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Anecdotario musical de Carlos Gaviria Díaz

Audio
06/05/2022
Por: Natalia Piedrahita Tamayo- Periodista

El sustrato de la vida y obra del maestro Carlos Gaviria Díaz fue la música. Diversas anécdotas surgen de su disfrute y conocimiento de los ritmos y líricas del mundo. Tangos, boleros y música clásica componen su compendio musical, que ahora hace parte de la colección de archivos personales de la UdeA. El pasado 8 de mayo, el recordado magistrado, abogado, egresado y profesor de la UdeA, se cumplieron 85 años de su nacimiento. Este es un homenaje por su natalicio. 

Carlos Gaviria y su sobrino Guillermo Pineda. Fotografía: cortesía archivo Familia Gaviria Gómez.

En el verano de 1970, Carlos Gaviria Díaz estudiaba jurisprudencia en la Universidad de Harvard, en Massachusetts. Con su compañera, María Cristina Gómez, fue a un concierto del pianista y pionero del jazz en Estados Unidos, Duke Ellington. El músico pasó por su mesa justo en el momento en que Gaviria decía que era un estudiante colombiano y los invitó a un whisky. Esta fue una de las historias que narraba a sus familiares y amigos en las noches de parranda y tertulia musical en Medellín.

«El espectro del gusto musical de mi padre era amplio. Desde pequeños escuchábamos sus casetes y elepés, que incluían a Los Carrangueros de Ráquira y clásicos de la más alta gama: Ludwig van Beethoven, Piotr Ilich Tchaikovsky y Gustav Mahler», recordó Natalia Gaviria Gómez, su hija, profesora e investigadora de la Facultad de Ingeniería de la UdeA. Muchos recuerdos que el maestro Gaviria Díaz evoca en sus allegados están relacionados con la música, ya que en las reuniones de su casa siempre sonaban tangos, vallenatos y boleros. Incluso, podía escuchar artistas que no necesariamente disfrutaba. En sus viajes familiares en carro hablaba de las canciones de Queen y Led Zeppelin que le mostraban sus hijos.

«Ir en el carro con mi hermana menor, mi mamá y mi papá era una gran experiencia porque generalmente estábamos en carretera largo rato. Llegamos incluso a ir a Ecuador. De 1990 a 1998 hicimos muchos viajes así. Nos turnábamos: mis padres un casete y, nosotros, otro. En esos viajes se oía de todo. Uno de los recuerdos más vívidos que tengo fue el del paso al nuevo milenio. Lo celebramos en una cabaña, cerca de un pueblito en Boyacá, oyendo la Novena sinfonía», describió Natalia.

Beethoven, Brahms y Schubert eran los compositores que siempre le acompañaban, aunque sus gustos eran diversos. Le encantaba La Patillalera, vallenato de Rafael Escalona, y Lágrimas negras, del Trío Matamoros, un son cubano del que tenía ocho versiones que analizó en conversaciones y cartas.

Tuvo fuertes vínculos musicales con la nueva trova cubana y la canción social latinoamericana. A sus cercanos les hablaba de Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa y Facundo Cabral como influencias. Su manera de acercarse a las personas y los lugares estuvo mediada por las canciones. En varias ocasiones le dijo a su compañera María Cristina que la música guarda la historia de las culturas.

«Cuando viajábamos generalmente revisábamos la agenda de los conciertos en las ciudades. En la estadía en Nueva York y Chicago la música fue un elemento preponderante. Vimos en vivo a Giorgio Mainerio, Anna Sofía Mutter y Astor Piazzolla. Uno de los momentos favoritos de Carlos fue ver a Teresita Gómez interpretando pasillos», rememoró María Cristina.

A pesar de que no era creyente, le gustaba la Navidad y los villancicos. Los trataba como el ritmo que unía a su familia en diciembre o en épocas cercanas, pero no buscaba las interpretaciones tradicionales sino las cantadas por los Niños Cantores de Viena. Tonadas como El Tamborilero y Noche de paz eran muy especiales para él.

«En diciembre siempre había villancicos. Organizaba sus casetes y discos por tipo de música en una cajita. Cuando éramos niños, para él era muy importante que nos familiarizáramos con otras músicas. Cuando mi madre y él fueron a Argentina nos trajeron música de María Elena Walsh; era su manera de introducirnos en nuevos conceptos y miradas del mundo», narró Natalia, sobre sus visitas a la nación de donde vendría otra afición: el tango.

El libro Obra de Beethoven, de Rodolfo Pérez González, editado por la Editorial Universidad de Antioquia en 2002, tiene un prólogo del maestro Carlos Gaviria Díaz en el que se habla del contexto social y económico de este compositor, factores que influyeron en su obra musical.

A pesar de que no era creyente, le gustaba la Navidad y los villancicos. Los trataba como el ritmo que unía a su familia en diciembre o en épocas cercanas, pero no buscaba las interpretaciones tradicionales sino las cantadas por los Niños Cantores de Viena. Tonadas como El Tamborilero y Noche de paz eran muy especiales para él.

«En diciembre siempre había villancicos. Organizaba sus casetes y discos por tipo de música en una cajita. Cuando éramos niños, para él era muy importante que nos familiarizáramos con otras músicas. Cuando mi madre y él fueron a Argentina nos trajeron música de María Elena Walsh; era su manera de introducirnos en nuevos conceptos y miradas del mundo», narró Natalia, sobre sus visitas a la nación de donde vendría otra afición: el tango.

El viernes 6 de mayo a las 3 p. m., en el corredor de la biblioteca central, la comunidad de la Universidad de Antioquia le rendió homenaje al Maestro, en la conmemoración de los 85 años de su nacimiento, con un repertorio musical interpretado por la Banda Sinfónica, que fue curado no desde la idea de sus preferencias musicales sino desde la conexión de sus temas de estudio con músicas del mundo.

«En este caso la música, más que una ambientación o una incidentalidad, tendrá que ver con sus raíces de pensamiento. Queremos reivindicar los fenómenos de la diversidad y la música como la sustancia del acercamiento al espíritu humano por parte del maestro», explicó el maestro Luis Fernando Pabón Pulgarín, director de la Banda Sinfónica.

Un tanguero de primera línea

Carlos Gaviria y sus amigos en una parranda. Fotografía: cortesía archivo Familia Gaviria Gómez.

Era el ritmo que acompañaba todas sus disertaciones musicales y parrandas. Apreciaba de Carlos Gardel a Astor Piazzola. Uno de los tangos favoritos del maestro era Sur, de Aníbal Troilo y Homero Manzi. Su esposa recuerda que cada vez que iba a la ciudad de Buenos Aires buscaba lugares en los que se cantara en vivo.

Para su amigo Tulio Elí Chinchilla, abogado constitucionalista y profesor jubilado de la UdeA, que lo conoció en 1964 cuando era su profesor en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, Carlos Gaviria era un melómano: «Vivía pegado a la música y era un estudioso de ella. Disfrutaba mucho la tertulia musical. Cuando fuimos colegas y parrandeábamos permanentemente, gran parte de la parranda era hablar o tocar música. En medio de todo ello estaban los tangos y uno de los más sonados era Uno, escrito por Enrique Santos Discépolo y musicalizado por Mariano Mores».

El comienzo de esa amistad fue musical. A los tres mejores estudiantes de una de sus clases los invitó a su casa, donde conocieron a su familia y sus gustos musicales: «Me fui acercando más al tango por él. Yo era muy joven y admiraba en Carlos, quien tenía una memoria prodigiosa para recordar las letras de las canciones. Aunque cantaba muy feo, era un erudito en ritmos y letras. Cuando lo nombraron para la Corte Constitucional, yo tenía un grupo musical que se llamaba Tierra Firme. Por sus vastos conocimientos, lo nombramos corrector de nuestros textos musicales».

Banda sonora de un maestro

Algunas canciones que acompañaron la vida de Carlos Gaviria Díaz, recordadas por Natalia Gaviria y Tulio Elí Chinchilla.

 

Composición de homenaje

El profesor Tulio Elí Chinchilla compuso la canción La última luz de la tarde como homenaje al maestro y a su búsqueda de ideales humanos como la libertad y el respeto. Cuando estuvo concluida, el espíritu de Carlos Gaviria emigró a otra senda diferente a la vida. La conocieron sus familiares y allegados. Escúchela aquí. Escúchela aquí.

Carátula del disco compuesto por el profesor Tulio Elí Chinchilla en homenaje al maestro Carlos Gaviria Díaz. 

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