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Estigma y violencia

16/09/2021
Por: Adrián Restrepo Parra, profesor Instituto de Estudios Políticos UdeA

«... el estigma ejerce una violencia simbólica que afecta la identidad del individuo, mientras que la violencia física no solo afecta la identidad sino el cuerpo con lo cual existe el riesgo de la eliminación del otro. Esas dos dimensiones eventualmente pueden también conectarse, es decir, generar un escalamiento del conflicto...»

En la sesión de la Comisión de la Verdad del jueves 2 de septiembre, dedicada al conflicto armado en las universidades, el exdirector de la Policía Nacional y ex-vicepresidente de Colombia, Óscar Naranjo Trujillo, reconoció como un error el haber contribuido a la estigmatización de las universidades públicas al considerarlas “una especie de caldera estructuralmente vinculada a grupos armados”, especialmente con las guerrillas.

En otra sesión de la Comisión de la Verdad, el expresidente Uribe también aceptó como un grave error la estigmatización de los oponentes políticos. En tal reunión, el expresidente, si bien reconoció que él recurría a la práctica de estigmatizar, indicó, ante todo, ser víctima del estigma. A su modo de ver, él y su familia han sido estigmatizados como paramilitares y eso les ha ocasionado serios problemas.

En ambos casos, pero no solo en estos, aparece el estigma como un problema necesario de superar para avanzar en la construcción de paz. El estigma y los estigmatizadores devienen en serio problema en un entorno de guerra y también en un escenario de transición hacia la paz porque “etiquetan” a futuras víctimas mortales atizando así el ánimo bélico y su efectiva realización.

Erving Goffman fue un sociólogo famoso justamente por su obra “Estigma. La identidad deteriorada”. Para Goffman, el estigma se refiere “a la situación del individuo inhabilitado para una plena aceptación social”. Debe entenderse que dicha inhabilidad procede de “un atributo profundamente desacreditador”. El estigmatizado no es plenamente aceptado porque se le atribuye un rasgo socialmente inaceptable.

El descrédito personal opera como una “marca moral” que señala un comportamiento o a una persona como “mala”, incorrecta, sancionable. El estigma tiene implicaciones en la vida de quien lo padece, de acuerdo con Goffman, “dejamos de verlo como una persona total y corriente para reducirlo a un ser inficionado y menospreciado”.

Goffman, con el término “inficionado”, señala la connotación más usada de estigma: infectado, a quien se atribuye un estigma suele ser considerado y tratado por los otros miembros de su entorno como un enfermo. El carácter de “infectado” hace que la persona estigmatizada sea tratada como portadora de una enfermedad contagiosa.

Ser identificado con un estigma llega a generar tales costos personales que el estigmatizado tiende al ocultamiento. Busca distintas formas para llevar a cabo sus prácticas sin que sea percibido. El estigma logra así producir el sentimiento de la vergüenza, el cual es central para poder aplicar una sanción social simbólica. El miedo al descrédito es distinto al miedo que vive el desacreditado. Dicho con Goffman, así vemos cómo un individuo pasa de persona “desacreditable” a persona “desacreditada”.

La primera debe cuidarse de manejar información sobre su vida personal que pueda ser objeto de estigma (orientación sexual, política, entre otros); y la segunda debe manejar “situaciones sociales difíciles”. Justamente cuando una persona es desacreditada, o sea, cuando el estigma logra uno de sus propósitos, esa persona enfrenta conflictos que pueden comprometer su integridad física.

Del miedo a la sanción social simbólica al miedo de padecer la violencia física existen diferencias y, a la vez, continuidad.

Sobre lo primero, el estigma ejerce una violencia simbólica que afecta la identidad del individuo, mientras que la violencia física no solo afecta la identidad sino el cuerpo con lo cual existe el riesgo de la eliminación del otro. Esas dos dimensiones eventualmente pueden también conectarse, es decir, generar un escalamiento del conflicto porque el descrédito de una persona puede conducir a los discursos justificatorios de su eliminación física, “hay gente que sobra en este mundo”.

En Colombia el uso de estigmas de distinto tipo ha creado la antesala para la aplicación de la violencia física. Invocando la etiqueta producto del estigma: “guerrillo” “paraco”, “milico”, “comunista”, etc., distintos actores armados han cegado la vida de miles de personas en este país.

Y más grave aún ha sido el papel de los estigmatizadores profesionales en esa situación. Los estigmatizadores han utilizado el estigma como arma porque el descrédito de unos redunda en los beneficios de otros, genera réditos políticos así le cueste la vida al opositor.

Quizás sea uno de los rasgos de la continuidad del conflicto armado colombiano la construcción y el uso del estigma por parte de los políticos colombianos, que lo han llevado al extremo como arma política en un escenario de guerra.

De ser así, no solo estamos ante uno de los hallazgos posibles a la labor de la Comisión de la Verdad, sino también ante una titánica tarea como la misma Comisión señala cuando pregunta a sus comparecientes: ¿Cómo o qué hacer para no repetir esos hechos? ¿O cómo hacer para no estigmatizar al otro, al opositor político? ¿Podremos hacer política sin crear el ánimo y el entorno para matarnos?

Este texto fue publicado en La Silla Vacía el martes 7 de septiembre de 2021


Notas:

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