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Opinión

Los convidados de piedra: organismos que no protegen a nadie

19/08/2025
Por: Luis Miguel Ramírez Aristeguieta. Profesor de la Facultad de Odontología de la UdeA*

«El problema no es solo su inoperancia. Es su diseño. Estas estructuras no fallan porque sean débiles; fallan porque están hechas para no funcionar cuando se trata de enfrentar a los poderosos. No son mecanismos de justicia: son decorados burocráticos. Mecanismos diseñados para crear sensación de orden en un mundo en ruinas, papel mojado. Lo que deberían ser salvavidas se convierten en trampas flotantes: tranquilizan conciencias, pero no salvan vidas. Solo las alargan, para que sufran más».

El Derecho Internacional Humanitario existe. También existe la Corte Penal Internacional. Y la ONU. Y la OEA. Y Unicef. Y decenas de tratados, convenios, cumbres y protocolos con nombres solemnes. Todos prometen lo mismo: proteger a los más vulnerables, regular el uso de la fuerza, evitar atrocidades, perseguir a los criminales de guerra. Y todos mienten.

¿Dónde están cuando los hospitales son escombros, los niños mueren bajo bombas y las fronteras se vuelven campos de concentración? Ahí están, sí, pero para emitir comunicados ambiguos y promesas huecas que no detienen ni una bala. Unicef combate el hambre infantil, pero jamás ha tocado la raíz: la superpoblación que alimenta la miseria. Es otro símbolo del cinismo global, escenografía infantil para disfrazar un infierno estructural. Pero la cachetada se la dan los jóvenes: los que ya no quieren traer hijos a este mundo. Sin decretos ni campañas, encabezan un descenso demográfico. Han entendido que este planeta es una trampa natal. Que nacer puede ser una condena.

El problema no es solo su inoperancia. Es su diseño. Estas estructuras no fallan porque sean débiles; fallan porque están hechas para no funcionar cuando se trata de enfrentar a los poderosos. No son mecanismos de justicia: son decorados burocráticos. Mecanismos diseñados para crear sensación de orden en un mundo en ruinas, papel mojado. Lo que deberían ser salvavidas se convierten en trampas flotantes: tranquilizan conciencias, pero no salvan vidas. Solo las alargan, para que sufran más.

Y no solo fracasan: son coartada. Su inoperancia estructural es un lenguaje tácito que los tiranos leen con precisión. Netanyahu no se oculta: actúa con la bendición del hegemón y la certeza de que ningún tribunal lo tocará. Sabe que estos organismos no son guardianes, sino telones. Y mientras arrasa, su padrino occidental lo observa como un padre orgulloso del hijo matón que aterroriza al barrio. No es omisión: es complicidad programada. Cuando falta un enemigo que justifique la masacre, lo fabrican. Hamás no fue un error: fue sembrado por el Mosad para debilitar a la OLP, deslegitimar la causa palestina y mantener encendido el horno. Alimentan al monstruo para fingir que lo combaten. Es doctrina, no accidente. Y se cobra con pueblos enteros.

No son excepciones: son montajes de victoria. Juicios contra vencidos —Milošević —arrestado 2001, muerto 2006—, Charles Taylor —capturado 2006, condenado 2012—, Saddam Hussein —procesado 2005, ejecutado 2006—, ya fuera del juego. No es justicia: es teatro. Los verdaderos intocables —carniceros con patrocinio, como en Gaza o Chechenia— siguen impunes: jamás han pisado un tribunal.

La ONU debería ser el gran espacio ético del planeta, pero es un club diplomático donde el cinismo tiene asiento vitalicio. No garantiza la paz: administra el crimen geopolítico. El Consejo de Seguridad, controlado por cinco potencias con poder de veto, es una parodia de justicia global. Lo demostró en 1994, al retirar a los cascos azules de Ruanda justo antes del genocidio, y en 2011, al autorizar «zonas seguras» en Libia que se volvieron corredores de guerra. El Derecho Internacional es hoy una superstición jurídica que solo se invoca cuando conviene.

Los principios del DIH —distinción entre combatientes y civiles, proporcionalidad en el uso de la fuerza, prohibición de sufrimiento innecesario— son hoy retórica. Basta mirar Gaza: hospitales atacados, escuelas destruidas, convoyes humanitarios alcanzados. Todo lo que el DIH prohíbe, se comete sin consecuencia alguna para los perpetradores... y sin una gota de remordimiento.

Mientras los niños comen tierra en Gaza, las delegaciones se reúnen con estómagos aitos, para debatir si lo que ocurre es o no un genocidio. De tanto en tanto, el DIH y la ONU añaden otra declaración inútil, vacua narrativa. Como si una palabra suturara a un niño destrozado. Como si definir limpiara la sangre. Como si no ver, no decir, no actuar, nos salvara de la culpa. No se trata de ajustar procedimientos, sino de aceptar que este modelo de justicia nació contaminado. Se fundó proclamando principios morales, pero fue capturado por intereses. Su fracaso no es un accidente: es su función. Sirve para encubrir, distraer y prometer lo que jamás cumplirá.

Todo esto cuesta —y mucho—. No solo dinero, sino dignidad. Se gastan más de 3.200 millones de dólares al año en «operaciones de paz» de la ONU, mientras millones mueren esperando justicia. Funcionarios con trajes de lujo y discursos impecables validan la parálisis global. Pero lo peor es el efecto psicológico: estos organismos son morfina moral para una humanidad en coma ético. No hay esperanza mientras la vida humana dependa de intereses geopolíticos y no de principios. No hay redención posible tras la máscara diplomática de la hipocresía.

Al final, estamos solos. Solos ante el horror, solos en la intemperie ética, solos con nuestras preguntas sin respuesta. Y es en ese vacío donde entra a escena la religión: ya no consuela, adoctrina al dolor, adorna la masacre y vende redención a precio de obediencia, como último clavo en la cruz del desamparo. A veces promete sentido, otras veces justifica la masacre. Bendice las armas, glorifica el martirio, proclama guerras santas. Lejos de frenar la barbarie, la organiza.

Cuando el sistema se derrumba —sin ley, sin verdad, sin refugio— surgen los carroñeros del vacío: milicias, comandos, extremistas, patriotas de ocasión. Se disfrazan de solución, ganan elecciones y traen un nuevo orden fundado en el miedo. No lideran: ocupan la ausencia con violencia. Se visten de salvadores, pero son recicladores del colapso moral. Y así comienza otro ciclo, más brutal que el anterior.

En ese escenario, la justicia deja de ser un ideal y se vuelve una palabra hueca. Solo queda la fuerza. Y los pueblos atrapados entre las bombas y las promesas, aplastados por la geopolítica y rematados por las cruzadas ideológicas, religiosas o armadas. Así muere la civilización: con una larga y ruidosa procesión de traiciones institucionales, impostores mesiánicos y verdugos con uniforme. Y una audiencia global que aplaude o mira hacia otro lado.

¿Qué tipo de sortilegio hace que unos niños nazcan en países viables y otros en países inviables? ¿Será que el castigo divino es volver a este mundo, pero en versión de su enemigo?

Este no es un planeta regido por leyes, sino una jaula donde manda la fuerza. La «comunidad internacional» es una mafia de intereses: solo cuentan los muertos que venden titulares. Las fronteras son zanjas para enterrar vivos a los que nacieron del lado equivocado. Los pasaportes deciden quién vive y quién no. No hay pacto ni corte que proteja a un niño sin ciudadanía útil. Solo funciona el dolor rentable. Todo lo demás —hambre, bombas, cuerpos— es ruido para burócratas bien vestidos que no ven, no oyen, no les importa.

¿Y qué mundo nace de esta farsa? Uno donde el éxodo es rutina y nadie recibe al que huye. Donde ser pobre, negro, mujer o migrante es morir lento. Donde el crimen no es matar, sino fallar en encubrirlo. Las ONG maquillan, los organismos cuentan, las religiones absuelven, las democracias exportan. La crueldad se volvió ley; la indiferencia, virtud. No hay redención para una especie que ve morir a un niño en vivo... y cambia de canal.

Esto no parece un planeta, sino un purgatorio. Un tránsito violento para quienes aún deben aprender algo. O peor: un abismo reservado para quienes no entendieron nada en su última estadía. Demasiada injusticia. Demasiado dolor. Demasiada muerte. Demasiada crueldad.

• * Investigador en ciencias de la salud y observador de asuntos globales

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Notas:

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