escuchar y reparar a las víctimas. Distintas víctimas, antes y después del Acuerdo, lo han expresado, ahora lo repite la viuda del senador: «Rechazo cualquier acto de violencia o venganza por la muerte de Miguel».

Temo que aún falte más sangre por derramar para que este tipo de clamor cale en buena parte de la población colombiana que sigue percibiendo a la violencia como una solución y no como un problema nacional. En democracia, la violencia es el último de los recursos para resolver desavenencias, pero en la democracia colombiana suele ser el primero e incluso el único recurso para dirimir los conflictos.

• Esta columna fue publicada en el sitio web La Silla Vacía.

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