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Opinión

“Amar al prójimo como a tí mismo”

13/07/2016
Por: Ivannsan Zambrano Gutiérrez, estudiante de Doctorado, Universidad Autónoma Metropolitana de México.

"... Amar el otro como a mí mismo encierra variedad de significados, de posibles interpretaciones, sin embargo todas ellas coinciden en un solo horizonte vital; vivir en armonía, un sendero donde la vida no resulte negada e imposibilitada por una sola voz, una sola fuerza..."

Hoy, como siempre, volvemos a este profundo y sabio consejo. Lo hacemos en tiempos de posible “paz”, momentos en los que rememorar y sacar del polvo este mensaje es necesario. Lo tomamos como escenario de reflexión, de fortalecimiento ante el largo y difícil camino de un posconflicto, o simplemente, como excusa para vivir mejor en todas las realidades posibles que están por venir, o mejor aún, que construimos nosotros mismos… “Amar al prójimo como a ti mismo”, rezan las antiguas y nuevas escrituras cristianas, pero también, expresado de otra forma, antiguas espiritualidades hinduistas y budistas. Este mensaje atraviesa siglos y siglos de historia humana, de vida sobre la faz de la tierra, se trata de un antiguo llamado, pueda el más hermoso, el más admirable y sabio de aquellos que han salido de la existencia humana.

Amar el otro como a mí mismo encierra variedad de significados, de posibles interpretaciones, sin embargo todas ellas coinciden en un solo horizonte vital; vivir en armonía, un sendero donde la vida no resulte negada e imposibilitada por una sola voz, una sola fuerza. Ciertamente el desequilibrio en las fuerzas es parte de la vida, aquello de los micropoderes expresados por Foucault no puede ser negado, y como el agua que aplaca y neutraliza, encontramos en esta expresión un horizonte por el que podemos caminar creyendo que en medio de ese desequilibrio hay una fuerza mayor, la del amor a la vida, la del querer vivir. Atarnos a esta idea significa reunirnos, expresarnos en una suma de energías que al final son solo una; la vida en su totalidad y allí el anhelado equilibrio, la unidad de la existencia social. Amar al otro como a sí mismo en este sendero tiene que ver con amar el deseo de vivir, de existir en la multiplicidad que encierra todo lo existente, y por eso mismo, aceptar, o más que aceptar comprender la diferencia misma. En este terreno nos reunimos como nación, país o simplemente como un conglomerado de vidas que tienen por delante el reto de continuar viviendo, de amar la vida y luchar por que la misma por ninguna razón cese, para ello hacer de la vida social algo mejor, sobre todo algo armónico, en equilibrio, es necesario.

Hablamos de equilibrio social y de armonía confiando en que mediante el trabajo sobre nosotros mismos, el amor hacía sí y por el otro, podamos o intentemos — ¡y que mejor momento que el de ahora!— construir una sociedad mejor, una donde la política tenga como objetivo social la lucha por la fundación y sostenimiento de una mejor vida, una en la que hacer política y vivir en la política signifique apostar por un devenir en equilibrio respecto a todo lo existente, una en la que la escenificación del ágora no pase por los deseos —de riqueza, reconocimiento y placer— de un grupo de individuos, ahondando en la desigualdad, la injusticia y la corrupción, sino, por un horizonte mayor, más vital y esencial; la defensa de la vida, de toda vida. Si no nos amamos no habrá “paz”, pues, en caso de no hacernos cargo de nuestras vidas no podremos librarnos de los odios, los malos recuerdos, las energías negativas que nos atormentan, nos reducen y llevan por el camino de la autodestrucción, al respecto ver (http://delaurbe.udea.edu.co/2016/07/01/paz-espiritual-y-educacion/ ).

En el sendero del amor espiritual, de una paz espiritual, el perdón no es más que un rostro, una manifestación de cuidado, aprecio y amor por sí mismo y por el otro, si se perdona al otro es porque nos estamos perdonando a nosotros mismos, nos amamos, pues el otro es en relación conmigo, yo soy en relación con él, en sus ojos reflejo mi perdón y en los míos el de él. A su vez,  si se perdona al otro no es porque nosotros seamos jueces o árbitros con el poder de decidir qué es lo correcto y que no —aunque muchos puedan creer o les guste creer que es así, para ellos mirarse al espejo puede ser un acto terrible—, sino, debido a que el perdón puede ser compasivo, y que la etiqueta del perdón esconde tras de sí lo más sublime de la existencia; la aceptación de nuestro ser, nuestra contradicción, nuestro ir y venir en la existencia misma de la vida. Si nos perdonamos día a día, si hacemos del perdón el núcleo social que mueve y anima a la sociedad, con seguridad la protección, el cuidado y el equilibrio  en la sociedad misma se verá garantizado; la anhelada paz será una realidad.

Hablamos de amor y de amar al otro, de amar al otro como a sí mismo, debido a que hoy más que nunca, o de nuevo como siempre, debemos amarnos para poder vivir en paz, y amarnos es amar la diferencia, la constante multiplicidad de la vida. En los nuevos tiempos significa, en el mejor de los escenarios posibles, hacernos cargo de nosotros mismos, vernos en nuestra diferencia y aceptar, comprender la diferencia del otro, entendiendo que su historia es mi historia y que los dos —o todos— nos reunimos en el deseo de vivir, de vivir bien y si es necesario refugiados en el perdón, eso que doy al otro y el otro me da, eso que nos damos para continuar y así existir armónicamente, en unidad.

Vea aqui la versión completa de este texto


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos.  Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

 

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